Notas para introducir una antología del cuento cubano popular

El inicio de los estudios sobre la literatura oral como expresión de identidad

Ana Vera • La Habana, Cuba

En el campo de los estudios cubanos sobre la cultura popular1 se continúan hoy dirimiendo problemas relacionados con la formación de la nacionalidad, que se plantearon a principios del siglo XX al proclamarse la primera república. La sobrevivencia, cien años más tarde, de conflictos derivados de una formación nacional mediada por varias hegemonías enfrentadas en torno a las “matrices”2 culturales hispana, africana y aborigen, explica una polémica aún viva.

En este campo, y sobre todo en el de los estudios sobre la literatura oral, se solapan —no sin contaminaciones— dos posturas científicas básicas, que proponen acercamientos complementarios aunque todavía poco desarrollados desde la ciencia antropológica. Por un lado, veo a partidarios de un enfoque materialista de raíz marxista, con perfil relativamente estrecho y permeado aún por el funcionalismo y en cierto modo por el marxismo dogmático, y por otro a un grupo que, desde una condición de filólogos de formación marxista se mantienen cercanos a los estudios sobre el folclore que llevan aún la marca “orticiana”.

Unos y otros cuentan con formación académica adecuada, experiencia profesional y posicionamiento institucional que avalan sus conclusiones y garantizan la continuidad de la escuela, y expresan el compromiso científico y patriótico de explicar la cultura cubana y sus alteridades en contexto. En mayor o menor medida todos han buscado —y hallado— en Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Rómulo Lachatañeré, Isaac Barreal, Argeliers León y unos pocos más que comenzaron a trabajar antes de 1959, una fuente inagotable de saberes en cuanto a los procesos transculturales que conectan al siglo XX con el pasado colonial.

Hay que mencionar también a los folcloristas del centro y el oriente de la Isla, que se anticiparon en cierto modo a los capitalinos en el interés por la cultura popular.

Lo que pudiéramos llamar la escuela cubana contemporánea de estudios culturales es heredera de aquellas primeras generaciones de humanistas y científicos que desde el siglo XIX, se formaron en un sistema universitario tradicionalista y poco apto para asumir la formación de los nuevos ciudadanos, tironeado entre el positivismo de la escuela española y el funcionalismo de la norteamericana.

La situación a principios del siglo XX motivó un desconcierto generalizado en todos ellos, una profundización de las diferencias económicas, sociales y políticas pero, a la vez, un alto grado de confluencia, desde diferentes posturas políticas, en torno al ideal de colaborar en la construcción de una sociedad y una cultura nuevas.

Ha sido bastante comentada la visita a Cuba, en 1909, del profesor asturiano Rafael Altamira quien, en nombre de la Universidad de Oviedo, emprendió una gira por países de América Latina para tratar de reconectar a España con el mundo latinoamericano, en un esfuerzo que algunos han llamado de “cruzada por el panhispanismo” (Ortiz, Carmen, 2001: 70). Esta iniciativa despertó un rechazo visceral entre los que, como Ortiz, trabajaban todos los días para hacer entender la necesidad de que la Cuba nueva no se construyera sobre la base de otras dependencias, sin por ello renunciar a la múltiple herencia cultural recibida de fuentes muy variadas, ni tampoco a la esperanza de modernidad que llegaba desde Norteamérica.

Lo que pudiéramos llamar la escuela cubana contemporánea de estudios culturales es heredera de aquellas primeras generaciones de humanistas y científicos que desde el siglo XIX, se formaron en un sistema universitario tradicionalista y poco apto para asumir la formación de los nuevos ciudadanos, tironeado entre el positivismo de la escuela española y el funcionalismo de la norteamericana.

A Fernando Ortiz se le conoce como el fundador y principal impulsor de los estudios científicos sobre la cultura cubana con visión contemporánea. Su obra ha sido profusamente sometida a examen hasta identificar dos grandes momentos con un punto de giro en torno a los primeros años de la década del 30.

Se ha estudiado menos la obra folclorista de José María Chacón y Calvo (1892-1969),3 desde la Sociedad de Folclor Cubano. En su artículo “Folk-lore cubano”, aparecido en la prensa en los primeros años del siglo y reeditado en 1911 en Entre cubanos, Ortiz había esbozado lo que luego se convertiría en objeto de un verdadero programa de trabajo científico, el folclor popular, sobre el cual escribió:

En todas partes he observado muy vigoroso el estudio de las tradiciones y de las leyendas, de las costumbres muertas, de las supersticiones de las comadres, del ajuar del lugareño,  de los cuentos  y juegos infantiles, de los refraneros vulgares, de los consejos de los abuelos, de los vestidos populares…

En Cuba nada hemos hecho en este sentido…

En 1914, Chacón proponía que se hiciese una clasificación al menos provisional de nuestras expresiones culturales, advirtiendo que el caudal folclórico se considerara por separado de acuerdo con sus orígenes: lo aborigen, lo hispano y lo africano, de manera que se pudieran desarrollar estudios comparados entre ellos, sin llegar a apresuradas generalizaciones teóricas. A su juicio, esto solo podía totalizar beneficios en tanto el folclore era un necesario elemento cohesionador de la cultura en formación, en aquel momento de definiciones (Mesa: 78).

