LITERATURA

Acerca de Arístides Vega Chapú

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962)  es un ser complejo, hermoso y rebelde. Su complejidad está dada por las múltiples aptitudes que parecen infinitas porque todo lo despliega con nivel parejo, sin que nada quede al descuido a pesar de que así quiere él que parezca, cual improvisaciones espontáneas. Cuando lo escuchamos en la radio, o leemos sus respuestas a una entrevista, cuando promociona alguna actividad cultural, o protesta por alguna  torpeza; cuando nos convoca a confesar públicamente algo que llevábamos años tratando de ocultar, y nos provoca parejamente deseos de estrangularlo y de adorarlo, no queda más remedio que reconocerle la versatilidad de su poderoso talento comunicativo. Hermoso es Arístides, no solo por la claridad de sus enigmáticos ojos, sino por la transparencia de su pensamiento, y rebelde ha sido toda la vida, con esa lengua insobornable suya que todos admiramos.

Si se tiene en cuenta el número de veces que dediqué mi columna de Cubaliteraria a este querido santaclareño, se comprenderá lo difícil que me resultó hallar una arista, un filón del cual no me hubiera ocupado ya, en aras de no repetirme. Estudié nuevamente la obra de Arístides, volví a reír y a llorar con sus libros, una vez más lo recordé en sus espacios abiertos increpando con dulzura al invitado o invitada de turno, y regresó a mí la imagen de la primera vez que lo vi frente a frente. Permítanme el pequeño placer de evocar ese momento: Era de noche y no llovía, ni el sol rajaba ninguna piedra ni había maripositas chinas ni de primavera. Se había anunciado un recital de poemas en el patio aún sin reparar de la UNEAC de Santa Clara, y acudí siguiendo los pasos de Yamil, cuyos versos siempre me han estremecido. Recuerdo que entre el grupo de poetas que leía, había uno con ojos de gato que no prestaba la más mínima atención al acto que ya iba más o menos por la mitad. Por mi búsqueda subconsciente de todo lo que genere humor, me fijé en ese muchacho ojiclaro cuya irreverencia no resultaba ofensiva, sino graciosamente infantil. Empezó a leer unos versos seguramente buenos, aunque no recuerdo ni una letra de su lectura, ya que su  torpeza al pasar las páginas del periódico donde estaba impreso su poemario acaparaba toda mi atención, recordándome un acto digno de Buster Keaton. Luego de unos instantes en los que se desperdigó por el suelo el periódico, se le cayeron los espejuelos al poeta, la luz parpadeó y la luna lanzó un guiño en el firmamento, el poeta dijo alto y claro: “No puedo continuar leyendo porque ni yo mismo entiendo qué dice aquí”. 

Absolutamente conquistada, pregunté el nombre de la persona que acababa de descubrir como un rostro en la muchedumbre y, desde entonces, no ceso de sufrir asombro tras asombro por las intempestivas salidas de ya sabemos quién. Pues bien, buscando, como ya dije, algo nuevo que decir sobre nuestro invitado, arribé al complaciente descubrimiento de cuán cercano está este artista de la madre natura, de los orígenes más antiguos y sagrados del universo. Bastaría con reparar en sus títulos para comprobar su respetuoso amor hacia lo natural: Desde los ya conocidos Soñar el mar y Te regalo el cielo (una de mis lecturas favoritas, he de añadir) hasta los aún inéditos Las nubes sobre el cielo y Doce plantas bajo el sol. Sin embargo, no se trata de un caprichoso método al momento de seleccionar las palabras que primero se enfrentan al público lector, sino de un sincero homenaje a los elementos primitivos. En el libro para adultos Doce plantas bajo el sol, aún sin publicar, este autor construye un esqueleto con forma de edificio, donde sus habitantes sufren la tentación de quitarse la vida lanzándose al vacío, o de preservarla mascullando sus infortunios. En cualquier caso, el sol cobija y da luz a los 12 pisos del gran inmueble donde cada familia, cada núcleo minúsculo de la sociedad refleja, como los rayos del astro, la luminosidad de la vida con todas sus mataduras implícitas.

