El escultor francés y la italiana sonora

Jorge Ángel Pérez • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla
 

Siempre tuve ganas de escribir un relato centrado en la figura de Zambinella, especular sobre su vida tras la muerte que decidiera para Sarrasine el cardenal Cicognara, y llevarla hasta el momento en que esa existencia se cruza con la de sus parientes, los habitantes de la casa Lanty, exactamente hasta los instantes de aquella fiesta en la que un hombre y una mujer se preguntan por los orígenes de la fortuna de los anfitriones de esa celebración a la que califican de un lujo insolente. Intentaría inventar respuestas para las preguntas que se hacen esos personajes, y que tienen que ver con los orígenes del dinero que les permitió a los Lanty comprar un palacio excesivo al mariscal Carigliano, quizá el mismo que organizaba fiestas, también llenas de esplendor, y a las que asistía Eugenio de Rastignac para encontrarse con una de las hijas de Goriot. Ese es sin lugar a duda el punto de conexión entre las dos partes muy bien delimitadas del relato: parisina una, romana la otra. Dedicaría cada fragmento de la narración a Zambinella, a la vida de esos años que no tocó Balzac, al tiempo en que de seguro comenzó a encogerse, a perder la redondez de sus hombros, aquellos en que su voz no fue virtuosa y abandonó los teatros y las fiestas italianas, cuando le fueron retiradas las protecciones y los galanteos, todo cuanto pasó antes de que llegara a París. Nada de eso cuenta Balzac, pero es muy probable que muchos de sus lectores se pregunten por los sucesos no contados. Obviar esa zona de la vida de la cantante, despertar la curiosidad del lector, podía resultar otra de las bondades de esta pieza. Al autor nunca le interesó ese lapso en el transcurrir de su Zambinella, no le hacía falta a su relato, sin embargo en mí despertó una curiosidad enorme, quería escribir sobre ellos; y quede claro que no intentaba completar lo completísimo. Sucedía que la lectura del francés me provocaba la escritura de otra pieza dependiente completamente de la suya, pero jamás hice el intento de meterme en esa parte de la historia, nunca especulé con lo no contado. No creo que podría escribirla desde La Habana. Quizá una futura temporada en París despierte mis deseos, que esa ciudad me ofrezca elementos que no consigo en la que vivo. Sería maravilloso que pudiera escribirlo hospedado en el mismísimo espacio en que lo trazó Balzac. Se dice que un recurso idéntico sirvió a Picasso para conseguir las ilustraciones aparecidas en la edición que preparó Ambroise Vollard de La obra maestra desconocida; el español se fue a vivir a la rue des Grands Augustins en París, donde antes viviera Francisco Porbus, a quien Honorato convirtiera en uno de los personajes de esa pieza maestra que ya publicó esta colección. Yo quería celebrar esta edición, hacer homenaje a Balzac. Antes había coqueteado con el autor. En mis novelas aparecían referidos algunos personajes suyos que se enredaban con los míos, pero eso no bastaba. Pretendía otro cumplido, y no podía hacer lo que aquella famosa actriz nombrada Ruth Elizabeth Davis, que prescindió de su nombre compuesto para nombrarse simplemente Bette en honor a Balzac, a ese gran personaje que es la protagonista de La prima Bette, pero no sería prudente a estas alturas cambiarme el nombre, mucho menos por el de Bette, que no compagina muy bien con Pérez. Mejor hacer otras cortesías al autor de Las ilusiones perdidas. Así que dispuesto a conseguir unas cuartillas que celebraran la aparición de este título, decidí emborronar unas cuartillas para presentar Sarrasine, por primera vez al lector cubano, tras ciento ochenta y dos años de que fuera escrito en París. El texto debía aparecer en forma de epílogo. Así que me puse a pensar en las bondades de ese proceder, que son muchas. Lo veía como una secuela de la lectura, de la misma escritura que lo antecede, una especie de conversación con un lector disciplinado que visitara esas páginas a continuación del relato. Nunca habría intentado para esta excelente pieza un prólogo, ese tipo de discurso tiene un tono más académico, y pretende advertir al lector, lo guía en su lectura. El prólogo es señorial, el epílogo solariego, en el sentido habanero, por supuesto. Eso haría, conversar con el lector que acaba de dar fin a la lectura de esta obra. En ese intento, recordé mi entusiasmo tras la primera lectura de Sarrasine, y el de unos años después, y también el de ahora. Por esos ímpetus sucesivos y leyendo cada página de las pruebas últimas, las que en breve entrarían a la imprenta, me decidí  a comenzar la escritura, pero sucedió, porque soy algo displicente, que muy pronto estuve dispuesto a guardar esos aplausos para el bicentenario. A fin de cuentas, y acostumbrados como estamos a esas conmemoraciones a las que llaman cerradas, sería de mejor gusto esperar un poco, y supuse un 2030 muy elegante, bien sarrasiniano, pleno en exaltadas ceremonias: lectores, editores y académicos, de manos juntas en los cortejos y anunciando bellos tomitos recién salidos de las prensas, expuestos en todos los idiomas e ilustrados con obras de Picasso, de Mabuse, de Francisco Porbus, y hasta algún dibujo de Frenhofer. Faltaban 18 añitos solamente, una bicoca, porque si 20 no son nada, 18 mucho menos. Yo podía esperar. Debía esperar. Así pensando, aplaudí, en aguardo del buen momento, del más propicio y preciso, pero me asistió el mal; y no hablo de ese que para los imperturbables no es tan infernal porque resulta necesario para conseguir el orden, es decir el bien. Hablo de uno que es insoportable y que corroe, que angustia y desespera: la enfermedad.

