Las investigaciones culturales cubanas

Fernando Martínez Heredia • La Habana, Cuba

Hoy sentimos una inmensa satisfacción al inaugurar este I Simposio Nacional de Investigaciones Culturales, porque es obvio que significa un extraordinario paso de avance en el cumplimiento de las tareas y los objetivos que tiene este Instituto. Se ha logrado convocar y vamos a efectuar una reunión magna de investigadoras e investigadores de la cultura de prácticamente todo el país. El trabajo callado y paciente de todos los días durante años, la lucidez y el enfrentamiento de las dificultades y los contratiempos, la dedicación consecuente de tantos, que tienen el buen juicio de esperar siempre más labores que elogios, se cambiará esta semana por las exposiciones y los debates en un colectivo capacitado y entusiasta, los intercambios de experiencias y de ideas, la mostración de los trabajos realizados, el conocimiento de lo que hacen los distantes o aquellos que no sabíamos lo que están haciendo, la amistad y el fortalecimiento de la estimación por este campo de la cultura y del trabajo especializado al que nos dedicamos.

Comienzo por los agradecimientos, que son muchos. A la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE), a la Unión Europea y el Proyecto Articularte. A la UNICEF, con nuestra Tania Licea. Los nombres se nos van haciendo familiares, por la permanente disposición a la colaboración. A todos, muchas gracias. Agradecemos a las instituciones culturales de toda Cuba que nos han alentado y que se hacen presentes en el Simposio a través de sus ponentes, y de algunos investigadores suyos que serán moderadores. Y, naturalmente, a las compañeras infatigables de nuestra Subdirección de Ciencia y Técnica, que han llevado con eficiencia el peso enorme de las actividades de muchos tipos diferentes que están detrás de un evento de la complejidad y las proporciones de este, desde que surge la idea hasta que nos sentamos a inaugurarlo, y hasta que se completan las tareas y regresan los participantes a sus lugares. A ellas, y a todos los miembros del Instituto Juan Marinello que actúan para el Simposio desde sus responsabilidades respectivas, el reconocimiento y la felicitación a nombre de la institución.

El ejercicio de leer con atención el larguísimo programa y volver sobre él unas cuantas veces para despejar dudas, familiarizarme y ensayar agrupaciones de sus temas y contenidos, me ratifica la magnitud y el alcance de este evento. Tendremos 81 ponencias, agrupadas en los 11 paneles de hoy 11 de junio y del jueves 13, y las cuatro mesas del taller del miércoles 12. Casi todas las provincias del país están representadas, y la diversidad de los temas y las aproximaciones a ellos que anuncian sus títulos promete una riqueza singular de exposiciones y debates. Los títulos de la mayoría de los paneles atienden a divisiones convencionales del trabajo cultural y del campo de la cultura que han sido validados por el uso o por estructuras de instituciones: Memoria, tradición e identidad, Economía de la cultura, Desarrollo comunitario, Historia cultural, Creación artística, Patrimonio y Enseñanza artística. Pero no hay que entenderlos como una partición matemática respecto a las ponencias. A lo largo de todo el programa pueden apreciarse los puntos de contacto marcados por asuntos análogos o complementarios, las implicaciones de contenidos que han forzado a decidir a los encargados de distribuirlas, y la reiteración del tratamiento de cuestiones sensibles y relevantes que son abordadas de distinta manera y desde situaciones y problemas específicos diferentes. Afortunadamente, en ningún caso se trata de informes acerca del campo en cuestión, sino de resultados de investigaciones.

Al taller y sus temas me referiré brevemente más adelante.

El Simposio, les decía, hace visible trabajos, resultados y cualidades, y produce satisfacciones. Pero también es una fuente muy adecuada para la identificación y la discusión de las ausencias y las deficiencias de nuestro trabajo de investigación cultural. No ensayaré un recuento ni una valoración de ellas desde mi punto de vista, que jamás sería tan abarcador y profundo como los que pueden salir de las labores de este encuentro. Pero sí quiero llamar la atención sobre ese aspecto y alentar su tratamiento aquí. Ante todo, para aprovechar esta confluencia tan notable de saberes, experiencias y circunstancias que implica el Simposio, para ir mucho más allá del autoexamen y la revisión crítica de lo que cada uno de nosotros hacemos, y beneficiarnos de los intercambios y de las opiniones y visiones diversas, que sugiero dejar registradas entre tantos aspectos que recogerá la relatoría del evento.  

