Eduardo Torres Cuevas, director de la Biblioteca Nacional José Martí

Pensar la Bibliotecología con las luces
de nuestro tiempo

Paula Companioni • La Habana, Cuba

Cada 7 de junio se rinde tributo a una profesión singular, la del bibliotecario. Después de la primera persona que te entrega un libro, hay otra que puede abrirte, poco a poco, las páginas del conocimiento: un buen bibliotecario, cuando conoce su oficio, fomenta el hábito de lectura y guía los pasos de sus usuarios hacia la información buscada.

Desde 1950, se festeja el Día del Bibliotecario, como homenaje al natalicio de Antonio Bachiller y Morales, uno de los más destacados intelectuales de la Isla, considerado el padre de esta profesión. En la actualidad, la vorágine tecnológica supone para las Ciencias de la Información cubana el reto de actualizar el know how de los bibliotecólogos y la infraestructura de sus servicios.

Tomando como pretexto esta fecha, el Dr. Eduardo Torres Cuevas, Premio Nacional Ciencias Sociales (2000) y Premio Nacional de Historia (2005) y actual director de la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM), reflexiona en torno a los actuales retos de la bibliografía cubana.

¿Cómo se forma un bibliotecario?

Existe una carrera que forma a los bibliotecólogos: Ciencias de la Información. En estos tiempos, está sufriendo profundas modificaciones relacionadas con el campo de la formación, de la información y de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs). Pero un título universitario no capacita para nada, es el punto de partida para ejercer la profesión. Los bibliotecarios no están exentos de esta realidad.

En el caso particular de Cuba, hay una larga tradición bibliotecaria. Nuestras bibliotecas públicas tienen su origen en la fundación de la Biblioteca de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, en 1828; en la biblioteca creada por la Sociedad Económica de Amigos del País, a fines del siglo XVIII; y en la biblioteca pública de Matanzas, fundada en 1835 por dos de los más importantes intelectuales de esa época: Domingo del Monte y Tomás Gener. Esto hace que la tradición del oficio bibliotecario en Cuba no solo tenga siglos, sino también un alto nivel de especialización.

Cuando se creó la Biblioteca Nacional, en 1901, su primer director, Domingo Figuerola Canela, era un bibliotecario que se había formado en Francia, donde recibió la Legión de Honor por su destacada labor. Él fue muy exigente en la formación de la institución. Nuestras primeras bibliotecas estuvieron a la altura de su tiempo. Eso es lo que heredaron los bibliotecarios cubanos. La BNJM es depositaria del legado bibliográfico cubano, por tanto, debemos preservar todo lo que tiene que ver con la cultura. Todas las salas deben estar actualizadas con lo último que se haya desarrollado en ese terreno.

La formación debe tener en cuenta esa tradición y debe estar a la altura de lo que exige su época. La universidad de un bibliotecario tiene que inculcar la cultura histórica bibliotecológica cubana sin perder de vista que es la fuente de información más importante para los estudiantes, profesores e investigadores. Nuestros tiempos exigen la informatización, el uso de Internet y cubrir todos los espacios de la sociedad.

Nos enfrentamos a la revolución digital y tecnológica desde todos los ámbitos de la sociedad, y las dos exigencias más importantes parten del principio de colocar la mayor calidad de información para que llegue a todos y que el servicio esté a la altura de las necesidades de los usuarios. La formación de nuestros especialistas afronta esos dos retos. Además, los jóvenes deben reorganizar la BNJM.

¿Cuál sería el papel de este “nuevo bibliotecario” como agente cultural?

Primero, hay que plantearse cuál es el papel de las bibliotecas públicas. Estas son las facilitadoras de la información primaria con la que trabaja todo el mundo, porque en ellas se reúnen los libros, folletos, periódicos y revistas para consultar. En este escenario, el bibliotecario desempeña un rol fundamental: crear una institución que facilite la recepción de la información.

En segundo lugar: potenciar la capacidad de propagar esa información y desarrollar un ejercicio que permita tener al máximo los servicios de la biblioteca. La institución no se limita a su espacio físico, es también aquello que se puede consultar a través de los sistemas de gestión de información. Ese es el reto.

El bibliotecario, en primera instancia, debe manejar la información primaria y dar a todos el conocimiento desde el cual se desarrolla el saber. Es un agente cultural que debe salvar, promover, divulgar y atraer hacia nuestra cultura.

La BNJM funciona como centro de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, ¿cómo articula esta labor con el rol cultural del bibliotecario?

Es preciso ser absolutamente honestos para abordar este tema: la BNJM orienta metodológicamente al resto de las bibliotecas cubanas; pero es solo eso, una orientación metodológica. Esta institución desarrolla una función administrativa, toda vez que organiza y orienta al resto del país.

Las bibliotecas cubanas han hecho un esfuerzo que no ha sido parejo, y varía de una provincia a otra. Hay lugares en los que se le da prioridad y otros en los que parece ser un almacén de libros mal cuidados. Eso depende de la sensibilidad hacia el conocimiento que se tenga. Hay que sensibilizar para que la biblioteca cumpla su papel.

Debemos, también, conquistar los espacios de Intranet e Internet. Puedes tener almacenadas una infinidad de fuentes de información, pero si la Red tiene un ancho de banda que no es capaz de cubrir las necesidades básicas del sistema, no podemos resolver el problema de que llegue a todos los lugares del país. El Sistema Nacional de Bibliotecas debe estar conectado e intercomunicado con un punto central en la BNJM que permita, en Baracoa por ejemplo, consultar las fuentes que tenemos aquí. En espacios pequeños, no se puede almacenar la misma cantidad de información en papel que en soporte digital. Por eso, cuando la Red Nacional de Bibliotecas Públicas pueda poner al alcance de sus usuarios la información que atesoramos en la capital, habremos resuelto un gran problema.

