ARTES PLÁSTICAS

Ernesto González Puig: un artista de vanguardia

Elsa Vega Dopico • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla
 

En 1975, el destacado poeta y crítico Pedro de Oraá, en sus palabras al catálogo de la exposición Puig. Dibujos y temperas. Algunas obras inéditas del 48 al 68, que se organizó en galería L escribió que la figura de González Puig estaba llamada a rescatar un puesto relevante dentro de la pintura cubana. En tal sentido, el también artista plástico, abogó por la necesidad de emprender entonces una exposición de carácter retrospectivo que descubriera el periplo seguido por este autor durante varios decenios y sus disímiles períodos pictóricos. Doce años más tarde, en marzo de 1987, el Museo Nacional de Bellas Artes organizó la excelente retrospectiva, curada por Orlando Hernández bajo el atinado título Puig desconocido. El tiempo implacable continuó su curso y 25 años después de aquella ambiciosa muestra, Ernesto González Puig continúa siendo, lamentablemente para muchos, un artista desconocido.

Vale preguntarse ahora cuáles razones han promovido tanta abulia o desconocimiento. ¿Servirán acaso como respuestas los numerosos años que vivió Puig en Santa Clara, alejado del ambiente plástico capitalino? O ¿Quizá fue su vocación compartida entre la psicología y la pedagogía? Razones todas carentes de peso, pues el ilustre desconocido de los pintores de su generación desarrolló, a pesar de la distancia y los otros oficios, una obra vasta y diversa que logró fusionar imaginación y lírica visual en un estilo propio e inconfundible.

Ligado al movimiento de renovación plástica de los años 30 en Cuba, la presencia de González Puig ha sido relativamente desplazada del lugar que por calidades obvias le pertenece. Así podemos constatar cuán injustos o equivocados han estado algunos al pretender tildarlo de “maestro menor” frente a la obra desarrollada por muchos de sus contemporáneos. Fueron precisamente aquellos tiempos en que comenzaron a distinguirse algunos nombres que —junto a figuras ya establecidas como Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Amelia Peláez o Fidelio Ponce— completarían el mapa plástico nacional y entre los que se encuentran: Portocarrero, Carreño, Mariano, Cundo Bermúdez y Luis Martínez Pedro, entre otros.

Los lazos de González Puig con la vanguardia artística cubana lo llevaron a integrar la nómina de autores que exhibieron bajo el rótulo Primera Exposición de Arte Moderno. Para la muestra organizada entre los meses de marzo y abril de 1937 en los salones del Centro de Dependientes de la capital cubana, el artista eligió nueve dibujos que destacaron por su elocuencia y cautivadora modernidad. Perfiles, La calle, Tapiz mágico y Evocación son algunos de los títulos de aquellos trabajos.

Poco después llegaron otras oportunidades con su participación en la II Exposición Nacional de Pintura y Escultura, convocada por la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación y realizada en junio de 1938 en el Castillo de la Fuerza; así como en la muy renombrada 300 años de Arte en Cuba que tuvo lugar en la Universidad de La Habana en abril de 1940 bajo los auspicios del propio recinto estudiantil, la Corporación Regional de Turismo y el Instituto Nacional de Artes Plásticas.

Un episodio muy importante dentro del aval artístico de Puig lo constituyó, sin lugar a duda, su colaboración en la creación de los murales al fresco de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara. La iniciativa de Domingo Ravenet aunó a artistas de la talla de Jorge Arche, Mariano Rodríguez, Eduardo Abela, Amelia Peláez, René Portocarrero y el escultor Alfredo Lozano, quienes junto a un grupo de alumnos favorecieron la aplicación de esta técnica poco utilizada en el ámbito nacional. Los murales inaugurados a principios de diciembre de 1937 sufrieron poco después las críticas y reacciones adversas de los grupos más tradicionalistas de una ciudad que no estaba preparada para asumir ni entender los códigos que promovían las vanguardias artísticas. Finalmente y por la acción de actos barbáricos muchos de estos murales fueron destruidos hacia 1948; mala suerte que corrió precisamente Los estudios, de González Puig, en cuyo mensaje propuso la conjunción del arte y la ciencia en los programas de enseñanza.

Con solo 17 años de edad, Puig realizó su primera exposición personal en septiembre de 1934 en el Lyceum de La Habana. La buena recepción de la crítica lo llevó a calificarlo en ese momento como la nueva revelación de la pintura cubana. Un artista en formación cuyo primer intento fue calificado de acertado y de una innegable novedad. Su demostrado afán por situar las cosas bajo el signo del pensamiento más allá de la emoción constituyó argumento suficiente para resaltar entonces su condición de pintor intelectual.

