¿Y dónde están las cubanas
y los cubanos?

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

La selección de Harold López-Nussa y Aldo López-Gavilán para poner punto final, este junio de 2013, al I Encuentro de Jóvenes Pianistas, en la Basílica Menor de San Francisco de Asís, no es fruto del azar.

Reconocidos ambos entre las principales figuras del jazz cubano en el  nuevo siglo, poseen la extraordinaria virtud de asumir con idéntica responsabilidad el repertorio de la música de concierto, en un ejercicio que habla muy alto de su sólida formación académica y del espíritu integrador que les asiste.

Imagen: La Jiribilla

A lo largo del evento, el pianismo cubano no solo estuvo bien representado, sino dejó en el auditorio la convicción de ser testigos de la irrupción de una nueva generación de intérpretes que garantizan la continuidad y el ensanchamiento de una tradición.

No hay que olvidar cómo en el siglo XIX, mientras se forjaba la identidad nacional, tuvimos ya pianistas notables, como Nicolás Ruiz Espadero e Ignacio Cervantes y comenzó a desarrollarse la docencia en conservatorios que cimentaron prontamente un bien ganado prestigio.

Si la lista de notables intérpretes en la pasada centuria tuvo nombres imprescindibles como los de Ernesto Lecuona y Jorge Bolet, los pedagogos de mérito no lo eran menos, desde la labor fundacional de Hubert de Blanck hasta la todavía no suficientemente reconocida de César Pérez Sentenat y Joaquín Nin, quien vivió la última década de su vida dedicado a la docencia en la Isla donde nació.

En los años 60 era posible asistir a recitales y conciertos de apreciable nivel a cargo, entre otros, de Zenaida Manfugás, Ivette Hernández, Silvio Rodríguez Cárdenas,  Huberal Herrera y el entonces muy joven Cecilio Tieles.

La creación de un sistema de enseñanza artística, derivado de la política cultural de la Revolución triunfante en enero de 1959, posibilitó la formación de talentos procedentes de diversos lugares del país. Los más destacados disfrutaron de becas en países europeos del bloque socialista con tradición pedagógica en el instrumento. Entre los años 70 y 80 alcanzaron cimas envidiables a escala internacional, en las cuales permanecen, Frank Fernández y Jorge Luis Prats, en tanto se hacían notar los desempeños de varios pianistas sumamente calificados como Jorge Gómez Labraña, Ninowska Fernández Brito, Roberto Urbay, Ileana Bautista, Ignacio Pacheco, Ulises Hernández (notabilísimo pedagogo), Elvira Santiago, Víctor Rodríguez, Antonio Carbonell y unos cuantos más.

No se puede tampoco olvidar cómo la base de la docencia, sobre todo para los años de iniciación, estaba aquí. Pudieran citarse decenas de nombres, pero me detengo en dos símbolos que representan temporalmente etapas de fragua y consolidación: Margot Rojas y Teresita Junco.   

Esta apretada síntesis, indudablemente parcial, nos lleva a una actualidad que afloró en el Encuentro de Jóvenes Pianistas, mediante las contribuciones de Liana Fernández Neira, Willanny Darias y Daniel Rodríguez Hart, quienes mostraron sus talentos en obras exigentes durante los recitales protagonizados por ellos en la sala Ignacio Cervantes y la Basílica Menor.

Ellos representaron a la escuela cubana, pero también pudieran haberlo hecho otros como Darío Martín, Marcos Madrigal, Patricio Malcolm, Leonardo Gell o alguno más veterano como Adonis González. O algunos que ahora mismo se están empinando, como los mejores discípulos de Ulises Hernández y Juan Piñera.

Se trata de cubanas y cubanos que están copando los primeros planos en la ejecución de un instrumento universal.

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