Aspersores sobre el húmedo limo
de los muertos diáfanos

Miladis Hernández Acosta • Guantanamo, Cuba

La lluvia entra por el hueco de la ventana única: Cito. Ventana por donde primero entró la niebla para cargar con los vivos que ingresaron con horror al vaciadero. He aquí, sin tener que explicarlo, un libro oscuro, raro, invencible y contumaz, poseso de una materia magra, de una sustancia recia, amarga, y pesada. Un libro donde las palabras están sometidas a una fuerte presión, son expulsadas a presión, y se expresan con la misma intensidad de ese mecanismo o artefacto hidráulico que se utiliza para rociar el agua a las rosas, el agua a las cosechas, y del mismo modo el agua a los cementerios. Un sitio para destilar ausencias, silencio, y pérdidas estériles, pero también, para afirmarse en el acto efímero, pertinaz y absurdo de la vida.

Su autor alude a una realidad somática, una realidad incambiable enunciada en una explicités de extraordinaria sabiduría. QUIEN escribe con ejercicio de maestría, magnifica su desánimo, solivianta su sufrimiento y ramifica su obsesión. Nada resulta gratuito, ni casual, todo responde a un propósito instigador, una empresa que lucha contra la insulsez, sobreactúa en el acorralamiento de los mortales, se duplica en la unidad imaginada del yo con un fin doliente, fatigado, brutal y valeroso.

El poeta ha sufrido un periodo horrendo, una jornada honda, un tránsito devorador; quien versa está subordinado, poseso o diluido en una relación especialmente violenta con la muerte; algo que el Ser no puede variar, detener, ni ser transferido porque la niebla, o la muerte —que no es ajena— se le había filtrado —sin compasión— sobre los cuerpos de los seres amados para corromperlos, masticarlos, y finalmente podrirlos. 

Luis Yuseff, rompe el mito de la unidad infinita del Ser y lo representa polipartitas como Nietzsche, como un haz de muchos yos, los extiende bajo un lenguaje diáfano a una duplicidad que responde a un determinado abordaje ideoestético porque sabe que el hombre no es de ninguna manera un producto firme, un corpus duradero, es por ello que, desde un tiempo inmemorial, desde las capitulaciones del profeta Isaías, registra su discurso en una unidad superior de la conciencia.

Esplende desnaturalizado, instintivo, fiero y caótico. Ensaya su ideal hacia una transición de muchas almas y ve la suya sin ilusión alguna, sin la apoyatura de Dios, y de sus semejantes; ha ganado por su crudeza. Crueldad matizada de un lirismo prefijado, de cierta curaduría que opta —persistentemente— por lo bello.

Gana por salirse de los temas circundantes de la poesía actual cubana que raya entre la patria, las frustraciones políticas, el desdén, los exilios, las penurias, las dejaciones y los hirsutos cuestionamientos para entrar como —solo— entran los bravos al único valle: al valle donde los cuerpos—arpones— se desangran, se corrompen y se adhieren al polvo, a la tierra calcárea, al olvido, y solo el poeta sabe cuánto duele esa “distracción”.

Su esteticidad está surcada por precisos registros especulativos: la jaula oscura de Alejandra Pizarnik, se observa /como un animal helado en la gran jaula estéril/ Las elegías rilkerianas, / lo bajaron entre anillos de rosas/, la lluvia arrasadora de Saint Jhon Perse, y los muertos invencibles de Dylan Thomas, pero a diferencia del autor de Y la muerte no tendrá Dominio, Luis Yuseff presencializa no solo —todo—  lo que antecede a la muerte, sino todo lo que viene después.

Con doloroso aislamiento y suprema exigencia escritural camina hacia la única senda —estrecha— de la inmortalidad. Como Heidegger sabe que, “El hombre es un ser para la muerte”, y la existencia significa desunión con el todo, limitación, vuelta al todo, anulación de la angustiosa individualidad, trabajosa reencarnación. Despacha las palabras y con ellas rasga el velo del arcano, recordándonos que, ya desde el principio de todas las cosas no hay tal simplicidad, bondad, llaneza; ni siquiera inocencia.

El todo es complejo, cetrino, culpable y desestabilizador, y siendo parte de él, ha sido arrojado desde el mismo principio al limo húmedo, al diezmo de la tierra, al torbellino del polvo, al helado éter del COSMOS, a la duplicidad de Fausto, al hiperpersonaje de sentir esa plural alma en su pecho.

Sin mucha simpatía hacia las cosas ve el mundo al igual que Rilke como imagen, como expresión de lo acabado, y también como objeto de contemplación. Se acerca a esa diversidad de las formas, las resume en el mismo cielo donde desea descansar o dormir y en el día quebrado del estanque/ se hunde mi sentimiento entre los peces; se reproducen en Yuseff y con todos ellos, forma uno solo: en el agua hay un pez gigante que me mira/arponeo su cabeza azul/ y ya no puedo dormir más.

