Entrevista con Salomón Gadles Mikowsky

Las 16 noches de un primer encuentro

Rachel D. Rojas • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Para Salomón Gadles Mikowsky todo se remonta al hecho de haber nacido en Cuba, aunque tenga nombre de extranjero. Por esa razón, regresa a La Habana para celebrar el I Encuentro de Jóvenes Pianistas, del cual ha asumido la dirección artística, entre otras responsabilidades.

El prestigioso académico comenzó a estudiar piano como alumno del reconocido profesor cubano César Pérez Sentenat. Aun cuando desde 1955 reside en Nueva York, donde decidió permanecer luego de obtener una beca en el célebre conservatorio de artes escénicas Juilliard School, su trabajo siempre ha estado muy relacionado con la tierra donde nació.

Al concluir sus estudios en la afamada institución, fue nombrado profesor de piano en el nivel de preparatoria y, por aquellos años, también recorrió las aulas de la New York University y de la University of the Arts de Filadelfia. Después de una lesión neurológica que afectó su mano derecha, Mikowsky tuvo que abandonar la idea de una carrera como concertista y se encaminó hacia el universo académico. En ese ámbito, realizó una tesis doctoral sobre los orígenes y el desarrollo de la danza cubana del siglo XIX y sobre su figura cimera, Ignacio Cervantes. Un fragmento de esa tesis fue publicada en Cuba en 1988, por la editorial Letras Cubanas, bajo el título Ignacio Cervantes y la danza en Cuba. Con motivo de este I Encuentro, realizado en La Habana durante 16 noches, el libro ha sido reeditado por Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador.

El encuentro entre jóvenes músicos de diversas nacionalidades en la Isla ha sido el pretexto para buscar a Mikowsky y escuchar los detalles sobre el evento, y con ellos su propia historia.

¿Cuál es el objetivo fundamental que persigue este Encuentro de Jóvenes Pianistas?

Siempre he tenido interés por trabajar en Cuba, en mi patria. En el año 2000, me invitaron a ser miembro del jurado en el concurso Ignacio Cervantes. Como parte de aquel festival se ofreció un concierto de jóvenes pianistas que me impresionó muchísimo, por el grado de seriedad del trabajo que estaban haciendo los maestros en Cuba. Entonces, conocí al Historiador de la Ciudad y le propuse que hiciera una sala adecuada para que los estudiantes tuvieran un lugar donde realizar sus recitales de graduación y otras actividades. En aquel momento, me ofreció dos posibilidades, pero ninguno de los dos lugares era el idóneo. Cada vez que volvía a La Habana le preguntaba si había encontrado el local, pero no aparecía. Hasta que hace unos tres años me dijo que había encontrado el lugar perfecto. Se trata del antiguo Casino Español, que está en Prado y Ánimas. En la actualidad, es un Palacio de los matrimonios, pero en su tercera planta se encuentra la Sala Ignacio Cervantes, renovada maravillosamente.

Eusebio Leal me dijo que no necesitaba dinero alguno para la restauración, pero sí necesitaba un piano. Por esa razón compré un Steinway, cuyo proceso de envío, a causa del bloqueo, se convirtió en un verdadero dolor de cabeza. Lo intenté por Canadá, por México, por Alemania, incluso por China. Pero finalmente ya está aquí.

El otro propósito que perseguía era tener un festival en Cuba. He dirigido varias ediciones del International Piano Festival con mis alumnos, quienes han tocado en varias ciudades europeas. Pero quería hacer algo así aquí. Incluso, me hubiera gustado que fuera con la Orquesta Sinfónica Nacional. Eso todavía se está conversando… con buenas posibilidades para el futuro. Así que, por el momento, se decidió hacer el encuentro solo con recitales de piano, a través de la Oficina del Historiador y con la colaboración de diferentes entidades.

Nací frente al Capitolio Nacional. Y hubiera querido pensar que se construyó el Capitolio porque yo nací al frente, pero fue al revés: primero el Capitolio y luego mi nacimiento. Intento decir que soy muy cubano, que amo a mi Patria y que durante el resto de mi vida profesional quiero estar muy vinculado con Cuba. Quiero que mis alumnos vengan continuamente a tocar a la Isla y que compartan con los estudiantes de aquí, que representan a la escuela cubana de piano, que es muy valiosa y la respeto muchísimo. Quiero que haya compenetración y que aprendan unos de otros: eso me da mucha satisfacción. Mis alumnos saben que, a pesar de que algunos de ellos han tocado en las salas más importantes del mundo, los conciertos en La Habana son, para mí, los más importantes que ellos pudieran ofrecer.