Durante un largo periodo afirmé que la elección del tema a investigar constituía quizá el problema principal de las ciencias sociales cubanas. Regiones enteras de temas y problemas, incluso algunos acuciantes o escandalosos, estaban excluidos de las investigaciones, primero a causa de un subdesarrollo que fue inducido, después, por el funcionamiento de la autocensura, las duras deficiencias de la formación y la rutina. Al mismo tiempo, un gran número de investigaciones abordaba los mismos temas sin herirlos con el filo de preguntas diferentes, repetía sus datos y sus pasos y llegaba más o menos a las mismas conclusiones. Estas nos recordaban aquel verso de Sindo Garay: “son tantas, que se atropellan…”. Hoy, esa situación ha cambiado en un sentido positivo y, en unos terrenos más que en otros, se superan tabúes, silencios y ausencias, se eligen asuntos realmente relevantes, se extrae del silencio a numerosos problemas, se les da voz a muchos que eran solo telón de fondo, y abundan los resultados de real interés, que solventan carencias, establecen conocimientos o abren campos a nuevas interrogantes.

Pero es un buen ejercicio preguntarnos si las investigaciones culturales están haciendo todas las preguntas necesarias a nuestras realidades, procesos y problemas, si reconocen, registran y persiguen las cuestiones que dimanan de realidades acuciantes, tensiones, contradicciones y urgencias de intervenciones y de políticas atinadas. Y también preguntarnos si los investigadores saben encontrar asuntos que hay que investigar sin que nadie lo esté reclamando, porque esos asuntos cuestionan lo establecido o porque no se ven; si saben incluso adelantarse a lo que todavía no es necesario, o no parece serlo, porque una de las funciones del conocimiento social es ser capaz de prever con sus búsquedas y sus resultados, y estar ahí, en su terreno y desde su relativa autonomía, tenaz y audaz, responsable pero sin temor a errar. 

Estaría dispuesto a comentar también sobre los problemas de la consistencia de la aplicación de los métodos de investigación, y a los que proceden del carácter interdisciplinar de muchas investigaciones culturales, o de la necesaria visión y nexos interdisciplinares que les es atinente. También acerca de las deficiencias serias en cuanto a formación teórica que padecemos, que lastra tanto a veces al buen planteo y a los resultados de excelentes pesquisas y trabajos, o al general desconocimiento de lo que hacen los demás investigadores culturales, incomunicación que conlleva un amplio repertorio de consecuencias negativas. Pero no debo incumplir mi abstención de opinar al inicio en cuanto a ausencias y deficiencias, ni alargar demasiado estas palabras.

No estaría completo el análisis si no participan en él los condicionamientos de la investigación cultural, una gama muy amplia que incluye la organización de este tipo de actividad, los recursos que se le asignan, las diferencias, facilidades u obstáculos de carácter regional, las características del personal ocupado en ella, sus motivaciones, estímulos y superación, entre otros. Los métodos de trabajo y las políticas que rigen o resultan atinentes al campo cultural, y las instituciones y organismos que los llevan a cabo, tienen una importancia crucial para las investigaciones culturales. Y, como siempre, resaltan los problemas de las difíciles relaciones entre las investigaciones y las decisiones y actuaciones de organismos e instituciones. A nosotros atañe también el comentario reciente del Presidente, el compañero Raúl, en el Consejo de Ministros del 31 de mayo, de que existen cientos de investigaciones a las que no siempre se les ha prestado la debida atención, sobre todo en el área de las ciencias sociales.