Soñar el mar, por su parte, es la ilusión obsesiva de un niño enfermo, cuyo padecimiento jamás se menciona. Forma parte, a mi juicio, de lo mejor de la creatividad de Vega Chapú. Aunque sus otros libros para adultos propiamente dichos (Un día más allá y esa novela increíble que acaba de publicarse, Steinway and sons, cuya lectura debo a nuestras comunicaciones internáuticas) pueden considerarse muy buenos, es en la literatura para jóvenes donde este autor alcanza vuelos realmente elevadísimos.

El protagonista de mi preferido Te regalo el cielo, realiza una constante evaluación a la galaxia adulta. Arístides, como si hubiera intuido alguna vez que no llegaría a la edad que ya tiene, y por tanto jamás sería juzgado, dedica fuertes análisis conductuales donde los mayores quedamos situados al nivel subterráneo de un manto freático, para seguir en la cuerda de amar a la naturaleza. Hasta parece que lo hace a propósito el muy desalmado, tomándose demasiado a pecho aquello de que debemos conservar algo de la niñez dentro de nosotros. Podrían ser niños más condescendientes hacia los padres, digo yo, y no los diablillos iconoclastas que él inventa y que fustigan a los mayores sin un ápice de piedad. Para demostrar dicha aseveración, me permito confeccionar un listado de las críticas más implacables, realizadas por los dos niños deliciosos de Soñar el mar y de Te regalo el cielo.

Veamos. Según las criaturas ya mencionadas:

“A los adultos se les entiende muy poco y no hay nada que los complazca más que prohibir.”

“La paciencia es algo que no suelen tener los adultos a su favor.”

“Mamá y papá se molestan el uno al otro; es su manera de tenerse en cuenta y es de las pocas cosas que algunos adultos conservan de la infancia.”

“Las personas mayores no sueñan y son muy contradictorias. No es muy común que confiesen que quieren ser niños. A las personas adultas solo les está permitido comportarse como adultos.”

“No hay nada más complejo que el mundo de los adultos. Para tener algo tan importante como un oficio hay que ser un adulto. Es el precio que se paga por dejar de ser un niño.”

“Las personas adultas por lo general no toleran escuchar la verdad en boca de un niño; se creen dueños de ella y la mayoría le gusta padecer de alguna enfermedad para tener siempre tema de conversación y poderse quejar constantemente y justificar sus deficiencias e incapacidades.”

Visto de ese modo el mundo post infancia, solo cabe preguntarse de dónde sacó el autor la peregrina idea de que no sería evaluado de forma similar, ya que es sabido que la juventud es una dolencia que solo se cura con el tiempo. Y es entonces cuando nos percatamos de que la clave de este enigma existencial consiste en el hecho del comportamiento infantil de nuestro invitado. No me refiero a conductas pueriles ni mucho menos a manierismos aniñados, sino al alma buena de los niños, que contra viento y marea conserva este poeta de ojos color de invierno. Este niño-hombre nos mira siempre azorado ante nuestra perplejidad, porque no acaba de hacernos entender que se tenga la edad que se tenga, cabe la posibilidad de seguir soñando con el mar viviendo 12 pisos bajo el sol, regalar como si fueran suyas, las nubes del día más allá, y al mismo tiempo pararse en una tribuna si no está de acuerdo con los aranceles tributarios, con una biblioteca desmantelada o con el cese de ciertos premios literarios. Su particular y tierna visión del mundo, muy diferente a la amarga que suele caracterizar a la mayoría de quienes ya cargan en  su costillar con más de cinco décadas de existencia, nos alecciona, nos alimenta. Gracias, amigo, gracias por tu honestidad, gracias por adentrarte en el mundo de los niños y las niñas que hace tiempo dejamos de ser, por enseñarnos el disfrute de todo lo hermoso que nos rodea y por seguir creyendo que a través del beso —por supuesto entre dos que aún crean en el amor— , 102 estrellas puedan desprenderse del rojizo cielo diez jornadas antes del último día del año.

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