Pensando yo en Balzac, en Sarrasine, se enfermó mi estómago; el bien y su contrario se disputaban cada pedacito de mi esófago, de la laringe, de toda la barriga; luego un divino traía un poquito de sosiego pero su hostil metía el desorden, la confusión, el eco de mis tripas. Terminé retorciéndome en la cama, sin que dejara de pensar en Balzac, era imposible dejar de hacerlo, y cada cosa me acercaba más a él. Para justificar la gula tras el regaño de los amigos, bauticé a esa avaricia de la mesa como mismo hacía el autor de El primo Pons: el pecado de los monjes virtuosos. Fue el apetito desmedido quien me abrió los brazos y yo me eché en ellos, pero no pude acompañar el placer de la mesa, como hacía Pons, con exquisitos platos de la cocina francesa. Mi gula fue derrochada con papa y huevo, y por eso mi enfermedad fue más estruendosa. Pensé entonces que el final podía estar a la vuelta de la esquina, que en breve tocaría a mi puerta y yo no había escrito ni una línea para celebrar esa obra breve y grande. Me imagine muerto antes de que se celebraran los doscientos años, y arreciaron las molestias, los dolores. Recordé cuanto sabía acerca de los días postreros del francés; el peritoneo inflamado, y exaltadísimo Honorato, mirando a la puerta, haciendo reclamos. Parecía esperar, en medio del delirio y la fiebre, a que en cualquier momento aparecerían sus más amadas: la señora de Berny, la marquesa de Castries, y también Zulma Carrand, y Evelina Hanska; todas llegarían en la misma fracción de tiempo, y nada importaba que aparecieran juntas si el estaba en los umbrales de la muerte, suspirando por ellas, como Goriot por sus hijas Delfina y Anastasia. Honorato estaba en las últimas y yo grité fuerte, para ser escuchado en todas partes y recibir auxilio, más que grito fue alarido. No pronuncié Sofía, que así se llama la médica a quien molesto con frecuencia. Voceé el nombre de Bianchon; aseguré a mi madre que solo él podía salvarme, exigí su aparición. Entonces tuve una certeza; mi curación no vendría tras las quejas ni después de andar pidiéndole al mismo galeno que inventó Balzac. Mi mejoría iba a venir si me sentaba de una vez frente a la máquina, y escribía un texto para colocarlo al final del tomito de pronta aparición, ya lo había prometido y me esperaban. No quería morir exhibiendo una panza inflamada y con tantísimos menos libros que Honorato. No quería la muerte todavía, no sin escribir el homenaje, pero aún más porque sería imposible que emularan mis funerales con los suyos. No iba a estar Victor Hugo discurseando y conmovido ante mi cadáver, y mucho menos un Rodin mirando la losa fría donde esculpir mi busto. Jamás me acompañarían Berlioz, Saint-Beuve y Alejandro Dumas. Cerca de mi morada definitiva no estarían Abelardo y Eloisa ni Apollinaire ni Sarah Bernhardt ni Colette ni Alphonse Daudet ni David ni Delacroix. No todos tienen la suerte de estar muertos y en buenas compañías.