Me parece necesario añadir que aunque el examen riguroso de nuestras insuficiencias y errores es un requisito indispensable en sí mismo, debemos atender las críticas acertadas que recibimos, tan provechosas para el que vive inmerso en sus propios trabajos y afanes. Y no podemos dejar de tener en cuenta tampoco los prejuicios adversos al trabajo cultural, las incomprensiones de las condiciones en que se hacen muchas cosas, la ceguera sectorial, el pragmatismo ramplón y una mezquina ideología reciente, que ni siquiera está a la altura del pasado social que se representa como futuro para el país.

La investigación cultural y las demás actividades del campo de la cultura pueden ser instrumentos privilegiados de la concientización, la elevación del pueblo por encima del rasero de la mera reproducción de las condiciones de la vida social y la participación creciente en un medio político en el que las mayorías conozcan, controlen y decidan los asuntos fundamentales para la sociedad.

La búsqueda del conocimiento, y el conocimiento mismo, tienen una importancia crucial para la comprensión de los hechos y los procesos culturales, pero al mismo tiempo pueden permitirnos tres logros muy relevantes. Primero, comprender las expresiones concretas y la naturaleza actual de la cultura del pueblo de este país, en su complejidad, su diversidad, su riqueza y sus tensiones y contradicciones. Permite abandonar los lugares comunes, las apariencias, los prejuicios, la simple ignorancia, las modas, los intereses estrechos; dudar de lo establecido y derrotar incluso al sentido común. Encontrar una cuestión realmente relevante de investigación es una conquista casi tan valiosa como los resultados a los que llegue el investigador. Y las hay de muy diferentes tamaños y ámbitos, que responden a muy diversos problemas y motivaciones. Todas son necesarias, y solamente con su investigación y con las interacciones entre ellas y los diálogos entre los interesados se puede ir tejiendo la red de las comprensiones y del conocimiento.

Se trata, por consiguiente, de procesos difíciles y prolongados, que exigen gran laboriosidad y mucho rigor, tenacidad y espíritu abierto, buenas interrogantes y aprendizaje de métodos, y una concepción general que sea realmente una brújula y que sirva como instrumento, no como un adorno a mencionar al inicio de las exposiciones. La honestidad, la humildad y la valentía intelectuales tienen que hermanarse en este tipo de trabajo, que incluye equivocarse y rectificar, pero a veces también empecinarse. La investigación cultural es una actividad intelectual apasionante y difícil, muy exigente en cuanto a oficio, intuiciones e imaginación, tan capaz de hacer hallazgos valiosos y sugerir caminos, de enlazar ciencias sociales o constituir regiones dentro de una de ellas, como tan poco establecida en el reino académico.

Segundo, conseguir que las acciones de todos los involucrados puedan valerse del conocimiento para partir de lo existente y respetarlo, pero sin temor a dedicarse a mejorarlo y, si es necesario, cambiarlo. Lo que implica proceder de la cultura existente, inquirir con honestidad sus formas y el conjunto de sus realidades y representaciones, no ocultar ni ser ciego ante los aspectos que pueden valorarse de negativos y las herencias que pueden ser pesos muertos. La cultura cubana no es algo muy bueno que posee el país, ni un lugar abstracto para sinónimos vacíos —como es el término cubanía cuando solo sirve de muletilla o de frazada—, ni es un polo de las antítesis que se esgrimen contra los adversarios que se quiere descalificar. La cultura no se resuelve con declaraciones de valor, aunque la queremos transida de los mejores y más ambiciosos valores.

Partir de la cultura nacional implica tener la raíz en ella, pero hay que hacer valoraciones acerca de los árboles y el bosque, y hay que sembrar. Es necesario rescatar e innovar, ejercer la defensa, el criterio y la crítica, conservar y ser creadores, en una sola pieza. Contribuir mediante la investigación cultural a que los portadores, los innovadores, los funcionarios, los artistas, los que consumen, todos los involucrados en los procesos culturales se vuelvan cada vez más conscientes respecto a lo que viven, lo que utilizan o lo que desean, tengan más elementos a su favor para complejizar y educar sus gustos, sus necesidades, sus decisiones y sus actos. La investigación cultural es, entonces, una actuación cultural calificada en sí misma, al mismo tiempo que una actividad intelectual especializada.

