Abriendo —¿otra vez?— el retablo

Ulises Rodríguez Febles • Matanzas, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Leer un prólogo, siempre nos acerca, desde la perspectiva de otro, a un libro, a un autor, a una especialidad del teatro. Eso produce el texto escrito por la teatróloga Marilyn Garbey para Retablo abierto, libro de Rubén Darío Salazar, publicado por Ediciones Matanzas, que acaba de obtener el Premio de la Crítica Orlando García Lorenzo, de la Filial de Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en Matanzas. Pocas veces se escribe sobre un prólogo, cuando se habla de un libro; quizá porque los reseñistas no lo ven como parte del libro o lo ven en conflicto, como las ideas de alguien que rivaliza con las suyas sobre un mismo texto, con las que discrepas o estás de acuerdo o ninguna de las dos opciones. Pero creo que ciertos prólogos son importantes. Este nos ubica sobre cómo Rubén Darío construye su retablo, precisa el contexto del autor y sobre lo que escribe (crónicas, entrevistas y visiones de un titiritero), nos lo desentraña conociendo y  ofreciendo ciertas pistas sobre el tema, desde la focalización teórica.  

Su lectura nos produce la sensación de acercarnos a un retablo, que espera para que se descorra la cortinilla o salga tras él, jugando con su altura o sus laterales, el autor, que conoce de los olores, asperezas o delicadezas del lugar donde se esconde el titiritero y vive —con las manos y el alma— el muñeco. Y eso es también parte de un libro, de sus méritos como un todo; así como lo es el diseño o la selección de las imágenes.

Importante es también la selección del título y Retablo… —todo en estas páginas surge a partir de ese instrumento que se transforma, dimensiona, que forma parte de la tradición y es transgredido (por suerte) en sus esencias  seculares, espacio singular en el arte sobre el que se reflexiona— está Abierto a todas las experiencias, a todo lo que el autor ha vivido, creado o investigado con rigor, y que lo hace llegar a una dramaturgia espectacular, que se renueva desde la búsqueda, en la raíz de una especialidad en la que no abundan libros que sean testimonio, entrevista, investigación histórica, teoría y praxis desde el acto creador, algo de lo que carece sustancialmente el teatro cubano todo; y, a la vez, es autobiografía de un creador que acaba de cumplir 50 años y sigue el camino de sus maestros Freddy Artiles y René Fernández.

Retablo abierto es un libro terminado y a la vez no lo es, por lo inconcluso y fragmentado de su dramaturgia escritural. Abre paréntesis, pausas, en una historia que a veces sobredimensiona su objetivo fundamental para —por contraste o  por fusión— hacer que lo universal se inserte en lo insular y viceversa. Realiza un viaje intenso hacia la semilla del teatro de títeres, con una mirada que devuelve lo que ha visto y sentido su autor, como ese reencuentro con la fundadora de nuestro Guiñol Nacional, desde su obra y desde el acto concreto de traerla de nuevo a nosotros a partir de la indagación, el diálogo, los aportes de su creación y también físicamente. Si pudimos ver, escuchar y rozar de nuevo a Carucha Camejo en nuestro Teatro Sauto y en otras instituciones cubanas, se lo debemos al autor de este retablo del siglo XXI, desprejuiciado y crítico; justo y auténtico.

Imagen: La Jiribilla

Sus páginas nos proponen —y lo logra— un recorrido histórico, que es a la vez el desplazamiento del autor en su carrera como actor titiritero, desde Okín hasta Gepetto, el padre de Pinocho, metáfora de sí mismo, pienso, aunque no esté incluida en el libro esta experiencia escénica del 2012, pero pudiera estar en el futuro. Desdoblamiento de su condición de actor, con la de director, profesor, promotor, periodista —es preciso recordar que dejó la carrera ¿inconclusa? en la Universidad de Oriente para estudiar teatro— e investigador.

Textos inquietos, producto de la forma viva, polémica y curiosa con que Darío Salazar dialoga con el teatro que hace cada día —porque no es de aquellos que ven los toros desde la barrera— como un sacerdocio en el escenario y en páginas digitales1, casi siempre en una primera versión para alcanzar la inmediatez imprescindible, para vencer al tiempo y su devastador paso en nuestra cultura, en un arte efímero como el teatro, que muchas veces se olvida de sí mismo.

