Quehacer público y contribución callada

Isabel Allende Karam • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

Imagen: La Jiribilla
 

No puede hablarse del siglo XX cubano sin encontrar la huella de Carlos Rafael Rodríguez en la política porque fue, sin duda, en primer término un ser político; en la economía, a la que mucho aportó desde diferentes posiciones y enfoques; en la cultura, no solo porque fue un hombre profundamente culto en toda la dimensión que ello comporta, sino por su constante preocupación y acción para garantizar que los cubanos también lo fuéramos.

Tampoco podríamos hacer un recuento de los principales momentos de la política exterior de la Revolución cubana sin referirnos a su pensamiento y su acción. No cabe duda alguna que su impronta está presente desde el momento mismo del triunfo revolucionario y aún cuando sus responsabilidades oficiales lo ocupaban en otros terrenos.

Generalmente, lo recordamos en sus posiciones oficiales: Presidente del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), de la Comisión Nacional de Colaboración Económica y Científico Técnica, Vicepresidente del Consejo de Ministros del Consejo de Estado y, desde esos cargos, hizo una especial contribución a la política exterior de la Revolución; pero, a veces, no subrayamos con suficiente fuerza no solo su presencia activa en los momentos decisivos para la Revolución cubana, sino la presencia en la política exterior de la Isla de su impronta y de su pensamiento, que no siempre ha sido suficientemente difundido y reconocido —debería serlo mucho más— como obligada referencia para los estudiosos y hacedores de esa política. Carlos Rafael Rodríguez fue un hacedor de esa política en toda la extensión de la palabra, en la teoría y en la práctica.

Solo bastaría referirnos a su participación activa en la proyección de nuestras relaciones con los países de Europa Occidental. Hábil negociador, como pocos he conocido,  le correspondió abrir un camino para impedir que muchos de estos países, aliados estratégicos de nuestro principal adversario, se sumaran al concierto del aislamiento diplomático de la Revolución cubana.

La huella de Carlos Rafael Rodríguez, de su acción personal como interlocutor autorizado y respetado, está en las más importantes negociaciones de Cuba con esa área. Su proyección, afortunadamente, quedó plasmada en su trabajo “Los fundamentos estratégicos de la política exterior cubana”, publicado por primera vez en la revista Cuba Socialista (Nro. 1 de 1981), cuya lectura es obligada referencia para todo aquel que intente comprender los principios básicos de nuestra acción internacional, y tienen hoy plena vigencia.

Se le identifica, además, como el hombre cuya contribución fue decisiva para construir el complejo entramado de nuestras relaciones con los países socialistas de Europa, y el que propició la participación plena de Cuba en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). Esto es indudablemente cierto. Su trabajo al frente de la Comisión Nacional de Colaboración Económica y Científico-Técnica fue, en ese sentido, de particular relevancia para la creación y funcionamiento de las comisiones mixtas de colaboración económica y científico-técnica como elemento conductor y de control de los compromisos contraídos. Tuve el privilegio personal de ser la secretaria de algunas de esas comisiones presididas por él y, en consecuencia, ser testigo de su capacidad negociadora, de sus principios, de sus habilidades de gran político.

La entrada de Cuba al CAME fue un paso decisivo en el desarrollo de esa colaboración, y fue la personalidad de Carlos Rafael de particular importancia en esa organización, cuya composición burocrática y política era impresionante y compleja. Carlos Rafael fue nuestro representante y su voz se hizo sentir no solo para defender los intereses de Cuba, sino también los principios de una colaboración que propendiera a favorecer a los países miembros menos desarrollados, primero Mongolia y luego, también Vietnam.

Pero no se circunscribió exclusivamente su acción al marco europeo, a la colaboración con países de mayor desarrollo que podían contribuir a los planes económicos de la Revolución cubana. Fue Carlos Rafael, por sus propias convicciones personales y su apego a los principios revolucionarios, un activo ejecutor también de nuestra política hacia el Tercer Mundo; resultó importante su preclaro discernimiento sobre la interrelación natural que debía existir entre estos y el entonces existente campo socialista, encabezado por la URSS y el papel que los países socialistas debían desempeñar en la ayuda y colaboración con aquellos países que pocos años antes habían emergido a una vida independiente que, por supuesto, era muy diferente del que desempeñaban las antiguas metrópolis.

La gestión de Cuba en el Movimiento de Países No Alineados, su trabajo a favor de la defensa de los legítimos intereses tercermundistas, estuvo presente siempre en su acción. Y si alguien, junto con el líder de la Revolución, fue capaz de definir esa política cubana y de fundamentar los principios sobre los cuales debía sustentarse la membresía en el Movimiento de Países No Alineados fue Carlos Rafael. Baste consultar su pensamiento al respecto, en clara respuesta a las intenciones de desviarlo de sus propósitos originales, aludiendo a equidistancias artificiales en el trabajo sobre el  Movimiento que aparece en el tomo dos de esa genial antología que debemos a Reynaldo González, que es Letra con filo.