De esa manera, al investigar y pensar los hechos y los procesos culturales se avanza firmemente en el apoderamiento de la propia cultura, se multiplica el goce que proporciona esa actividad humana y social que hace crecer tanto y ser mejor como persona y como miembro de la colectividad, se buscan vías para la superación de las carencias, cosas mal hechas y frustraciones, y se adelanta en una tarea muy difícil pero que hoy es de vida o muerte: irnos volviendo capaces de gobernar entre todos los procesos de nuestra sociedad.

Y nos asomamos al tercer logro que le es posible obtener a la investigación cultural: su participación en la dimensión cívica, con análisis de las situaciones y cuestiones culturales desde aproximaciones ligadas a sus funciones sociales y a la promoción de cambios que beneficien a la sociedad. El taller del miércoles lo dice claramente en su título “Desarrollo cultural: retos y perspectivas en la investigación y transformación social en Cuba”, y en los de sus cuatro mesas, Prácticas culturales y procesos sociales, Estudios de consumo cultural en Cuba, Construcción de públicos y educación para la ciudadanía y Transformación sociocultural en Cuba: experiencias locales. Veintidós ponencias desarrollarán una amplia gama de cuestiones y expondrán experiencias específicas relativas a estos temas en la Cuba actual, ofreciéndonos un rico terreno para la información, las valoraciones y los debates.

Cualquier persona atenta advierte que en Cuba lo que solemos llamar cultura es uno de los campos de la vida del país que posee mayor desarrollo. Esto tiene numerosas implicaciones y consecuencias, de las cuales quiero destacar las que atañen a la colosal pugna cultural entre el socialismo y el capitalismo que está en curso actualmente. La masa de la población del país encuentra en sus prácticas culturales, en la capacidad de discernir y ejercer el gusto, en el conocimiento y el refinamiento que rigen muchas de sus necesidades culturales, en la educación del espíritu que es superior a gran parte de las circunstancias de su vida inmediata, una formación humana y social que le franquea niveles éticos, de convivencia social y de expectativas y exigencias cívicas que no caben en los patrones de disgregación social, incremento y naturalización de las desigualdades, moral de egoísmo individualista, afán de lucro y sálvese quien pueda que caracterizan al capitalismo. Y lo que es por lo menos tan importante como ese hecho es que ese desarrollo cultural tan grande se formó en el curso de la Revolución socialista, tuvo en ella su motor principal y ha sido uno de sus logros más grandes y hermosos.

A diferencia de otros países, en Cuba la cultura popular ha tenido nexos íntimos y poderosos con la cultura política desde el nacimiento mismo de la nación. El proceso iniciado en 1959 asumió ser la consecución de los más ambiciosos proyectos de la nación y de las clases populares, y se potenció la identificación de la cultura popular con las jornadas y las políticas de la Revolución y con el proyecto socialista. A pesar de la erosión de muchos aspectos del proceso y los retrocesos y las deformaciones, la identificación con la sociedad en transición socialista sigue siendo un valor de suma importancia en la cultura cubana. La investigación cultural y las demás actividades del campo de la cultura pueden ser instrumentos privilegiados de la concientización, la elevación del pueblo por encima del rasero de la mera reproducción de las condiciones de la vida social y la participación creciente en un medio político en el que las mayorías conozcan, controlen y decidan los asuntos fundamentales para la sociedad.

Quizá sea temprano el momento respecto a la conquista de esos ambiciosos propósitos. Pero precisamente esa circunstancia actual hace más valioso el papel que puede desempeñar la cultura, que puede organizarse y proponerse objetivos con más lucidez y personas capaces que otros sectores. Y, por consiguiente, es más necesario que seamos conscientes del deber ante la sociedad que nos fija a nosotros el hecho de poseer esa ventaja.

Sin olvidar lo más trascendente, pasemos ahora a las sesiones de trabajo del Simposio, que en sus labores específicas nos adelantará, no me cabe duda, un trecho cierto en el largo camino.

Palabras en la inauguración del I Simposio Nacional de Investigación Cultural. Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. La Habana, 11 de junio de 2013.

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