Desde Babilonia

Carmen del Pilar Serrano Coello • La Habana, Cuba

La miro pasar sin poder desprenderla de un mundo seráfico y eso me despierta las invenciones. La ubico en un sitio sereno, el cual recorre disfrutando del universo que no tiene aquí afuera. Porque sé que sueña y el mundo de los sueños es un mundo tan real, para los que nacen con grandes aspiraciones y escasas posibilidades, que pasa a ser su mundo principal.

Y esta pequeña Odette, vive en ese espacio interior al que muchos aspiran y no todos acceden. Camina y sus pies no se pegan al pavimento, solo lo rozan las suelas de sus zapatillas. Al llegar a la acera —si piensa que nadie la ve— hace un giro y sus manos dan la sensación de tratar de alcanzar algún prodigio que le aproxima el aire.

La abuela y sus cuentos le incentivaron la imaginación, la acostumbraron a refugiarse en este otro reino donde busca intimidad, y contempla cómo fluye el río, escoge asiento en un tronco de árbol. Lee, y solo la arranca del sortilegio que le provoca la obra, esa voz del mundo de afuera que presiente saliendo del gigante de las cuatro voces infernales. Tiembla al esconder el libro que, envuelto en papel impermeable, ocupa su sitio en el hueco del árbol o debajo de la almohada.

Nadie puede saber de dónde ha llegado, porque nadie la ha visto moverse del sitio de esta realidad. Barre y tararea sin escuchar el estridente ruido de la radio ni las ordenanzas del padre que llega, y si alguna vez se escucha la música de muertos, como llaman a las interpretaciones de Tchaikovsky, Bach, Beethoven o de cualquier otro de su naturaleza,  allá va a mover las manos finas y a deslizarse suavemente, con la escoba como bailarín acompañante.

El padre la zarandea cuando regresa de Babilonia, y eso es ahora, porque antes le decía que estaba en Babia, pero desde que aquel pariente, que se las daba de conocer todos los sitios del mundo, dijo burlón que en Babia no, que vendría de más lejos, que vendría de Babilonia.  “Despierta” —truena la voz del padre— estabas en Babilonia.  Sitio que al parecer ya todos conocen y al que el padre le repite que se marcha para huir de los quehaceres.

Pero ella sabe que no ha ido a ninguna Babia ni a ninguna Babilonia y le pone alas a las imprecaciones para que suban por los tejados y se pierdan entre los hedores de cocinas e inodoros.

Mira a los patinadores deslizarse por las aceras como se mira lo imposible… si pudiera… solo un patín... le brillan las pupilas, solo un patín… siquiera un patín… y se lo han prestado… lo ajusta a su calzado y en la gloria del movimiento ve crecer la sombra del padre… los ojos, la voz, y se achica, se dobla y zafa la correa.

Entonces la vuelvo a ubicar allá, desenvuelve el libro que logró que le prestara la gallega, su primera maestra, y empieza de nuevo la lectura con la lentitud de quien hace muy poco tiempo que aprendió a leer. En este mundo donde la ubico, no la alcanzará la fatalidad de la Vendedora de Fósforos, no morirá, al menos por el frío. Y quizá le cambie la vida como al autor que, según lee en la cubierta, es el danés Hans Christian Andersen quien vivió una infancia de pobreza y abandono. Lee que a los 14 años Andersen se fugó a Copenhague. Trabajó para el director de un Teatro, quien le pagó sus estudios y, a partir de 1822, comenzó a publicar poesías, obras de teatro, novelas, libros de viaje y bellísimos cuentos de hadas como “El patito feo”, “La sirenita” y “El soldadito de plomo”. Muchos adaptados al ballet.

En aquella casa vecina está el recién creado estudio de un pintor. Cuando pasa, no puede sustraerse a la idea de subir el peldaño de madera que la ubica frente a la ventana abierta de un local donde se exponen muñecas y muñecos de todo tipo, observa cómo andan en puntillas y, a veces, piensa que van a salir de los cuadros.

Aquel pintor solo pinta bailarines y bailarinas de ballet, vestidos a lo antiguo o con ropas muy ajustadas los hombres, y las mujeres usando zapatillas y tutú, ese faldellín que presiente alrededor de su cintura cuando danza haciéndose acompañar por la música de muertos y el palo de la escoba, que llama la atención por el ruido cuando cae tras un giro cada vez más veloz. 

