Los discretos cien años
de Modesto Centeno

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
Imagen: La Jiribilla
 

“Amo el teatro profundamente y lo estimo la más humana de todas las Artes y el más eficaz vehículo de la cultura popular. Tengo el convencimiento de que practicando el Teatro no solo realizo una labor artística, comprendo que además ejecuto un cometido social.”

Modesto Centeno. Revista Prometeo, 1948 1

El pasado 18 de mayo, se cumplieron los cien años de Modesto Centeno, pionero de la dramaturgia titiritera cubana, nacido en Gibara, Holguín, en 1913. Nada se publicó en la Isla ese día respecto a su persona y su amplio legado artístico, el cual se extiende al teatro de actores, la televisión y el arte lírico. Quizá hayan sido los cien años más reservados del teatro cubano todo. Mas no será esto impedimento para intentar gritarlo hoy a los cuatro vientos. Hablemos entonces del siglo de Centeno sin ninguna discreción.

I

Un joven animador del teatro

La creación del grupo La cueva, en 1936, con las nuevas técnicas escénicas llegadas de Europa y Norteamérica, le da un vuelco al anquilosado teatro cubano de entonces, dominado en la Isla  por el género alhambresco. Esta transformación se acelera, en 1940, con la fundación de la Academia de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de La Habana, la primera creada en Cuba y en América Latina.

En ese arranque, permeado de la ilusión y los deseos de los hacedores del teatro de ese tiempo, hallamos al joven Modesto Centeno, quien llegado a la capital en 1936, fue cantor de la Coral de La Habana y luego alumno fundador de dicha Academia, donde estudia actuación teatral y radial, cultura de la voz, cine, musicalización, sicología, fonética y seminarios sobre literatura dramática universal. Fue él uno de quienes apostaron todo por las tablas, en un periodo en el que para la creación de espectáculos y el estudio de las artes dramáticas, no se contaba con ningún apoyo económico gubernamental ni social.

Todo el desarrollo teatral se concentraba en la urbe metropolitana y ya estaba allí el muchacho veinteañero de Gibara, reconocido como uno de los mayores animadores del movimiento. Lo mismo fungía como escenógrafo, dramaturgo, actor (representó obras de Bernard Shaw, Sófocles, y Chéjov, entre otros prestigiosos autores) o director (puso en escena a Schnitzler, Cocteau, Wilde, Lope de Vega, Ibsen, Williams, Baroja, Casona, con etcétera largo); por eso su nombre asoma en casi todas las agrupaciones teatrales de la época.

Es Centeno quien escribe y dirige, en 1945, Hechizo, la primera pieza del grupo ADAD, que más que conjunto fue una institución cultural, pues lo mismo exhibía exposiciones de diseño y pintura, que convocaba concursos de textos para las tablas. Su nombre debe colocarse al lado de los de sus colegas Carlos Felipe (es él quien estrena, en 1947, en co-dirección con Julio Martínez Aparicio, su pieza El chino), Virgilio Piñera, Rolando Ferrer, Adolfo de Luis o Nora Badía, todos desaparecidos físicamente e imprescindibles en nuestra historia teatral. 

II

Los títeres de Centeno y algo más

Los títeres llegan a Modesto Centeno en 1943, durante el último año de la recordada Academia de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de La Habana, pues allí se organiza un concurso de teatro de muñecos, donde resulta premiado con su versión para títeres de La caperucita roja. Este pequeño texto, lleno de gracia criolla y picardía, está inspirado en el archiconocido cuento del francés Charles Perrault, y ha sido el más representado por los guiñoles cubanos hasta la actualidad.

Por esos años, están naciendo los fundamentos del teatro de títeres nacional, por lo que entre los primeros libretos llevados al retablo por el Guiñol de los Hermanos Camejo se encuentran La caperucita… y Chinito Palanqueta, además de Periquín lo supo al fin. Es, entre 1950 y 1952, uno de los primeros guionistas de los programas titiriteros de CMQ Televisión.

Imagen: La Jiribilla

En 1959, se suma a las intenciones del triunfo revolucionario de enriquecer la cultura nacional en todas sus aristas, por lo que seguirá dirigiendo teatro, impartiendo clases y aventurándose en el terreno de las figuras, a través de la impartición de cursos sobre teatro de títeres y actuación.

En 1971, dirige su obra Bebé, versión del cuento original de José Martí, para el Teatro de Muñecos de La Habana. Desde 1974 hasta iniciados los años 80 se integra a la nómina de directores artísticos del Teatro Nacional de Guiñol, guiando con su experiencia espectáculos como El ratón poeta (1971), El aya de la francesa, Bebé y Viajemos al mundo de los cuentos (1972), Juanito en el país de los bambúes (1974), Piñata (1975), La brujita (1977) y Los tres cochinitos (1979).

Incursiona en el teatro de títeres para adultos a través de su versión para retablo sobre la novela de costumbres Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde (1975). Este último título lo pone también en la escena del Teatro Lírico Nacional, junto con otras zarzuelas como Bohemios, La leyenda del beso, La del Soto del parral y Marina.

En esa nómina dorada de nuestro teatro, que nos hace evocar a figuras como Raquel y Vicente Revuelta, Violeta Casal, Gina Cabrera, Reinaldo Miravalles, Ángel Espasande, Liliam Llerena, Pedro Rentería, Enrique Almirante, Helmo Hernández, Herminia Sánchez, René de la Cruz, Armando Soler, José Antonio Rodríguez, Carlos Ruiz de la Tejera, Ulises García, Armando Morales, Miriam Sánchez y Xiomara Palacio, entre otros tantos, el nombre de Centeno se une a sus compañeros de avatares escénicos para redondear un siglo de existencia entregada a las tablas.

¿Por qué dejar entonces que pasen sus cien años con absoluta moderación? No sería justo para los que hemos heredado su savia, regada por doquiera en nuestro territorio; tampoco para los que vendrán y seguirán llegando. Todos deberían saber de la vida y obra de este amigo, maestro y artista, tan modesto, sencillo y humilde como su nombre, que dejó una simiente, un grano de centeno, fecundo y auténtico como su apellido.
 

Nota:
1. La cita textual, aparecida en la Revista Prometeo, en 1948, es tomada del impreso Los 40 años de Modesto Centeno, de Freddy Artiles, publicado en 1980, por Divulgación de Cultura de La Habana.

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