¿Y cómo se ha enfrentado este problema desde la restauración realizada en la BNJM?

Con grandes éxitos en el ordenamiento de sus fuentes, en el desarrollo administrativo, en el desarrollo de una Ley de Bibliotecas Públicas que reglamenta y norma la actividad a lo largo del país. Pero, al mismo tiempo, hoy tenemos más retos.

Cuando se inició todo el proyecto de restauración, nosotros estábamos —según las normas internacionales ISO— a un 17 porciento de las potencialidades con que debe contar una biblioteca nacional. Habíamos quebrado el sistema hidrosanitario, no teníamos sistema de detección y extinción de incendios, los mármoles del edificio estaban muy deteriorados, no teníamos los montalibros que permiten dar el servicio a los usuarios, los elevadores no funcionaban, en los 17 pisos en los cuales se almacenan los materiales, había desorganización. En fin, la situación era bastante precaria.

Era preciso cubrir necesidades que, de no hacerlo, nos podían dejar en la “Edad de piedra”. Para esto desarrollamos un estudio y estructuramos cuatro grupos de trabajo: uno que tuvo que ver con las leyes y normativas vinculadas con la Biblioteca Nacional y que llevaron a la creación, por primera vez, de una Ley de Bibliotecas en el país; una modernización de la Ley del Depósito Legal —que establece que todo lo publicado en Cuba debe ser depositado aquí en tres ejemplares—; y, además, se creó todo el reglamento para el funcionamiento de las bibliotecas públicas y el desarrollo de colecciones.

La segunda línea de acción estuvo vinculada con la restauración física de la biblioteca. Se instalaron tres elevadores, cuatro montalibros... Se recuperaron todos los mármoles de la biblioteca, se renovó toda la red hidrosanitaria, se desarrolló la red eléctrica. Se ideó la Biblioteca Parque —algo totalmente nuevo para nosotros.

La tercera línea de acción era la más compleja y complicada, pero es de la que menos se habla y la que menos se ve: durante dos años los bibliotecarios estuvieron en esta torre de 16 pisos recatalogando, recolocando y completando todas nuestras colecciones. Tenemos dos colecciones fundamentales, porque el sentido de una Biblioteca Nacional no es ser pública, sino preservar el patrimonio nacional. Pero también somos biblioteca pública, porque en el municipio Plaza no hay. Conocer nuestro fondo nos permitió que el servicio que se brinda sea menos negativo que antes.

Tenemos otro problema bastante complicado: cómo nos actualizamos. Hay que investigar para saber qué necesita la biblioteca pública, porque nuestro espacio es limitado y no podemos tener aquí todo lo que se publica en el mundo. Conformamos una selección que no tiene que ver con ideologías políticas, sino que es cultural porque refleja el modo de hacer y pensar de un pueblo.

La cuarta línea de acción ha sido dotar a la BNJM de las condiciones para tener una mediateca para la consulta en soporte digital de toda la información, y crear una red nacional con las bibliotecas públicas que permita el acceso a las fuentes de información primaria y a todo el servicio del país. Esto puede considerarse un sueño, pero yo sigo afirmando que Cuba siempre será el sueño de lo posible.

¿Estas nuevas ofertas, restauraciones y asunciones de las TICs suponen un cambio de mentalidad para la profesión?

Es tan sencillo como que o pensamos con nuestro tiempo, o nos hundimos. Si queremos colocar a Cuba donde se merece, estamos obligados a pensar con las estructuras mentales y las tecnologías de nuestro tiempo. Cuando hablo de pensar, estoy hablando de pensar para crear, para preservar nuestras tradiciones y nuestra historia de verdad.

Cuba, a pesar de ser un país tan pequeño, tiene una cultura muy amplia en lo literario, en lo musical, en la plástica… hasta en la forma en que el cubano logra interiorizar su cultura callejera y cotidiana. Es decir, tenemos una cultura privilegiada y ella está registrada en el edificio de la BNJM y en todas las bibliotecas públicas de la Isla.

No vamos a decir a nadie que hemos logrado el paraíso, nosotros resolvimos un problemita y tenemos un gran problema por delante a resolver.

¿Con cuáles retos celebran los bibliotecarios su día?

Lo hecho, hecho está, pero nuestro problema es lo que falta por hacer. Y lo que falta es llevar a la BNJM y al sistema nacional de bibliotecas públicas a la función que le exige el mundo contemporáneo.

Nos felicitamos por todo lo logrado, pero debemos concientizar que esto no es nada al lado de lo que tenemos que lograr. El Día del Bibliotecario podemos festejarlo gracias al trabajo y el esfuerzo de todos los que han laborado en la BNJM, pues han desarrollado su labor en condiciones a veces muy difíciles, pero nos han ayudado a llegar hoy hasta aquí. Vamos a homenajear a quienes más tiempo llevan en el oficio, pero queremos incentivar a los jóvenes. Porque quienes llevan más de 50 años trabajando aquí llegaron con 20, y se enamoraron de la Biblioteca; hoy viven más en ella que fuera. Eso lo consigue el amor.

Después de estudiar, de adquirir todo el conocimiento, o te enamoras de tu biblioteca o no eres bibliotecario. Podrás ser muy buen técnico, pero para la preservación y conservación que lleva este trabajo tiene que sentir amor, como para limpiar el libro cuando está un poquito sucio.

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