El pintor y su esposa Marta, no han tenido hijos, le han tomado cariño, le permiten entrar a la casa y la mujer ha puesto un libro en sus manos. Allí están las bailarinas y bailarines de todos los tiempos. Sonríe ante las vestimentas de los del siglo XVIII, que usaban disfraces, pelucas o  amplios perifollos y el calzado de tacón, o las faldas o miriñaques colgados para dar anchura y volumen a las de las bailarinas.

Los compara con los que ha pintado el pintor y se parecen mucho, pero en los del pintor hay algo que hace que se vean distintos y es que ya vislumbra que el verdadero artista logra transformar lo real y llevar la imaginación mucho más allá de un simple golpe de vista o de oído.

Lee que en los primeros tiempos solo había bailarines que usaban pantalón bombacho hasta la rodilla. Y que se vestían de mujer para danzar pues a estas no se les permitían tales cosas. Allí ve la foto de Marie Anne Camargo, que acortó las faldas y empezó a usar zapatillas sin tacón, con los que podía mostrar sus brillantes pasos y saltos.

Marta, es una bailarina de ballet que ha venido acompañando a su marido a pasar una temporada con su madre que se encuentra delicada de salud, allí aprovecha el tiempo ensayando e impartiendo rudimentos de ballet a algunas niñas y niños de la localidad, al sorprender a Odette imitando los movimientos de las alumnas, Marta la invita a incorporarse y queda sorprendida al comprobar la facilidad con que ejecuta cada movimiento tanto que empieza a trabajar con ella a cualquier hora del día en que esta logra escapar de su casa.

Tras estas incursiones Odette ha aprendido a rotar piernas y pies, a estos ya logra ponerlos en un ángulo de casi 180 grados y hasta consigue mantener los codos levemente curvos. Mientras hace los quehaceres que le imponen en su casa, se mueve, se mueve, sobre todo cuando el vecino maestro llega y pone la música de muertos. Y hasta cuando se empina, para probar la sopa o agregarle agua y condimentos, lo hace en puntas de pies, y si no hay música ella la piensa, y gira, y gira, hasta que casi logra dominar el mareo de los primeros momentos.

Yo sigo sus pasos y escribo. La contemplo cuando pasa con ese movimiento singular, ligero, y de nuevo empiezo a trasladarla hasta el mundo de su fantasía literaria. Ya le queda poco por leer de aquel libro, se le humedecen los ojos con “El patito feo”, siente que es ella y cuando el pato se mira al estanque y se reconoce cisne, ella va y se mira en las claras aguas de su río pero nada cambia, el desaliño del pelo y el cuello zurcido de su vestido hacen que vuelva a mirar lejos, lejos, más allá de la arboleda desde donde ve ocultarse en ocasiones los 25 soldados del cuento “El soldadito de plomo”, y a este, derretido de amor por su bailarina.

Una tarde la voz del gigante de las cuatro voces infernales dejó de escucharse y, sin una razón clara, ella lo sintió y hasta lloró, pero ya nada le quitaría el temor a lo inesperado tras sus escapadas a Babilonia, tanto cuando se fugaba para oír las clases del profesor de literatura como para ir a la casa del pintor de las bailarinas de ballet, o para encerrarse a leer, cuando había tantas tareas por cumplir, o sencillamente, cuando marcaba las cinco posiciones numeradas de los pies que, según el libro del pintor y la aclaración de Marta, constituían las bases de casi todos los pasos posibles en el ballet. Ya nadie le gritaría, pero el miedo estaba ahí esperando el zarandeo o el regaño que aunque no volvió a escucharlo se le pegó en el pensamiento y hasta en la piel. 

La historia del hombre que escribió aquellos cuentos que leía y releía en el mundo que le inventé, le sustentaba la convicción de que aún podía llegar a bailar en un teatro de aquellos que la mujer del pintor disfrutaba mencionarle al ver su interés por el ballet, esa experiencia que a ninguna de las personas que conocía le interesaba. Ya pasaba la mayor parte del tiempo en aquella casa, ayudaba en los quehaceres, se alimentaba bien y sentía que ahí le obsequiaban el afecto y la comprensión ante sus gustos artísticos que nadie más entendía.