Comencé al fin, y continué luego, como ya pudieron advertir; disociado por la grandeza de aquel hombre, pensando en las cosas que de él sabía, que resultaron no ser pocas, pero hice de todo por apartarlas, aunque no se note. Resulta difícil no mirar su vasta vida. Intentaré centrarme en Sarrasine, que apareció publicado por primera vez en la La Revue de París, el día 21 de noviembre de 1830, unos días después de que Balzac terminara su escritura, y también el día 28; en ambas ocasiones en forma de folletín. Un año más tarde apareció formando parte de los Cuentos filosóficos. Para 1835 ya era incluido en las Escenas de la vida parisiense, quedando eternamente en La comedia humana. Este viajeteo de sus relatos; primero en una colección, luego en otra y en compañías diferentes, tiene que ver con la inconformidad de su autor, siempre corrigiendo, restando, añadiendo, incluso cuando ya estaban en la imprenta. ¿A quién le extrañará una actitud semejante? Únicamente al que no conozca La obra maestra desconocida. Al parecer los editores e impresores en el siglo diecinueve eran más tolerantes que los que habitan estos días, y no se opusieron a los caprichos del escritor. ¿Podrían hacerlo? Imagine la perreta de los impresores que lidiaron con Balzac y descubrirá quién llevaba la ventaja, sobre todo si pensamos en la cantidad de lectores que ganaba cada día. Otra de las causas de esos cambios tuvo que ver con el bolsillo del autor, que aunque ganara mucho, gastaba más, y eso lo hacía mover los cuentos, en ocasiones sin mucho fundamento, quizá para dar más volumen a un nuevo tomo y exigir mejores dividendos. Podíamos suponer una discusión de última hora entre el genio y sus editores, a fin de cuenta, entre tantas cosas, y para ganar su sustento, también fue impresor, lo que le permitiría un discurso convincente y dejaba a sus editores sin pretextos. Finalmente encontró asiento definitivo, y parece que era más justo pertenecer a esas escenas de París que a los cuentos filosóficos, aunque a decir verdad, Sarrasine podía ser también un relato de escenas muy romanas. Ese texto, como ya advertimos al inicio, está dividido en dos partes, una que se desarrolla en el Paris más elegante, la primera; la otra transcurre en Roma. Ambas con la misma extensión, al menos en la edición que ahora presentamos, pero el relato más central, el que implica a Sarrasine el escultor y a la cantante Zambinella, transcurre en Roma. Llegó el protagonista a esa ciudad en 1758. Pretendía ver en la patria de las artes cada estatua, todos los cuadros. Luego visitará el Teatro de Argentina. Fue Rousseau, durante una velada en casa del barón de Holbach, quien le recomendó ir a escuchar esa música llena de delicias. ¿Y por qué Rousseau? Para aconsejar a Sarrasine, Balzac no inventa un personaje, escoge a un hombre de verdad, a un filósofo, y además músico. No va a escuchar el canto tras la recomendación de un desconocido, supone que será mejor legitimar la visita de Sarrasine al teatro después de la sugerencia del autor de Julia, o la nueva Eloísa, a quien admira a pesar de ser un revolucionario antimonárquico, y quien además tenía profundos conocimientos sobre música, incluso de la italiana. La velada donde se encuentran el filósofo cierto y el escultor creado por la imaginación, se desarrolla nada más y nada menos que en la casa de un barón que escribiera un libro muy polémico donde se expone una concepción del mundo materialista y atea. Y como si fuera poco, el narrador nos advierte que Sarrasine fue alumno del famoso artista Bouchardon, quien esculpiera, sin llegar a buen fin, una estatua ecuestre de Luis XV. Llegaremos al conocimiento del personaje protagónico a través de las abundantes descripciones del autor, pero también por los juicios de Diderot, quien considerara una de sus esculturas como una obra maestra, ¿desconocida? Este procedimiento es común en Balzac, su genio hace aparecer la realidad, a personajes de verdad, históricos por demás, e importantísimos. La realidad está ahí, en un gran cuadro lleno de personajes y circunstancias de la vida y él la atraviesa con su imaginación, con la misma que la subvierte. Debe ser por ello que Louis Lambert, personaje que lo retrata, asegura que nadie sabe los sufrimientos que le causa su imaginación, y yo acotaría: y los placeres. Honorato nos pinta a sus personajes, auxiliado muchas veces por los objetos que atesoran, apoyado en las casas donde viven, en las ropas que los cubren. Esas cosas son mucho más de lo que vemos. Un collar no resalta únicamente una belleza previa, un collar es testimonio de muchas cosas. El laberinto de escaleras que lleva a Sarrasine hasta Zambinella por primera vez, es anticipo de lo que ocurrirá más tarde, igual sucede con las múltiples habitaciones mal iluminadas para llegar luego a la luz más exaltada, donde detalla las botellas, los manjares. Susan Sontang me hizo saber, después de que alguna lectura se lo advirtiera a ella, que Balzac temía al daguerrotipo porque el procedimiento fotográfico era una materialización de lo que resulta más original en su procedimiento novelístico, y también apunta está mujer, que el espíritu de todo un medio social podía revelarse mediante un único detalle material. Toda una vida, dice, puede ser sintetizada en una aparición momentánea. Yo creo reciamente en la importancia de esos detallitos. Balzac sabía muy bien esto. No por gusto, al final del relato romano, uno de esos dos personajes que han estado cuestionando la fortuna de la familia y la relación de esta con aquel viejo moribundo, feo y enigmático, le asegura a su compañera que ese anciano es el modelo que sirvió al escultor para una estatua que rescató Cicognara y que fue encontrada luego en Albani y fue copiada por Vien. Ese retrato último servirá más tarde a Girodet para conseguir su Endimion. Esos pequeños y tremendos detalles sirven para robustecer la historia central. Unas simples chinelas, que descubren la belleza del pie de la cantante, y que erotizan al protagonista, sirve al narrador para juzgar a una iglesia corruptísima, sin que todavía nos hallamos enterado de que el Cardenal Cicognara es el protector del castrado Zambinella.

