Una nueva Revista Habanera

Cira Romero • La Habana, Cuba

Hace algún tiempo publiqué en esta sección el trabajo “Un poeta y un crítico construyen una revista: la Revista Habanera”, dedicado a la importantísima publicación de ese título salida a la luz entre 1861 y 1863, dirigida por el poeta Juan Clemente Zenea con la colaboración de Enrique Piñeyro, quien con el tiempo devendría en uno de los ensayistas y críticos cubanos más relevantes del siglo xix.

Pero suele suceder en Cuba, como en otros países, que los nombres de las revistas y periódicos se repitan. Un solo ejemplo: en el señalado siglo hubo, tanto en La Habana como en otros lugares de la Isla, más de ocho revistas tituladas El Álbum, algunas tan relevantes como la primera en el tiempo, editada en 1838 por Luis Caso y Sola y, posteriormente, dirigida por Ramón de Palma, portadora del movimiento romántico cubano con colaboradores como José Jacinto Milanés, Cirilo Villaverde y Domingo del Monte. Sobre ella comentamos también en esta columna.

Veinte años después de concluida la Revista Habanera surge, en 1883, una segunda Revista Habanera, que si bien no tuvo la relevancia de aquella, tiene también significación en la historia de las publicaciones periódicas cubanas. Comenzó a salir el 18 de febrero de 1883, dos veces a la semana, bajo el subtítulo de “Periódico literario” bajo la dirección de Diego Vicente Tejera, una figura interesante de la historia cubana y también poeta, sobre el que bien vale la pena recordar su  trayectoria.

Nacido en Santiago de Cuba en 1848, durante su juventud se involucró, en París, con los emigrados españoles y participó en actividades conspirativas. Llegado a España, venía comprometido con una revolución contra Isabel ii, pero al pisar ese suelo pudo comprobar que el movimiento había sido sofocado. En 1868 regresó a Puerto Rico, a donde inicialmente había ido en 1865, y se dedicó a la agricultura, pero se identificó con la revolución de Lares, por lo cual su padre lo envió a Venezuela, donde comenzó estudios nunca culminados de medicina. En Caracas fue encarcelado por su participación como combatiente contra la revuelta de Guzmán Blanco. Regresó a Puerto Rico en 1870, con su mirada puesta en Cuba, donde la guerra había estallado dos años antes. De nuevo su padre, temeroso, lo envió a Barcelona, donde se inició en actividades masónicas. Allí fundó el semanario La Abeja Recreativa y colaboró en El Ramillete. Instalado en Nueva York dirigió el periódico La Verdad, órgano de la Junta Revolucionaria. Tras estancias en París, en México y en los EE.UU., regresó a Cuba en 1879, donde fundó El Almendares —por cierto, ya había existido una primera publicación con este título, fundada en 1852 por Ildefonso Estrada y Zenea y Juan Clemente Zenea, a la que se suma la creada por Tejera en  1881,—. También colaboró en El Triunfo, La Habana Elegante, Revista de Cuba, El Fígaro y otras. En 1885 fue nombrado director de la revista La Ilustración Cubana, de Barcelona, pero por considerársele separatista no pudo acceder al cargo. Residió tres años en Nueva York donde conoció a José Martí y colaboró en La América. Como secretario particular del presidente hondureño Marco Aurelio Soto viajó a París, donde fundó en 1891 la revista América en París. En 1893 regresó a La Habana por breve tiempo y marchó a los EE.UU. con el propósito de hacer propaganda revolucionaria en Nueva York y Cayo Hueso. Durante la ocupación norteamericana volvió a Cuba, donde dirigió los periódicos La Victoria y Patria. En 1899 fundó el Partido Socialista Cubano, primero creado en Cuba con ese carácter, y en 1901 organizó el Partido Popular. Falleció en 1903. Dejó una amplia bibliografía donde figuran Consonancias, subtitulado “Ensayos poéticos”, al menos dos volúmenes con sus Poesías completas publicadas entre 1869 y 1892, y su excelente Un poco de prosa,  donde reunió crítica, biografía y cuentos, varios títulos en defensa de la mujer y sobre la necesidad de la educación en las sociedades modernas.

Volvamos a la Revista Habanera fundada por este valioso hombre de las letras y de la política. 

En el señalado primer número del 18 de febrero de 1883 se expresaba que la publicación “... responde al deseo de cultivar las letras que domina a sus fundadores”. Y luego de preguntarse si era necesario en la capital otro periódico que se dedicara seriamente a la literatura y si, de ser así, eran ellos los llamados a satisfacer dicha necesidad, concluyen expresando:

Tócanos únicamente afirmar que amamos de veras la naciente literatura cubana y que con ese amor nos hará respetar a los que contribuyen a crearla. Nuestros trabajos, de escaso valor, tendrán al menos el mérito de obedecer a inspiraciones siempre generosas.