No pasó un año más y la madre, de quien por razón de su enfermedad siempre se esperó que partiera antes que el padre, siguió el camino de las flores silvestres y la marcha pobre y hasta rápida, por donde se había ausentado aquel. Sus nueve años y sus limitaciones por el lugar y la forma en que vivía, eran ya un freno para hacerse bailarina de ballet, pero antes que a Hans Christian Andersen y sin tener que escapar, le llegó el cariño y la ayuda de la mano del pintor y su esposa, que al regreso a la capital, convencieron a los tíos que habían venido a cuidarla y se la llevaron con ellos.

El esmirriado cuerpo, vestido con gracia y suavidad y el pelo recogido en un moño, dejaban ver su cuello de cisne y su mandíbula alzada. Ya no era el patito feo y, parada en la punta de los pies, logró mirarse al espejo de la habitación que le habían asignado, al fin se sintió cisne.

Cuando las relaciones del pintor de bailarinas, que aumentaron por la exposición en museos y teatros, y el retorno de Marta a su vida de bailarina la llevaron a aquellas clases, la maestra quedó asombrada por la forma en que se había incorporado al grupo, danzaba y sudaba hasta sentir aquellos vahídos y aquellas palpitaciones que a duras penas lograba disimular.

Hoy la ubico en el primer teatro donde bailará. Es el ballet de los muñecos. Una muñeca de trapo, con cara repintada y gorro sale en puntillas. A medida que avanza la obra todas las miradas van hacia ella, parece no tener huesos ya, sentada en el piso, sus piernas no responden, sus brazos buscan los pies, la mímica abarca la boca, los ojos y hasta leves movimientos de orejas la convierten en una muñeca mágica, queda sola en el escenario, porque no puede pararse, siente que la zarandean y sin saber de dónde viene la voz oye que le gritan: “Vamos, muévete. ¿Estás en Babilonia, o qué?” Esto la asusta y se para, pero no es eso lo que oye, son aplausos, aplausos largos que la hacen mover la cabeza hasta poner la barbilla sobre el pecho. El cierre de las cortinas la lleva al camerino donde cae desmayada por unos segundos.

“Es la emoción —comentan— ya se recupera, hizo mucho esfuerzo”.

El ascenso ha sido formidable, casi genial. Odette se destaca por la creatividad que incorpora a sus actuaciones. Tras cada presentación los aplausos le brindan merecido homenaje. Es acompañada por excelentes danzarines, las figuras principales del ballet estimulan sus progresos, en cambio es cada vez más modesta, más delicada.

Hoy la veo salir de los ensayos con otras compañeras, ahora pienso que Cupido la observa cuando sale hablando con Léster, ese bailarín que al igual que ella ha logrado destacarse y ha sido escogido para primer bailarín, vienen riendo y tomados de las manos. A Léster también lo atraen todas las artes y la literatura. Intercambia con Odette libros y es bien recibido en la casa del pintor que hasta ha logrado un cuadro donde los dos interpretan Las Sílfides con absoluta maestría.

Ahora, Odettte está en la puerta de la sala de ensayos, el bolso del vestuario cae de su hombro como una rama rota. Léster se ha ido en el carro del padre de Joanna, esa otra solista que lucha por opacarla desde que la vio llegar por primera vez como una mariposa temblona. Camina hasta su casa y sin tratar de ayudar en los quehaceres va a su habitación y se queda dormida. Algo la estremece y espera oír la voz del padre con su: “Oye despierta,  ¿de nuevo en Babilonia? ¿Eh?”

Pero no es la voz del padre, es Marta y no la sacude, la acaricia y le pregunta cariñosa.

“¿Es Léster? ¿Verdad?”

“¿Cómo sabes?”

“Lo sé desde que empezaron a andar juntos e intercambiar sobre las cosas que les gustaban, pero él tiene aspiraciones materiales diferentes inculcadas por sus padres. Sería una relación difícil si llegaran a enamorarse. No quisiera que sufrieras más de lo que sé que sufriste con los tuyos”.

Odette y Marta se abrazan. “No importa —dice Odette— Esto se me pasará”.

Odette ha vuelto a desmayarse después de una actuación. La veo hablando con un médico; ha ido sin que nadie lo sepa. Ya es toda una mujer que trabaja, se mantiene y ayuda. El médico está serio. La ausculta, la remite al cardiólogo.