Se ha escrito que, entonces, se produjo una división tácita del trabajo entre Ortiz y Chacón, con la participación de Carolina Poncet y Antonio Bachiller y Morales; los que así opinan identifican a cada uno de ellos con las tres matrices principales: a Bachiller con la aborigen, a Chacón y la Poncet con la hispana, y a Ortiz con la africana (Ortiz, Carmen, 2001: 76). De todos ellos, Ortiz fue el único que acumuló una bibliografía abundante referida a las tres vertientes y un empeño de síntesis.

A fines de la década siguiente, Chacón, como muchos de los jóvenes intelectuales aptos aunque sin formación específica, fue nombrado para un cargo diplomático en España, y allí establece contacto con Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) que trabajaba en un proyecto de Biblioteca de tradiciones populares españolas.4 Fue por entonces, en 1922, cuando se organizó en Cuba una primera gira nacional para reunir material “folclórico”; la experiencia se repitió varias veces después. Los informes del trabajo de campo, disponibles en Archivos del folclor, esperan por una lectura desprejuiciada.

La época y el interés por el folclore acercaron al cubano Ortiz y al italiano Antonio Gramsci, no sus experiencias políticas. En los escritos de los años 30 Gramsci propone una perspectiva teórica que revolucionó las ciencias sociales del siglo XX.

Según el filósofo cubano José Luis Acanda, lo más valioso y actual del sistema de pensamiento de Gramsci se localiza, precisamente, en su concepción de la importancia de lo cultural en la estructuración —y desestructuración— del poder y en la interrelación entre política, cultura y economía (Acanda, 2007: 12). Desde la teoría gramsciana de la hegemonía, la cultura aparece como un sistema complejo y contradictorio a través del cual la clase dominante intenta manipular las producciones de la cultura popular. Y esta idea puede ser el punto de partida de unos estudios culturales mejor ajustados al pensamiento científico contemporáneo, que vaya más allá de una simple conservación del patrimonio, ya que destruir la hegemonía (de la burguesía) implica la destrucción y superación de la cultura de las clases sociales explotadas. “La teoría gramsciana de la hegemonía permite comprender la relación orgánica entre la economía y la política (…) nos presenta elementos esenciales para comprender la dimensión cultural de la política, a la vez que la dimensión política de la cultura” (Acanda: 255).

La teoría cubana para el estudio de la oralidad popular comienza con Ortiz, pasa por Rómulo Lachatañeré, Lydia Cabrera, Miguel Barnet, Jesús Guanche, María del Carmen Victori y más recientemente, Gema Valdés, por mencionar algunos nombres destacados entre el sinnúmero de estudiosos que trabajan en todas las provincias, más cercanos a los estudios literarios y folcloristas que a un enfoque interdisciplinario de base antropológica que interprete las expresiones populares en el contexto social en que se manifiestan, a menudo por limitaciones propias de la formación universitaria.

En el año 2000, en ocasión de pasar a jubilación la profesora María del Carmen Víctori Ramos, la colección manuscrita de narrativa y poesía, compuesta de cuentos, leyendas, chistes, décimas, relatos, teatralizaciones, trabalenguas, adivinanzas y otras formas de la oralidad popular cubana, fue entregada a la Cátedra de Oralidad Carolina Poncet del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello  y puesta bajo la custodia de la Dra. Ana Vera, quien se comprometió a velar por la conservación, reproducción y socialización de esa valiosa colección documental.

Desde hace varios años, un equipo constituido por Carlos García, quien les habla y un pequeño grupo de jóvenes investigadores: Iralia García, Nelson Jaime y Raymalú  Morales, ha estado trabajando en la digitalización y clasificación del fondo de cuentos recogido por los equipos del Atlas etnográfico de Cuba, que estuvo constituido, en los años 80, por Dennis Moreno, Martha Esquenazi, María del Carmen Víctori, Alicia Morales, Rafael Cerezo, Caridad Santos,  Virtudes Feliú y numerosos colaboradores de las 14 provincias del país.

