Viaje a un país que ya no existe

Miércoles, 12 de Junio y 2013 (9:39 am)

HANOI.— Solo 11 horas separan la vida en La Habana de la que transcurre en la capital vietnamita, pero el sentido del tiempo se extravía en cuanto se cubre la distancia física entre las dos ciudades. Volar 12 horas y media seguidas, con una escala de cinco y seguir volando medio día más, en el mismo sentido en que se mueve la Tierra sobre su eje, puede provocar unas incertidumbres temporales de pánico. "Mal de viajero" o jet lag le llaman los expertos. García Márquez dijo alguna vez que era un simple retraso del alma que demora una semana en cruzar el Atlántico.

Por suerte, el aeropuerto de Hanoi es el menos complicado del mundo. Apenas se pasa el control de Inmigración y se recoge el equipaje, se puede salir sin más exigencias. Salvo que seas una mujer como Isabel Santos, más desesperada por encender un cigarrillo que por estirar las piernas. "En Vietnam las mujeres no fuman en público", trata de explicarnos el traductor, frente a los gestos de hostilidad de los hombres aglomerados ante un cenicero colectivo. La actriz no se queja, pero pasa por alto el aviso. Bajó con tantas ilusiones del avión de Aeroflot que nos trajo de Moscú, que nadie puede prohibirle que canalice las emociones a su estilo.

Isabel dirigirá aquí una coproducción cubano-vietnamita, basada en las memorias del camarógrafo del Noticiero Icaic Latinoamericano más cercano a Santiago Álvarez.

Iván Nápoles, el hombre que filmó los pies en sandalias de Ho Chi Minh y el histórico sepelio del líder vietnamita; el que supo captar como ningún otro las imágenes que llenan la obra del más grande documentalista latinoamericano, regresa a Vietnam con 80 años y un montón de antiguas libretas escolares llenas de notas que mañana serán una película y más tarde un libro.

Pero, Los ojos de Santiago —título que Isabel escogió en homenaje al legendario director cubano— no es un documental de la historia. El deslumbrante ambiente del Vietnam actual, es también protagonista del proyecto que busca mostrar todas las expresiones de la renovación nacional a través de una mirada que recuerda todo y apenas reconoce nada.

A las puertas mismas de Hanoi, en la autopista que conduce del aeropuerto a la ciudad, Iván miraba a un lado y a otro y solo podía reconocer el calor húmedo y la tradicional hospitalidad de los anfitriones en la sonrisa fácil del traductor Lou Hai.

"Aquí había una carreterita tan estrecha que si venía otro carro de frente, teníamos que parar. Y no había edificios, ni construcciones, solo arrozales por todas partes", nos dijo el viejo camarógrafo, con la voz quebrada por la emoción, mientras cientos de hombres y mujeres jóvenes sobre veloces motocicletas, cruzaban la ancha vía, ahora rodeada de altos edificios y avisos publicitarios. ¿Cuánto conocerán ellos la historia que trae Iván en sus cuadernos?

No hay por qué especular. Apenas empezamos el viaje a un país que, ciertamente, parece haber dado paso a otro, pero sin moverse un milímetro de ciertas esencias que siguen erguidas, como la bandera roja de la estrella amarilla que ondea en los edificios públicos.

Y a primera vista, hay que decirlo, despierta simpatías y admiración, la ola del cambio que está en marcha, revolucionándolo todo hace ya casi tantos años como los que lleva Iván lejos de Vietnam.

Fuente: Periódico Juventud Rebelde

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato