Un bote frío a punto del deshielo

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Hasta 5ta. y 94, en el Teatro Miramar, llegó el aguacero que el pasado miércoles azotó a La Habana. De esto nada sabían en Noruega, pero allí estaba el bote dispuesto a surcar los fiordos de ese nórdico país.

Yasel Rivero empezó a echarle hielo, lentamente y con cierta gracia, al bote sin que los cubos se derritieran. Luego, frente a la pantalla que reproducía imágenes nostálgicas de su primer viaje fuera de la Isla, se quedó en calzoncillos y penetró en el simulacro que dejó una mancha de humedad sobre el pequeño escenario del bar y que luego William Ruiz se ocupó de secar, toallita en mano, en repetidos gestos. Nada mal, se diría.

Aquella tropa de jóvenes, vista a través de varias cámaras portátiles, con ganas de divertirse, con ganas de aprender, de dejar en aquellos parajes una huella; gente que no se creía lo que estaba viviendo. “Estoy en Bergen”, y me parece mentira, dirían algunos. Terminar ese peregrinaje con una borrachera de alegría en pleno atardecer, cultivando la rosa blanca de Martí, en un spanglish que el noruego sonriente entendía a las mil maravillas. Era ese testimonio y algunos escasos momentos de la presencia El nombre, versión de Rogelio Orizondo a partir de la obra de Jon Fosse: “Doime manchando una ventana de cristal y detrás una ciudad ajena y fría”.

¿Qué es? Una experiencia de vida, de vida profesional, de vida de artista con veintitantos años, el tiempo justo para comerse el mundo y hacer de un viaje, no el destino, sino la ruta, la carretera debajo de los pies y los árboles borrosos en la ventanilla.

Así, y con un mojito en la mano cortesía de los organizadores, terminó la primera muestra abierta del Laboratorio IBSEN (las herramientas de la sociedad) que incluyó un taller de capacitación en gestión y producción artística para las artes escénicas, desde el 27 hasta el 29 de mayo.

Coordinado junto con el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y con el apoyo de la Casa Editorial Tabla-Alarcos, la Galería Raúl Oliva fue sede durante tres días de las sesiones de trabajo en torno a la labor del gestor y productor escénico. Estos debates se hicieron acompañar por la primera muestra abierta del Laboratorio IBSEN, proyecto ganador durante el pasado año de la beca internacional Ibsen, en ocasión del centenario del dramaturgo noruego. Ideada por Yohayna Hernández, William Ruiz y Martha María Borrás y con la coordinación de Dianelis Diéguez La O, el Laboratorio es “una plataforma interactiva y de experimentación que convoca a creadores de diferentes disciplinas artísticas a una discusión y exploración sistemáticas de las relaciones entre teatro y política, teatro e historia, teatro y sociedad”.

Durante la segunda tarde del encuentro, fue presentado oficialmente por Yohayna Hernández el Laboratorio en todos sus proyectos y direcciones, muy encaminados a dinamizar y articular la relación teatro y sociedad. En su disertación, se hizo hincapié en tres líneas fundamentales: una zona de investigación, producción teórica y acciones pedagógicas; otra zona de creación (producciones, proyectos, eventos, trabajo en red de colaboradores) y una tercera zona volcada hacia la intervención social, la relación con nuevos públicos, los rediseños comunitarios desde los dispositivos artísticos. Así lo demuestran las acciones encabezadas por Alessandra Santiesteban, Karina Pino Gallardo, la propia Hernández con el proyecto MCL o William Ruiz. De este último, pudo adelantarse algo de su visión sobre Solness, el constructor, que podrá verse terminada cuando en noviembre venidero repitan la Semana de Teatro Noruego, y un aluvión-Ibsen se instale por esos días. La idea del amor encarnada en esos personajes siempre intensos y empecinados que Ibsen, ahora con Ruiz, nos pone delante para acorralarnos, para hacernos dudar.

El Laboratorio IBSEN explora sobre las angustias más urgentes de la sociedad cubana de hoy a través del arte teatral, de la performatividad, del análisis más mediato sobre nuestro presente. Herederos de Tubo de ensayo, los muchachos, más jóvenes entonces, apuestan por una madurez y agudeza en sus propuestas, y no descartan el error y el experimento.

Sin duda, Laboratorio IBSEN está moviendo el escenario cubano hacia nuevos derroteros. No son, en efecto, inéditos dentro de la trayectoria del teatro cubano. Sobran los ejemplos de esa tensión fructífera y fecunda entre teatro y sociedad, pero en esta ocasión el aquí y ahora cubanos encuentran una fértil zona de conflicto y desazón en estos muchachos a punto de congelarse.

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