Imagen: La Jiribilla

Tuve festivales durante 19 años en Tenerife, en Tarragona, en París, en China, etc.: hay muchísimos festivales en todas partes. Pero en Cuba, tener 16 noches seguidas con 11 pianistas internacionales y cinco pianistas cubanos es una oportunidad increíble, y quizá nunca se haya hecho antes. El problema está en que me hubiera gustado que participaran más estudiantes en los conciertos. Puede que la divulgación no haya llegado a todos. La prueba es que una tarde salí con mis estudiantes para enseñarles la ciudad y fuimos al Instituto Superior de Arte (ISA). Cuando le preguntamos a un grupo de alumnos de allí si sabían que se estaba realizando un encuentro de pianistas, no tenían ni idea. Eso me incomoda un poco, porque se ha hecho un esfuerzo muy grande y los que más se benefician de estos eventos son los estudiantes.

¿Qué criterios mediaron en la concepción del programa artístico?

Ahora que hemos conversado sobre la posibilidad de tener un segundo encuentro, yo haría una lista de otros 35 pianistas que han sido alumnos míos: de diferentes generaciones, con variedad de estilos y repertorios. Además, quiero dar la oportunidad a muchos que tienen el nivel necesario para ofrecer un buen concierto. Pero la asistencia tiene que ver con la disponibilidad de tiempo en el momento en que se realiza el evento. Algunos pudieron estar aquí para estas fechas y otros no.

En el caso de la participación cubana, estuvo Daniel Rodríguez que tocó hace unos días; lo conozco desde mi anterior visita a Cuba y lo considero un muchacho muy talentoso. A él le escuché, con la Orquesta Sinfónica Nacional, interpretar un concierto de Mozart. Tiempo después, escuché a Aldo López-Gavilán, en EE.UU., y fue impresionante. Él mismo recomendó a López-Nussa para hacer un concierto a cuatro manos. Y, además, está mi alumna, Willanny Darias, que es cubana también. Así que para el año que viene serán otros, porque la participación cubana está muy mediada por lo que me recomiendan, en tanto no estoy familiarizado con los jóvenes talentos que van creciendo aquí.

Los programas, en esta ocasión, fueron severos. En ciertos casos cambié una obra que le hubiera encantado al público por una más contemporánea, bien ácida y disonante, pero que creí importante para los estudiantes cubanos, porque es lo que se está componiendo en Europa y EE.UU. actualmente.

Hay un elemento negativo y es el hecho de que, por vivir en Nueva York, no tengo las partituras de lo que se está componiendo ahora en Cuba. Me he quedado en lo básico: Cervantes, Saumell, Lecuona, etc. Pero así y todo mi alumno ruso Alexandre Moutouzkine tocó una obra de Juan Piñera, que es un magnífico compositor; la misma Willanny tocó Momentum, de Tania León, una compositora cubana que está triunfando en EE.UU.; y he recibido partituras de Leo Brouwer. Lo más importante fue que mi alumna china, de 15 años, interpretó obras de Cervantes y de Lecuona. ¿Por qué quise que fuera ella y no una cubana, a quien la música le es natural? Porque a una china le es muy difícil comprender el ritmo cubano, la “sandunga”. Y el hecho es que ella va a tocar esa música también en Pekín y en otras partes de China. Así hacen otros alumnos míos, tocan esos temas por todo el mundo y, de esa manera, estamos ayudando a la promoción y el conocimiento de la mejor música cubana.

¿También por eso ha colaborado con la formación de músicos cubanos en EE.UU.?  

Como mi nombre es extranjero, pocos estudiantes pianistas que han viajado a EE.UU. han estado conscientes de que soy cubano. Entonces, han estudiado con diversos profesores. Por ese motivo, cuando vine a Cuba hace tres años, lo hice con el propósito de escuchar y de que me recomendaran a jóvenes pianistas que tuvieran el talento y la seriedad de trabajo necesaria. Me hablaron de Willanny, porque era muy estudiosa, y me dio una audición. Fue un trabajo inmenso lograr la visa norteamericana y la beca que necesitaba, pero todo salió bien. Y yo estoy muy contento de contar con una cubana entre mis estudiantes. Me imagino que hace varios años debo haber tenido algún cubano como estudiante, pero no lo recuerdo. Al menos, en los últimos 20 años, ella es la única.