La propuesta de clasificación de los géneros de la narrativa oral popular en Cuentos, Leyendas y Mitos, toma por base el criterio de María del Carmen Víctori. En la primera parte del trabajo, el equipo ha estado trabajando con los más de tres mil cuentos ya digitalizados y clasificados según las categorías de Humorísticos, Satíricos, Costumbristas, Fabulosos e Ingeniosos.

Carlos García, por su parte, está desarrollando un estudio comparado entre el sistema cubano elaborado por Víctori y varios de los sistemas internacionales de clasificación de los cuentos tradicionales y populares, y en un artículo publicado en la revista Perfiles 10 (enero-abril 2013) expone algunas de sus conclusiones sobre las ventajas y desventajas de los diferentes sistemas de clasificación analizados.

En un análisis cuantitativo en curso hasta ahora, solo de la mitad de la colección, se ha detectado que predominan numéricamente los cuentos humorísticos licenciosos y de enredo, aunque hay también irrespetuosos, insólitos, crueles y de exageraciones.

Para quienes no están familiarizados con la clasificación de Víctori, explicada en varios de sus trabajos publicados, de corte básicamente temático, aunque con visos de análisis discursivo, voy a recordar algunos elementos que identifican a los diferentes tipos de cuentos humorísticos:

  • Los licenciosos se caracterizan por el doble sentido, en ocasiones aluden a los genitales (sobre todo masculinos) mediante el uso de perífrasis, sinónimos o sencillamente por alusiones, aunque muchos informantes no se sintieron intimidados por los entrevistadores y usaron expresiones francamente soeces que figuran en los textos recogidos
  • Los de enredo son más elaborados en general. En ellos se destaca el uso de la confusión lingüística referida a situaciones o expresiones de los propios personajes, de lo cual deriva el efecto de comicidad
  • Los irrespetuosos son más marcadamente procaces y pueden confundirse con los satíricos irreverentes, a los que no voy a referirme en este trabajo, aunque esta última categoría se reserva para los cuentos que ridiculizan los poderes instituidos
  • Los insólitos se refieren a enunciaciones con frecuencia mal interpretadas
  • Los crueles son del llamado humor negro, que hace burla de hechos dramáticos de la vida social y muchas veces expresan una insensibilidad de corte androcéntrico
  • Los de exageraciones, por último, basan su comicidad en situaciones francamente absurdas por lo exageradas

Aunque el material con que contamos es relativamente “mudo” en el sentido de que se trata de textos narrados por personas entrevistadas (casi 2500 en todo el país), recogidos por escrito por encuestadores y luego digitalizados, esperamos que el resultado final de nuestro análisis, partiendo de la profundización de la crítica de nuestro sistema a la luz del conocimiento de los sistemas internacionales más empleados, del análisis de los textos mismos y de la información cuantificable sobre los entrevistados, recogida en una base de datos donde aparecen los nombres, direcciones, el género, la edad, provincia y el municipio donde se recogieron los cuentos, nos permitirá, en un nivel principalmente cuantitativo, trazar algunos parámetros sobre las tendencias predominantes en la oralidad tradicional vigente en los años 80.

Es difícil prometer que los resultados de esta primera antología del cuento cubano popular irá mucho más allá de ciertos límites impuestos por el propio material de que disponemos, ya que trabajamos con una información notablemente sesgada por la coyuntura académica propia de los años en que se desarrolló la investigación, para la cual las circunstancias en que solía producirse la trasmisión de los cuentos no fue recogida de manera que apuntara hacia un análisis más cualitativo.

No obstante, sin duda, la Antología del cuento cubano popular, actualmente en preparación, significará un paso de avance con relación a otras ya publicadas y proporcionará a sus potenciales usuarios (maestros primarios, narradores orales escénicos) un panorama de lo que aún puede encontrarse en la narrativa oral del país.

Quiero poner un ejemplo para terminar, que me va a permitir exponer brevemente algunos de los parámetros que estamos aplicando al análisis de los cuentos.

Los cuentos han sido numerados de manera consecutiva según el momento en que fueron digitalizados. El cuento 1510 fue narrado por J. Fonseca, una persona entrevistada en el municipio habanero de Caimito de acuerdo con el nomenclador nacional. La base de datos en el sistema EXCEL cuenta con 3 121 registros de informantes, y aún estamos trabajando con ella para poderla utilizar de una manera interactiva en el análisis de los cuentos.

