La inasible esencia de la felicidad

Ciento trece trodos conectados al cerebro generan una sensación de indefensión bastante desagradable. Frente a mí, Teyo revisa por enésima vez los instrumentos y se prepara para iniciar la secuencia de hipnosis. Pronto comenzará la experiencia donde perderé el control sobre mis propios recuerdos. Será como desnudarse en público. Un strip-tease mental, mucho más descarnado y total que aquel del cuerpo.

Imaginen por un momento todas sus memorias más íntimas expuestas a la luz pública. No importa que usted no haya matado a nadie ni que se considere como Antonio Machado en el buen sentido de la palabra, bueno. Siempre estarán esos pequeños secretos inconfesables, pecadillos y actuaciones de las que no nos sentimos para nada orgullosos y mantenemos acorralados allí, en algún recóndito cajón de ese complicado armario que es el cerebro. Por suerte Teyo es un amigo de toda mi confianza y además, por ética profesional, la información generada debe quedar entre nosotros dos… y la máquina, claro.

Todo comenzó cierta noche, hace ya seis años, cuando me reencontré con Teyo, compañero de estudios y doctor en ciencias biológicas. Estábamos en la Habana Vieja y decidimos emprender juntos la Senda del Alcohol. Empezamos con unas cuantas cervezas en la Plaza Vieja y, por supuesto, un par de jarras después, ya estábamos conversando sobre los buenos tiempos del pre y la universidad. Aquellos años en los que las únicas preocupaciones eran no suspender las asignaturas ni agarrar un Novo-SIDA. Esos momentos que siempre regresan a nuestras mentes envueltos en un hálito de felicidad perdida, como en el viejo filme de Sidney Pollack.

La felicidad y su esencia tan esquiva, tan difícil de conceptualizar, tan subjetiva.

Y cuando estábamos ya en La Bodeguita, masticando la hierba buena del tercer mojito, comenzamos a filosofar sobre el tema. ¿Qué coño es en sí la felicidad? Y después de emprenderla con conceptos complejos, pensamientos de Martí y canciones de los Beatles, yo solté esa perla lapidaria de la filosofía popular: la felicidad no existe, solo momentos felices. Sí, de acuerdo eso tiene toda la lógica del mundo, dijo Teyo sonriendo, pero ¿sería posible medir de manera objetiva la felicidad de una persona como la sumatoria de todos sus momentos felices?  

Cuando Teyo me explicó sus estudios sobre las bases fisiológicas y bioquímicas de la memoria me di cuenta que desde hace tiempo él estaba obsesionado con el tema en cuestión. Según sus últimos hallazgos, era posible rescatar memorias “dormidas” de un cerebro en estado de hipnosis profunda y decodificarlas en imágenes. Podía monitorear simultáneamente la liberación de endorfinas y otras sustancias relacionadas con las sensaciones de felicidad o tristeza. Pero necesitaba alguien que diseñara un equipo especial para medir todo eso. Yo, recién llegado a La Habana después de doctorarme en cibernética en Francia, era el hombre idóneo para esta tarea. 

El ingenio debía ser una IA de las más sofisticadas asociada a un sistema de nanosondas capaces de intervenir la mayor cantidad posible de redes neuronales, descifrar los códigos de la memoria —ese caprichoso juego de interconexiones— y rescatar toda aquella información oculta. Luego sería cuestión de clasificar los recuerdos en dichosos o infelices, de acuerdo con los patrones moleculares asociados. Un simple cociente entre los momentos felices y el total de remembranzas rescatables, multiplicado por cien, arrojaría un índice de la felicidad.

Contra toda lógica, ya reclinado sobre mi sexto daiquirí en la barra del Floridita, decidí renunciar a otras ofertas de trabajo en el extranjero y me quedé en La Habana junto a Teyo para crear juntos el felicitómetro: la primera máquina capaz de medir de forma objetiva la felicidad de una persona.

Después de muchos años de esfuerzos, un montón de desilusiones y una persistencia sin límites, logramos un prototipo con resultados muy estimulantes en pruebas en primates. Pero el mono era un modelo muy pobre para la complejidad del cerebro humano, de manera que nos ofrecimos como voluntarios para una evaluación más exhaustiva. Pasamos con éxito un sinnúmero de barreras regulatorias y éticas y aquí estaba yo, acostado frente a la máquina con la cabeza convertida en un alfiletero, dispuesto a convertirme en el primer sujeto experimental humano de este proyecto.

Tras la conexión con mi cerebro ya en estado de hipnosis, la IA comenzó a escarbar de forma selectiva en mis recuerdos y a desgranarlos uno a uno. A veces no se limitaba a desempolvarlos sino que los completaba; donde yo solo archivaba una imagen borrosa, ella introducía determinado aroma o una melodía. Y así revivimos juntos las tonadas con las que mi madre me arrullaba; la primera bicicleta; el día en que lancé siete entradas perfectas en aquel juego de béisbol; el olor a fruta madura de Chely antes del sexo; el día en que nos graduamos de la universidad; día el nacimiento de mi hijo David…

Era como vivir en una de esas viejas películas reconstruidas a partir de copias de uso, pero haciendo énfasis en los momentos agradables, mientras que los dolorosos los descartaba al punto, como quien pasa sin leer las páginas de un libro que le resulta ingrato.

Al paso del tiempo la IA no se contentó con completar mis recuerdos; por alguna enigmática complicidad, entre ambos fuimos reinventando mis evocaciones, dibujamos variaciones infinitas y las disfrutamos como nuevas. ¿Qué tal si me hubiera atrevido a besar a Camila? Y allá iba una nueva vida porque Camila en realidad siempre había deseado que la besara aquella tarde en la playa. ¿Hasta dónde hubiera llegado en el béisbol? Y en esa otra existencia yo jugaba en el estadio Latinoamericano con el uniforme azul de la I grande en el pecho. ¿Y si hubiese estudiado astronomía? Otra historia diferente. Tantas preguntas como bifurcaciones pueden tener una existencia. Eran mis vidas soñadas, las que habían quedado olvidadas bajo un doblez de mi destino.

Como salvar y recargar el juego eterno de la vida para crear un inagotable palimpsesto de experiencias gratas.

Cuando Teyo decidió desconectarme habían transcurrido solo doce horas, pero en ese tiempo habíamos reeditado buena parte de mis recuerdos e inventado miles de existencias alternativas. —No es un felicitómetro, sino un generador de felicidad— musitó Teyo perplejo, mientras señalaba hacia la pantalla de mi cómplice artificial.

Allí, en grandes números que destellaban de forma intermitente, pude leer la insólita cifra de un millón doscientos mil por ciento para el índice de mi felicidad.

Carlos Antonio Duarte Cano: Narrador. La Habana, 1962. Doctor en Ciencias Biológicas. Premio en el Primer Concurso Internacional Sinergia con Realidades alteradas, 2008. Un relato suyo fue seleccionado para Fabricantes de sueños, 2008, de la AECFT. Primer Premio del Concurso de CF de la revista Juventud Técnica, 2008. Mención Especial en el Concurso Luis Rogelio Nogueras de Ciencia Ficción, 2010. Finalista en el III Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2011. Es uno de los fundadores del Taller de Literatura Fantástica Espacio Abierto y uno de los editores de la revista digital Korad. Cuentos suyos han aparecido en antologías de Argentina y Cuba, en diferentes ezines.

Comentarios

Me gustó el ritmo, pero esperaba un desenlace más original.

Interesante trabajo de un escritor que camina seguro hacia su consolidación en el arte de las letras. Lo saludo y respeto

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