Por suerte usted no está leyendo un prólogo, y a estas alturas ya se enteró de todo cuanto ocurre en esa historia. Ya el misterio fue develado y conoció del amor de Sarrasine, un escultor maduro y feo, hacia aquella cantante que es aquel. En estas páginas es tratada  la pasión que arrebata a un hombre de bien por otro hombre. El primero de ellos, el macho tradicional, el hombre fuerte e independiente, pierde la cabeza cuando conoce a un castrado ataviado de manera que parece una mujer. Zambinella es uno de esos engendros que usó en sus coros la iglesia, la misma que prohibiera que en los estados vaticanos cantaran las mujeres. Esos hombres, que ya no podrán cumplir con el deber de procrear, vocalizan en los templos católicos de Roma. Y no olvidemos que de esos dos hombres, el primero, de quien dijimos que era fuerte e independiente, está legitimado por Holbach, por Diderot, e incluso por un Rousseau muy reputado, el mismo Juan Jacobo que cuenta en sus Confesiones, cierta aventurilla. Sucedió que un moro, tras prodigarle algunas caricias y besos cálidos, le propuso que durmieran juntos; lo rechazó el filósofo porque su cama era muy estrecha, y porque no le gustaba del moro aquel olor a tabaco mascado. Mucho más revelador sería el desenlace, pero es demasiado largo de contar. Importante es que sea Rousseau quien le recomiende ir a escuchar esa música, esas voces. No tengo noticias de que Balzac leyera esas confesiones, pero cómo pensar que nos las leería. ¿Por qué fue este y no otro quien hizo tales sugerencias? Sin dudas aquí se cuenta el amor de un hombre hacia otro, aún cuando uno de ellos desconociera la verdad. Al parecer no rechazaba Honorato el tema, sus estudiosos ya vieron en La prima Bette una relación que podría ser homoerótica entre la protagonista y Valérie. Honorato fue hacia el tema, lo dejó en la historia, para que lo leyéramos hoy, en días en que historias como esas resultan más comunes, y quien se niegue a creerlo, que salga a la calle, que hurgue con su mirada. Encontrará sin dudas muchachas elegantísimas y de suaves ademanes que no son mujeres, y que despertarían deseos en cualquier forzudo, aunque, y a decir verdad, esta virilidad no significa que estamos ante un macho que busca a su diferente. En esta ciudad, en cualquier parte de la isla, una historia como esta es bien creíble y no extrañará a nadie. No será usted entonces quien traiga la nota disonante. No lea esta como la historia de un equívoco, porque es mucho más. Si mis razones no bastaran me gustaría terminar con una humorada que pone en el centro a la letra inicial de los apelativos de ambos protagonistas. Estoy hablando, por supuesto, de la S y de la Z. Quien todavía esté leyendo estas líneas, pensará que me refiero al ensayo de Roland Barthes: S/Z. Si este es su caso no tendrá razón, jamás he podido leer completo, por incapaz supongo, el texto del teórico francés. Mi dislate tiene que ver con las semejanzas y las diferencias que existen entre las dos letras, que las tienen, pero que terminan en reconciliación. Una de ella es interdental, la otra ápico-alveolar, pero las dos son sordas y fricativas, lo que permitirá apagar los oídos a los comentarios que puedan surgir por la frotación de ambos personajes, además y esto me parece más importante, los cubanos somos seseantes, lo que convierte, fonéticamente hablando, a las dos letras en lo mismo. Así terminaremos legitimando la igualdad y la diferencia. Si Sarrasine y Zambinella, son semejantes, eso prueba que el relato del Balzac, es una historia de amor entre dos hombres. De todas formas, y por estas digresiones, ofrezco a los lingüistas mis disculpas.  