Es obligatorio un paréntesis para formular una observación no exenta de  reparo acerca de la publicación liderada por Tejera: la primera Revista Habanera había declarado en 1861, con toda propiedad, que se constituía para ser “un verdadero órgano de la literatura cubana”, expresión legitimadora de la existencia de una literatura insular, en tanto que la comentada ahora apuesta por la divulgación de una literatura en proceso de surgimiento, observación que, formulada a la altura del año 1883, queda desacreditada por la existencia indubitable de una literatura plenamente nacional desde los tiempos de José María Heredia.

En las páginas de la Revista Habanera aparecieron poesías, cuentos, artículos de crítica e historia literarias, notas bibliográficas a través de una sección dirigida por el bibliógrafo Domingo Figarola-Caneda, trabajos sobre música, arte, lingüística, teatro y otros temas de interés. Se destacan numerosas producciones inéditas, en prosa y verso, de autores ya por entonces fallecidos, como José Joaquín Govantes, poeta y dramaturgo muerto en 1881; Joaquín Lorenzo Luaces, destacadísimo igualmente en poesía y como autor teatral, difunto en 1867; y Buenaventura Pascual Ferrer, extinto en 1851, fundador de los famosos y controvertidos El Regañón de la Havana (1800) y El Nuevo Regañón de la Habana (1830.

Una de las secciones más interesantes de la Revista Habanera fue “Miscelánea”, dedicada a cuestiones diversas, pero donde se dio preferencia a los adelantos científicos y culturales cubanos. Los colaboradores fueron generalmente los mismos que en El Almendares: Manuel de la Cruz, escudado en los seudónimos Juan Sincero y Emmanuel, Antonio Sellén, José Antonio Cortina, Enrique José Varona, José Joaquín Palma, Antonio Bachiller y Morales, Rafael María de Mendive, Emilio Bobadilla, Mercedes Matamoros y Rafael María Merchán. Del maestro y filósofo Enrique José Varona publicaron su ensayo “Ciencia y poesía”, donde leemos apreciaciones de sumo interés:

Los que pretenden explicar al poeta por el desarrollo excesivo de una sola de las actividades mentales se pagan de una abstracción y se exponen a que los hechos los contradigan con frecuencia. Ni lo desmesurado de la imaginación, ni lo exquisito de la sensibilidad bastan para caracterizar al poeta, merecedor de este alto título. Para el psicólogo nada hay en esto de extraño. Sabe demasiado que el espíritu humano, aunque descompuesto por el análisis para facilitar su estudio, es un todo, cuyas funciones conspiran para dar ese producto que llamamos estado mental, sea esto una fugaz sensación, sea una serie de imágenes brillantes, sea un sentimiento complejo de rica tonalidad. La fantasía entrelaza sus mil varias raíces por la rica y fecunda tierra de la observación. El caudal de datos adquiridos directamente de la realidad, acumulado por los grandes poetas, es verdaderamente pasmoso. El teatro de Shakespeare y el poema de Dante forman un mundo completo, que no agotarían, reunidas, las representaciones de la realidad de muchos centenares de hombres mediocres.

La extraordinaria plasticidad mental que supone esa estupenda riqueza de observaciones, explica a sus ojos el caso, tantas veces comprobado, de coincidir lo que el poeta ha visto con lo que después ha escudriñado pacientemente la ciencia. Sin haber sido médico, Cervantes ha trasladado a la divina esfera de la poesía una larga hoja clínica, la cual apenas exigiría de algunos retoques de un especialista en neuropatías.

La observación formulada por el cubano, aunque no es la primera en el tiempo de este cariz, ha quedado probada a lo largo de los años: muchas veces la literatura, en su más amplia gama, se ha adelantado a las ciencias. Prueba al canto: Julio Verne con sus novelas y muchos siglos antes, en otra esfera de las artes, Leonardo da Vinci, que diseñó, entre otros sueños posibles hoy hechos realidad, un helicóptero.

La Revista Habanera publicó su último número, el 27, correspondiente al 20 de mayo de 1883. Todavía en 1913 surgió otra Revista Habanera, con un subtítulo curioso: “Publicación literaria, dogmática, pedagógica y de intereses generales”, que tenía como objetivo “propagar por todos los medios la moral cristiana”, donde colaboraron importantes figuras de la vida cultural de Cuba.

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