“Tienes que hacer reposo —aconseja el cardiólogo ante el resultado de las pruebas y al entregarle el tratamiento a seguir— si no lo haces, tu vida peligra”.

Odette se debate entre pensamientos variados. Tiene que escoger entre el ballet y su vida y, sin comentar nada con nadie, escoge.

Joanna se prepara para bailar El lago de los cisnes y Lester será su bailarín acompañante. Ensayan y cada día se ven más felices, en los ojos de Joanna se refleja el poder y el triunfo y los derrama sobre Odette con su cascada de agua fría y maliciosa. Odette ensaya pero cada vez hace menos esfuerzo. Trata de cuidarse sin faltar a los ensayos, asediada por la mirada curiosa de los que la dirigen sin entender su cambio.

Ya faltan solo unas horas para que se abran las puertas del teatro donde bailarán Joanna y Léster, ella se prepara para verlos, el pintor y su esposa Marta la acompañarán. Su día ha sido gris aunque hay sol. No camina en línea recta, solo oscila, sabe que no podrá bailar ni ese ni ningún otro ballet, pero no dice nada, Marta piensa que sufre por lo de Léster y Joanna, por eso la estimula y le aconseja que descanse hasta la hora de salir. Ya Odette va a la cama, casi dormida siente sonar el teléfono y luego ve entrar a Marta agitada:

“Es para ti, parece que Joanna ha tenido problemas y te necesitan”.

Y allí la veo. Ensaya duramente. Ha tenido que sustituir a Joanna después de la caída donde parece haberse hecho un esguince. No ha dicho que no, incluso sus nuevos padres disfrutan que sea ella quien baile. Ella ensaya y Marta se incorpora al grupo que la dirige, vuelve a su vida pasada. Si se para, escucha la voz del acicate para que prosiga la tarea. Al sentir el calor de la mano de Léster cuando la levanta o la abraza, recibe soplos de aire nuevos. Sabe que podrá, que esta será una inyección de vida puesta por el amor.

Odette y Léster salen a teatro lleno, quiero que baile y triunfe. Mi pluma la obsequia con este ramo de rosas que pinto al lado de su nombre, su triunfo será el mío porque yo la creé y esta es mi gran oportunidad.  Yo quiero que el patito feo de nuestras vidas se vuelva cisne y la veo en el estanque: ella es un cisne y el ya no es Léster, es Sigfrido que viene a pedirle perdón por haberse dejado engañar por el malvado mago Rothbart que le hizo creer que su hija Joanna era Odette por lo cual le declaró amor eterno. Ahora  Léster es Sigfrido y trata de salvarla. El vals tiene matices mágicos.

Los enamorados ocupan el centro del lago y a su alrededor las demás jóvenes, convertidas por Rothbart en cisnes, bailan e intentan protegerlos. Léster, que ya es Sigfrido, ruega el perdón con las manos, los pies, los saltos, el entrecruzamiento cuatro veces de las piernas en el aire. La música es genial, ya Odette se sabe un verdadero Cisne, pasa a ser un ángel, y tras esos movimientos, el público se pone de pie y ovaciona. Léster mueve las piernas tras cada salto como poseído por algo divino. Odette siente que no puede, que se ahoga y ahí está la voz del padre: “Dale, muévete. ¿Estás en Babilonia o qué?” y se para, sacude las alas y danza, danza y los aplausos rompen el maleficio, pero el final es diferente, es otra versión de la obra, no se ven aparecer sobre el lago los espíritus de Odette y Sigfrido ya juntos para siempre. Solo se ve el espíritu de Odette, pero, Léster jamás olvidará que con ella bailó la mejor danza de su vida.
 

Carmen del Pilar Serrano Coello: Narradora y poeta cubana. Nació en Holguín. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Licenciada en Filología en la Universidad de Oriente. Fue miembro de la comisión Jóvenes Escritores de Oriente, Premio en el Concurso José María Heredia con el libro Por este medio. Mención en el concurso XX Aniversario con el libro Consecuencias, Premio Regino Boti en Poesías para niños y otros premios. Tiene inéditos el decimario No me quiten lo vivido, el libro de poesías para niños titulado Por el agua del sueño nada un pez, y con prólogo de Virgilio López Lemus y en proceso de edición por la editorial Letras Cubanas el poemario Un remo contra el agua.

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