Balzac, sin duda se atrevió con este tema, a pesar de su cacareada vocación religiosa, y cómo no se iba a atrever si cuando niño, y mientras comía sentado a la mesa familiar, escuchaba las conversaciones de sobremesa de su madre, a quien le encantaba disertar sobre Swedenborg, citando fragmentos de El cielo y el infierno. Balzac era un pequeño y escuchaba a su madre asegurando que Jesucristo se le presentó a Emanuel Swedenborg para hacerle montones de pedidos, intentando convencerlo para que lo ayudara a salvar la religión, mientras tomaban juntos un té. De seguro será muchísimo más tolerante, y además avezado, quien se eduque creyendo en la posibilidad de que se puede elegir entre traspasar la entrada al cielo o al infierno. Esa infancia tan particular debió ayudarlo en la escritura de Sarrasine.  

Y aunque sea muy abrupto, debo detenerme aquí, quienes me encargaron este texto siguen esperando. Debo dejar algunas fuerzas, algunas ideas para escribir el relato que mencioné al inicio, y hacer otro homenaje a Balzac antes de aquietarme en una discreta tumba del cementerio de Colón. Si me queda tiempo ofreceré otros homenajes a Balzac, además de la escritura pendiente de un relato que cuente lo que él obviara en Sarrasine, pero lo mejor será leerlo, y que me sorprenda la muerte con uno de sus tomos en las manos, eso quiero, aunque temo que tampoco en eso seré muy original. Freud me lleva gran ventaja. Casi moribundo, y después de leer La piel de Onagro, dijo que era el libro más adecuado que podía leer en instantes como ese, porque trataba del encogimiento y la inanición. Después murió.

Epílogo de Sarrasine. Editorial Arte y Literatura. La Habana. 2013

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