¿Cómo ocurrió la restauración del piano que perteneció a Harold Gramates?

Imagen: La Jiribilla

No recuerdo si yo vi el estado en que estaba el piano. Me enteré del deterioro del instrumento a través del técnico que lo restauró. Él desempeña un excelente trabajo y necesitaba los materiales, así que se los envié desde Nueva York: las cuerdas, los martillos, etc. También hay ciertas piezas que no hace falta cambiar. Porque ese piano tiene quebrada la resonancia, que es una tabla ubicada por debajo, y está ligeramente curvada; es la que da la sonoridad al piano. Eso no se puede arreglar en Cuba. Para corregir esto tendría que enviarla a alguna ciudad donde se construya esa pieza. Pero no vale la pena, porque es un piano pequeño, y para su uso en la sala está muy bien. Los estudiantes ya están tocando allí.

Sí me parece muy importante la conservación de los grandes pianos, y por eso traje conmigo al mejor técnico de Nueva York, que ha hecho un informe de las condiciones en que se encuentran estos instrumentos. Se trata de Ludwig Tomescu, que es de origen rumano y trabajó por muchos años como técnico principal de la Steinway. También ha trabajado mucho en las grandes salas de concierto de Latinoamérica. Aquí laboró sobre los pianos; hizo todo lo que pudo en ellos sin reemplazar piezas: regularlos, mejorar la cuestión del sonido, etc. El reporte se envía a cada institución: la Orquesta Sinfónica Nacional tiene el reporte del estado de sus pianos, el Historiador de la Ciudad tiene el reporte del piano de la Basílica Menor de San Francisco de Asís, etc. Al menos, cada una de esas instituciones sabe ya lo que debe hacer con ellos.

¿Qué piensa de la reedición de su libro Ignacio Cervantes y la danza en Cuba, en la Isla?

Ese libro fue mi tesis doctoral en la Universidad de Columbia, en el año 1973, y estuvo dedicada a la danza cubana del siglo XIX, especialmente a Ignacio Cervantes. Luego, en 1988, se publicó un fragmento de esa investigación en Cuba y ahora se acaba de presentar la segunda edición con motivo de este encuentro.

Recién lo he estado mirando detenidamente, porque el ejemplar que me habían dado lo puse el primer día en la vitrina de la Sala Ignacio Cervantes. Pero estoy muy contento, porque tiene un diseño muy bueno. Aunque me he dado cuenta de que todo lo que contiene lo he olvidado. Ya no puedo imaginar cómo hice ese trabajo, porque fue una investigación muy larga. La búsqueda de fuentes de información y la organización de los materiales fue muy difícil. Y estoy contento porque, una vez que el trabajo está hecho, lo que más se quiere es que se publique y que se lea.

¿Cómo describiría a un buen pianista?

Primero que nada tiene que ser musical; pero, además, debe tener sensibilidad, personalidad y un equipo que pueda controlar y en el cual pueda reproducir sus intenciones. Cuando se siente en el piano debe realizar con sus dedos todo lo que se propone. Debe existir una estrecha relación entre el deseo de interpretar una obra de una manera y la posibilidad de hacerlo. Lo demás es una buena escuela y, sobre todo, ser sincero: tocar enfocado en la belleza de la música y no con la intención de ser aplaudido, no por el placer del aplauso fácil.

¿Qué le interesa en particular de la música cubana?

Primero que nada, y en general, me interesa porque nací frente al Capitolio, porque soy cubano, porque amo a mi Patria, y porque me interesa difundir su patrimonio musical. En particular, y desde el punto de vista de lo popular, el mundo entero baila la música cubana. Es una combinación ideal, que se debe a la parte de la historia cubana donde se mezclaron los colonizadores españoles con los indios taínos y los negros africanos.

Los negros hicieron una contribución rítmica increíble —los negros y los gitanos son las personas que tienen más ritmo en todo el mundo. Hay que ver a los niños gitanos en las cuevas españolas palmeando diferentes ritmos, que han aprendido por tradición, pero que muchos compositores clásicos han intentado escribir sin éxito. Muchos han dicho que son imposibles de escribir, que no se les puede encontrar un patrón—. Entonces, el elemento rítmico es básico. También está presente la melodía europea, la española, y en particular la italiana, que tuvo mucha influencia en Cuba con sus óperas. Y, por último, son importantes también los grandes talentos que han bailado, cantado y tocado esta música en todo el mundo, talentos que se han formado aquí.

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