Despojado de su afán, todos los textos de este libro poseen una extraña capacidad de asociación. Aquí cruje la arcilla, la materia primaria, el corazón que se escapa, el cáncer que destila de a poco, cuerpos apenas con riñones, cráneos dañados, pulmones invadidos por la pleura, y más que estar —sin poder dormir— participa de esas largas conversaciones en solitario, conversaciones en seco mientras alguien trae, o lleva todo el tiempo una taza de café.

Describe como muy pocos poetas coetáneos el entrañable ambiente familiar donde una madre se asfixia y rasga los muertos familiares con una uña negra que persiste de principio a fin. Refiere las muertes de los vecindarios con el preconsabido aterramiento. Narra esa hostilidad de ver a los que amamos agonizando, y no solo agonizando sino adentrándose a ese espacio comevida, al acto del descendimiento, pidiendo de igual manera dormir, o —descansar— en paz.

Imagen: La Jiribilla

Aspersores (Editorial Letras Cubanas, 2012; Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2012), transcurre con 72 poemas que parten de un poema único, medular, de una matriz unigénita, del mismo flamboyán que da la sombra a los muertos, y al unísono devuelve como sus flores esas inmensas ganas de vivir. Yo/ya no lloro desde que estoy aquí. ACCIÓN para sostenerse. Cántico persuasivo para contemplar su mano blanca, apta para escribir con mucha agudeza y devorarse —así mismo—. Estribillo que patentiza que después del dolor volvemos a la carga, al único oficio salvador: la poesía que sirve de amante y no nos deja solos.

Su creador se plantea una intelección de lo auténticamente real, se detiene ante los fenómenos como entidades necesarias para engrandecer con mucha sagacidad el resultado último de su oficio. De la misma manera hay un humanismo fluctuante que se entiende con todo —su acontecer—.

Luis Yuseff, poeta, príncipe y amigo holguinero se luce con una rebasada madurez espiritual, ha creado su propia teología, su vigilado réquiem de pulidísima operación formal para resignarse, y alcanzar la unidad irrebatible con lo trascendente.

En esta impronta se muestra meditativo, reflexivo, en estado puro de aprehensión para erigirse bajo la sombra de Sören Kierkegaard y postularse en esa ceremonia de la extracción, en  esa tarima del existencialista al por mayor. Habla con la boca que se comió sin miedo el propio mundo, y nos ve a todos con el ojo del muerto desde una verja inoxidable.

Se trata de una filosofía sacra sobre la muerte, y al mismo tiempo de una actitud para escarizar la escritura hasta el desangre y/o pensar en la escritura desde el dolor ajeno; fustigar la creación, reformular el significado profundo de la poesía, detenerse sin apuros en cada giro de la expresión y deliberar con mucha lucidez para hablar sobre lo que debe quedar fríamente expuesto, sin ataduras lexicales, ni sobreabundancia de imágenes —testimoniado: Las pérdidas irreparables, las cenizas que se nos almacenan. Ha crecido un lirio tardío sobre las cenizas /que sí llegan/.

Una filosofía que nos conduce a la proscripción, al renunciamiento, a mirar la vida con su constante descenso, estableciendo una mayor coordenada con lo normal, un pacto con los que quedan tristes, y cargan, como pocos en la actualidad, con ese luto pasado de moda.

En cualquiera de sus páginas los versos atisban una seducción, sobresalta una corrupción manida, una putrefacta paralización, cerrazón de los sentimientos, fastidio y desesperanza. Impureza y contradicción para hablar sobre la determinación general del destino humano.

Con este libro, sospecho que el poeta ha escrito su obra mayor, se ha vaciado para colocarse dentro de la propia poesía. Pregunto, después de esta lectura inmensa, ¿le quedará algo por decir?, después de haber usurpado a Dylan Thomas el violín de los cementerios, después de haber hecho —él mismo— todas las exhumaciones posibles, quedará otro reto después de darle comida a los muertos, y estar más lejos de esos cadáveres.

Una sola lectura no bastará porque —este— es un poemario de muchas esencialidades, como propuesta filosófica que es, debe ser leído con paciencia y esmero. Este —es— como muy pocos, un libro para acompañarnos, para comprender el indómito estremecimiento de los fundamentos del pensamiento y de las leyes imprecisas del espíritu humano: leyes, o su ley para aceptar el paso del hombre hacia lo definitivo. Esto es —entre otros— su mérito mayor. Su alcance y reto —ante— todo aquello que sufrimos con horror y no comprendemos.

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