En una lista alfabética de los apellidos, aparecen cuatro personas de apellido Fonseca (Bustamante, Garcel, Granados y Velázquez). En esta lista todavía no hemos agregado los nombres propios para delimitar si uno de ellos es “J.”, ya que el nombre completo del informante no aparece recogido en el cuento. Una lectura de este cuento, que hemos clasificado como De enredo, nos hace pensar, a manera de hipótesis, que el informante es del género masculino por una razón en la que ustedes coincidirán conmigo cuando les lea el cuento. Dice así:

“Esta es una mujer a quien se le muere de paludismo el esposo y, el mismo día, se muere el chiquito que no llegaba a dos años, entonces como había tanta miseria para ahorrar caja en una misma pusieron a los dos, acostaron al hombre y dentro de sus pies pusieron el chiquito, entonces las personas del pueblo dicen que cuando salió el entierro la mujer gritaba por la calle: —¡Ay yo no lo siento por mi marido, sino por lo que tenía dentro de los pies!”

Este cuento apareció en varios lugares del país con diferencias en el léxico pero idéntico mensaje. Es el doble sentido de la frase “lo que tenía dentro de los pies” en confrontación con la situación narrada (el velorio del esposo y el hijo) lo que provoca una hilaridad automática, que no se toma tiempo en razonar sobre la situación. Sin haber hecho aún el análisis de las diferentes variantes del cuento encontradas en el país, pensamos que J. Fonseca es un hombre, dado que las mujeres no suelen hacer chistes que impliquen daño a la vida de sus hijos. Por la misma razón, es probable que la mayoría de los que lo refirieron sean también del género masculino. Pero esta es una hipótesis de partida. Cuando concluya la investigación estaremos en condiciones de dar conclusiones más precisas  y de avanzar en cuanto a algunas hipótesis más científicas acerca de los procesos de formación y conservación de la identidad nacional.

Intervención en el I Simposio Nacional de Investigación Cultural. Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. La Habana, 11-14 de junio de 2013.

Bibliografía

Acanda, Jorge Luis (2007) Traducir a Gramsci, Habana, Editorial Ciencias Sociales.
Atlas etnográfico de Cuba (2002) Centro de investigación y desarrollo de la cultura cubana Juan Marinello/Centro de antropología, Ediciones Cubarte. Digital.
Barnet,  Miguel (2011) La fuente viva, Habana, Editora Abril.
Gramsci Antonio (2011) Cuadernos de la cárcel y otros textos, La Habana, Instituto cubano de investigación cultural Juan Marinello/ Ediciones Cubarte. Digital.
Menéndez, Lázara (1995) “¡¿Un cake para Obbatalá?!”, Temas no. 4, oct-dic.: 38-51.
Mesa Olazábal, María Eugenia (2008) “José María Chacón y Calvo y Fernando Ortiz: Sociedad del folclore cubano y revista Archivos del folclore”, Catauro no. 17: 74-98.
Ortiz, Carmen (2001) “Relaciones de Fernando Ortiz con los antropólogos españoles”, Catauro no. 4: 60-78.
Ortiz, Fernando (1987) “Carta abierta al ilustre señor Don Miguel de Unamuno, rector de la universidad de Salamanca”, en Entre cubanos. Sicología tropical, La Habana, Editorial de ciencias sociales: 5-10.
Ortiz, Fernando (1987) “Folk-lore cubano” en Entre cubanos. Sicología tropical : 83-85.
Rangel Rivero, Armando (2012) Antropología en Cuba. Orígenes y desarrollo, Fundación Fernando Ortiz, Imp. Industrias Caro, Madrid.
Trapero, Maximiano y Martha Esquenazi (2002)  Romance tradicional y general de Cuba, Gobierno de Canarias/Centro de Investigación de la Cultura Cubana Juan Marinello.
 

 

Notas:

1. Me limitaré en esta ocasión al panorama que ofrecen los estudios desarrollados en el ámbito insular porque responden a un condicionamiento político, económico y de contexto que difiere de los que se realizan en otros ámbitos y por parte de estudiosos de otras nacionalidades, o de cubanos residentes en otros lugares.
2. Empleo aquí el término “matriz” tal como aparece utilizado en un artículo de L. Menéndez en la revista Temas, una voz original que en el acercamiento a este debate aporta muchas claridades.
3. Para valorar el papel protagónico de Chacón en las iniciales fundaciones en este ámbito, ver Mesa Olazábal (2008)
4. Según refieren Maximiano Trapero y Martha Esquenazi, el estudio más importante de Chacón sobre los romances se publicó en 1914 y muchos de los romances cuyo descubrimiento se le atribuye se debieron al intenso contacto con el filólogo español y al viaje que juntos hicieron por toda Cuba en 1937. Ver: Trapero, Maximiano: 41-44

 

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