Pudiera decirse que hay capítulos mucho mejor escritos que otros; por ejemplo, los hay de una hondura conceptual, donde lo cognitivo se funde con los códigos de una ética y una sicología del autor que defiende con vehemencia una ideología estética. Textos de un lirismo que bucea en lo auténtico sobre un ser humano o una experiencia vivencial, con otros en que se entremezclan los recuerdos de  figuras emblemáticas, olvidadas por la hecatombe de la memoria histórica o por la autodestrucción de los mismos hacedores o por los recuerdos desperdigados, en archivos personales, en la fugacidad de los silencios que cada cual enarbola.

Otros textos, que no son mejores que estos o nos gustan menos, están escritos con el apresuramiento de quien la vida le alcanza para mucho pero quiere dar mucho más. Tienen un valor teatrológico (de búsqueda y reflexión estética y ética sobre el arte del títere) que sirven de antídoto para un acto inquisitivo dentro de la estructura del libro. 

Lo apresurado lo hace palpitante; lo imperfecto hace que lo veamos como el fulgor de lo inexistente en nuestros medios de difusión y que este libro necesario —lo dice un archivista titiritero— salva del desierto hirviente y escaso en que puede caminar, por culpa de todos los que lo hacen, nuestro títere nacional.

Lo que necesitaría —uno lo exige en ciertos capítulos, y en los textos de mayor hondura— es una provocación, el paréntesis que deje un espacio vacío para ser reescrito o quizá transformado con la óptica del tiempo. Mito, verdad y retablo: el Guiñol de los hermanos Camejo y Carril, publicado por Ediciones UNIÓN, Premio Rine Leal de Teatrología 2009, escrito por Salazar y Norge Espinosa, lo demuestra.

Retablo abierto —ahora mismo— es un libro de consulta para estudiosos, para los que quieran conocer o acercarse a nuestro arte de figuras.

Un libro único en la cultura cubana, lo es también Mito, verdad y retablo…, pero ambos desde dos perspectivas diferentes. En el primero, vive el investigador-periodista, con todos los agregados de su currículo. En el otro, el investigador–investigador, también con todos los agregados de su currículo, que se parecen; pero no son iguales.

¿Qué escapa en este libro-retablo? Casi nada, al menos, de lo que no debe faltar en la dramaturgia de un acercamiento breve, pero intenso y a la vez abarcador de la historia del teatro para niños y títeres en Cuba. Con un agregado, que a veces falta en muchos libros de esta especie: lo humano como sistema nervioso de una escritura teórica.

Es un libro didáctico, en el sentido más eficaz de la pedagogía. Es un libro de memorias, porque va más allá de los diferentes géneros interpuestos. Muchas veces narra en primera persona vivencias que salva del fuego o del viento, desde los Camejo, hasta el vínculo de Vicente Revuelta con los títeres; desde la historia de la UNIMA —que, de hecho, él mismo salvó de su descalabro— o  sobre artistas como Ulises García, Armando Morales, Freddy Artiles, René Fernández, su maestro, o sobre figuras y obras que él mismo llevó a la escena, como Javier Villafañe, José Martí y Dora Alonso. Hay un paralelismo que discurre entre lo que hace y lo que va escribiendo; tenaz lucha por la sobrevivencia de lo que es desde ya, la historia de nuestro teatro.

Es un libro personal, porque Darío Salazar muestra una radiografía de sí mismo y la relación con los otros, con sus procesos de trabajo en Teatro de Las Estaciones o en Teatro Papalote; sobre experiencias vividas en la Isla o en el extranjero, con quienes le antecedieron, con los de su generación e, incluso, con quienes, en el futuro, se atrevan a animar un muñeco.

Él pertenece a la generación de los 90. Esa que él mismo sintetiza en lo que es casi un epílogo de lo que ha escrito en anteriores páginas.

Mirar hacia el pasado es, en estos textos, avanzar hacia el horizonte, “seguir, continuar, confiar”, frase conclusiva de Salazar que puede ser de alguna manera, en todo el libro, parte de su testamento ético con respecto al teatro de títeres.

Retablo abierto no es más que el universo que llega a nosotros y nos salva —como del diluvio— de la incapacidad de muchos de levantar la cabeza y buscar la luz, el aire y la esperanza en la memoria de la cultura de un país, para que un titiritero escriba un sueño, el suyo, de la amalgama de los otros.

Un titiritero… que quizá no haya nacido aún.
 

Nota:
1. El libro Retablo abierto está integrado por 22 trabajos sobre el arte del teatro de títeres nacional e internacional, publicados por su autor, a partir del año 2010, en la sección del mismo nombre de la Revista de cultura cubana La Jiribilla.

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