Charles Lindbergh: solo sobre el Atlántico, y después en La Habana

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Acaso me equivoque, pero pienso que la llegada a la capital cubana de Charles Lindbergh —el Caballero del Aire o Águila Solitaria, como también se le llamó—, fue un suceso difícil de olvidar para quienes lo vivieron aquel 8 de febrero de 1928, en especial, para los fotógrafos cubanos maltratados por la soldadesca ante los ojos de los invitados.

Como se sabe, la historia comenzó un año antes, cuando Lindbergh cruzó solo y sin escalas el océano Atlántico para convertirse en el primer aviador que realizara tamaña proeza. Y para mayor mérito suyo, este espectacular vuelo lo efectuó en un monoplano rediseñado por él mismo, al que bautizó con el nombre de Espíritu de San Luis pues los gastos fueron asumidos por empresarios de esa ciudad.

En un inicio, algunos pensaron que el intrépido joven nacido en Detroit, Michigan, el 4 de febrero de 1902, estaba loco al pedir a los fabricantes del avión que no le pusieran la radio ni el sextante con el argumento que le aumentaban peso a la nave. También hizo que le quitaran el asiento del copiloto alegando poder cumplir la travesía él solo. Eliminó el tapizado, la pintura y algunos cables del sistema eléctrico.

Incluso se decía —quien esto escribe no lo cree— ordenó que en su reducida cabina metieran una mosca para mantenerse distraído y no quedarse dormido.

Cierto o no, el viernes 20 de mayo de 1927, el audaz piloto despegó de la pista de campo Roosevelt, en Nueva York, y al día siguiente aterrizó en el aeródromo Le Bouget, de París, luego de permanecer solitario en el aire: ¡33 horas y 32 minutos!.

Imagen: La Jiribilla

De la noche a la mañana Lindbergh se convirtió en uno de los pilotos más famosos de todos los tiempos. Recibió el ascenso a Coronel y el Premio Raymond Orteig, de 25 000 dólares. Se le nombró asesor de importantes compañías de aviación y efectuó varias giras para impulsar la apertura de nuevas rutas aéreas.

La capital cubana no quedaría fuera de su trayecto.

“Vibrante de entusiasmo, poseído de la más intensa emoción, prepárese La Habana para recibir al más grande aviador de los tiempos modernos: el Coronel Lindbergh”, auguraba El Heraldo de Cuba.

Vendría procedente de Haití, y cruzaría la Isla a todo lo largo, piloteando el Espíritu de San Luis, en un viaje que sellaría el retiro del célebre monoplano que, por decisión suya, no volaría más y pasaría a exhibirse en el Museo Nacional del Aire y del Espacio, de Washington.

A las 3:37 de la tarde de aquel 8 de febrero —declarado el Día de Lindbergh—, desciende el Águila Solitaria en el campo de aterrizaje de Columbia, donde numerosas personalidades están presentes, entre ellas, las delegaciones a la Conferencia Panamericana.

El aparato detiene sus motores en la pista; pero, ¿qué sucede? El piloto no da señales de vida, lo que despierta angustia en la multitud. Motiva la demora la costumbre del aviador de cambiarse la ropa en el interior de la cabina. Nadie conoce aquí ese hábito suyo y los fotógrafos cubanos y extranjeros se lanzan sobre la aeronave con sus cámaras. El Ejército impide el paso a los cubanos, no así a la prensa extranjera.

Enrique Kiko Figarola, fotógrafo del diario oficial El Heraldo de Cuba —lo cuenta Jorge Oller Oller— protesta por aquel proceder y, al ver a Alberto Martínez Rivero, escolta del presidente Machado, le pide que intervenga y finalice el abuso. Pero en mala hora se le ocurre hacerlo: Martínez Rivero detestaba a los fotógrafos. Siempre decía a sus subalternos que más daño hacia una fotografía que una ametralladora.

Con el tiempo le llamarían “el terror de los fotógrafos”, porque le rompía la cámara a cualquiera de ellos si le veía tomar alguna imagen inconveniente para el régimen dictatorial. Sin embargo, Kiko pensó que el guardaespaldas tomaría en cuenta que era el jefe de fotografía de El Heraldo de Cuba, el principal diario que apoyaba los intereses del gobierno. Pero no fue así, y mandó a unos soldados a sacarlo. Lo arrastraron por la polvorienta pista, ante el asombro de los invitados oficiales.

Al Caballero del Aire se le traslada al Palacio Presidencial y allí el presidente Machado aprovecha para tomarse una foto en medio del aviador y del embajador norteamericano.

Lindbergh declara: “Volé sobre La Habana a unos 300 metros, y le aseguro que desde el aire es maravilloso el espectáculo de la ciudad. La arquitectura difiere mucho de las demás ciudades que he visitado, y las fortalezas coloniales se destacan con suma preeminencia en medio del paisaje”.

Sus días en Cuba pasan muy rápidos: recepciones en la embajada de su país, entrega de las Llaves de la Ciudad en el Parque Central, imposición de la Orden Nacional Carlos Manuel de Céspedes y numerosos festejos en su honor, donde el homenajeado —según dicen— solo moja los labios con el contenido de su copa. Y cada noche, pese a que las fiestas duran hasta el amanecer, se retira a descansar temprano.

Son momentos felices para el Águila Solitaria, todavía no se había abatido sobre él la tragedia del secuestro de su pequeño hijo. El 13 de febrero de 1927, Lindbergh partía de regreso a su país. En el fuselaje de su avión había pintado la bandera cubana junto con otras que recordaban los países que había visitado.

Falleció el 26 de agosto de 1974.

Imagen: La Jiribilla

Y, ¿cómo terminó el asunto del maltrato a los fotógrafos del patio? La despedida de Lindbergh no acalló la protesta de la prensa cubana. Para aplacar los ánimos —cuenta Jorge Oller Oller— el Negociado de Prensa del Ejército organizó en el Castillo de La Punta, sede del Estado Mayor, un champán de desagravio a los fotógrafos y especialmente a Kiko. Esperaron largo rato al fotógrafo que se había enfrentado contra la conducta de los soldados. Esperaron inútilmente. Kiko Figarola nunca llegó. No quiso rebajarse a compartir con aquellos que habían atropellado, discriminado y despreciado a los fotógrafos de la prensa cubana.

Comentarios

El 13 de febrero de 1927, Linbergh partía de regreso a su país... error!, fue en 1928.

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