Mucho puede decirse de la acción de Carlos Rafael en la política exterior cubana en todos los planos. Su quehacer público y su contribución callada. Carlos estuvo presente en todos los momentos necesarios e imprescindibles: en las negociaciones con el dirigente soviético Anastas Mikoyan; durante la Crisis de Octubre; en las complejas conversaciones de la renegociación de la deuda cubana con el Club de París; en periodos de suma importancia para el desarrollo del conflicto con los EE.UU.; en la preparación del viaje del Líder de la Revolución por los países africanos y socialistas; en la preparación de la VI Cumbre del MNOAL en nuestro país; en las más difíciles negociaciones con el CAME; en el significativo aporte que la Revolución cubana pudo ejercer sobre la política exterior soviética; en aspectos claves para el movimiento revolucionario mundial.

Preocupado y ocupado por la imprescindible formación profesional y revolucionaria del personal del sistema de relaciones internacionales de Cuba, su obra y acción fueron definitorias para la creación del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, en la concepción de sus planes de estudio y, junto con Roa, en la definición del profesional revolucionario y comprometido que necesitábamos.

Su desempeño como jefe del entonces llamado sector externo, en su organización, en la conjunción de fuerzas para actuar de consenso con nuestros intereses y objetivos supremos de política fue también definitoria. Mucho de lo que hoy existe en materia organizativa en lo que respecta al funcionamiento de la Misión Diplomática Estatal se debe a sus ideas y proyecciones.

Indiscutiblemente, Carlos Rafael tenía el talento y la formación cutural y profesional que le facilitó esta labor. Nadie como él reunía las habilidades para hacerla; pero fue, ante todo, su condición revolucionaria, lo que le permitió ser parte activa y esencial del siglo XX cubano, y en especial de su segunda mitad; es decir, de la Revolución cubana.

Carlos fue, ante todo, un marxista leninista, un revolucionario cabal, que comprendió desde el primer momento la genialidad de Fidel Castro, su liderazgo y, en consecuencia, subordinó toda su acción y pensamiento al mejor servicio que podía hacerle a la causa revolucionaria. Fue un honesto y fidelísimo colaborador de Fidel, hasta su último aliento.

En una entrevista concedida a la televisión chilena, en 1973, le preguntaron si él era un político auténtico y dijo que si se entendía por profesional, por supuesto que no, que él era un revolucionario profesional; y expresó que un político que quisiera serlo en un auténtico sentido debía tener, en primer lugar, una profunda fidelidad a la causa de su pueblo y, a la vez, debía ser internacionalista porque en su opinión, cito: “… mucho internacionalismo y mucho nacionalismo no solo son compatibles sino intercambiables para hacer una política honesta, dedicada al servicio de los pueblos…”. Consecuente con este pensamiento, dedicó su vida a hacer esa política honesta.

No podría concluir sin referirme a algunas memorias sobre la personalidad de este gran hombre, ese ser humano de fina —muy fina— ironía, con la cual desarmaba a adversarios y amigos; a su capacidad negociadora, a su suave firmeza para conseguir un objetivo, a su suficiencia en la comunicación, a su sabiduría en la relación humana.

Esto fue lo que tuvimos el privilegio de conocer en la gran oportunidad que la vida nos dio al trabajar, en diferentes momentos y desde diversos ángulos, con Carlos Rafael: acoger la enseñanza que emanaba de él; elevarnos para tratar de llegar a la altura de su pensamiento; recibir, a veces solo con un gesto, la reprimenda necesaria, pero también su disposición de ayudar en todo momento, sobre todo cuando estaba convencido de que esa ayuda no iba a caer en saco roto.

Luchador incansable contra la chapucería, las conductas negligentes, la superficialidad, la expresión incorrecta, la banalidad, la chabacanería y el mal gusto, nos trasmitió normas de conducta que no solo son vigentes hoy, sino de urgente aplicación.

Hombre de grandes convicciones y riguroso en su práctica fue, a la vez, combatiente activo frente a las actitudes dogmáticas y burocráticas; sabía escuchar los criterios ajenos y rebatirlos contundentemente cuando era necesario. Estimulaba la crítica verdaderamente constructiva y la hacía con humano rigor; pero era capaz de reconocer públicamente si se había equivocado. Así era su altura moral.

Cubanísimo hasta la última célula, con un gran sentido del humor y una agilidad mental de altos quilates, amante del cine y de la música, buen bailador.

Fue un gran negociador, que supo cumplir los objetivos de la Revolución y de Fidel con gran éxito, tanto con los amigos como con los adversarios; respetado por todos y me atrevería a decir que también admirado, porque era capaz de abordar cualquier tema político, económico, cultural con profundo conocimiento y una gran parte de las veces con irrebatibles argumentos.

Desapareció físicamente; pero su pensamiento está ahí, vivo, vigente, su lucidez todavía nos ilumina, su ejemplo es obligada referencia para todo aquel que haya abrazado la causa de la política exterior de la Revolucion cubana, ayer, hoy y estoy convencida que también mañana.


Versión de la intervención en el panel Centenario de Carlos Rafael Rodríguez. Centro Dulce María Loynaz. La Habana, 23 de mayo de 2013.

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