Imagen: La Jiribilla

En esta misma dirección fueron alabadas las propuestas irreales o deliradas que bajo el sugestivo extravío del buen sentido formuló el joven creador, abrazadas por una aureola de distinguida elegancia y seductora modernidad. El artista no se empeñó en buscar el sentido lógico de las cosas sino tan solo procuró desvestir el subconsciente para emprender viaje y conocer así nuevas caras, nuevas emociones e incluso nuevas vidas. Se trata aquí de propulsar el encuentro de la razón con la emoción, del intelecto con la pasión y del hombre con el cosmos como en algún momento el propio Puig escribió en uno de los tantos bocetos que diseñó a lo largo de su carrera.

En estos trabajos iniciáticos Puig asimiló para sí todo lo mejor de las propuestas vanguardistas europeas del momento. Su demostrado afán por mantenerse al tanto de lo que acontecía en materia de arte a nivel mundial, lo impulsó a convertirse en fiel lector de importantes publicaciones o revistas de la época como las españolas Blanco y Negro o La Gaceta Literaria de Madrid. La lectura de artículos de Eugenio D Órs o Mariano Brull le posibilitó asimismo referencias sobre la pintura de Pablo Picasso y Salvador Dalí.

Sin apenas interlocutores en la escena plástica nacional, González Puig nos revela con estos primeros dibujos su enorme capacidad para asumir los códigos artísticos más contemporáneos y revertirlos en situaciones contextuales diferentes. En las más de 60 piezas exhibidas predominaron los diseños de corte purista incorporados a otros donde se hicieron visibles rasgos propios del surrealismo, el futurismo y el arte abstracto. Las influencias de los ya mencionados Picasso y Dalí son claramente advertidas así como las del propio Giorgio de Chirico, de quien siempre admiró su peculiar tratamiento del espacio.

La variedad de aquel conjunto inaugural permitió constatar algunos títulos como “Génesis” o “Plasma” donde se concilió el vigor cubista con la transformación de los objetos abstractos. Formas flotantes a la manera de “Pájaros y nubes”, “Palmas I” o “Palmas II” contrastaron con la movilidad más rigurosa que a base de líneas geométricas creó en “Poema de los hilos”.

En su gran mayoría son composiciones de gran atrevimiento en el tratamiento de los temas como “Ángeles nuevos” o “Anunciación sin ángel”. En esta última una figura de mujer arrodillada es colocada intencionalmente muy a la derecha del cuadro para que el espectador conciba con su imaginación el tipo de ángel que emergerá en la gran zona vacía de la izquierda.

Imagen: La Jiribilla

Una amalgama de imágenes oníricas de profunda introspección donde la soledad del hombre invade el mundo del artista son otras señales que nos llegan con algunos de estos dibujos. En el “Tren de frío”, por ejemplo, sobresale la inmovilidad de las cumbres y lo recortado de las figuras colinda con el universo mineral. La premonición asoma también con la imagen de “El guardián” que nos muestra una figura femenina con fusil al hombro. La presencia de elementos reconocibles como el vitral de medio punto resulta curiosa en este y otros casos, lo cual le permite anclar la escena a un ambiente o un contexto determinado. De esa manera resultan también identificables la Iglesia del Carmen de su cercana Santa Clara o las palmas de nuestro país que más allá del título rodean la indescifrable “Tragedia cubana”.

En este sentido la enigmática pieza “El músico va a cantar” resulta tal vez una especie de autorretrato del artista. La lucha del hombre frente a la incomprensión se devela en ese desnudo masculino que se apoya con su guitarra pensativo sobre uno de los tantos cubos desplegados sobre la escena e irrumpe en un paisaje completamente vacío y desolado. Este peculiar mundo fraguado por la imaginación de González Puig reunió así resortes, tijeras sonoras, compases de piedra, ciudades que sueñan, olas que se agitan sobre continuados ritmos azules; así como calles o vías que funden elementos arquitectónicos diversos y distantes.

Con posterioridad la obra de González Puig continuó su andar por un camino que se diversificó pero que estuvo siempre marcado por un agudo sentido de la experimentación. Si hay algo de lo cual Puig nunca adoleció fue precisamente de su extraordinaria capacidad para fabular y crear mundos tan irreales como divinamente fantaseados. Hacia los años 60 evolucionó a lo que se considera el eje principal de su creación: las series de islas y ciudades, en las cuales, y tras un interesante proceso de reconsideración de la geografía insular, sus paisajes, alejados de todo localismo, adquirieron plena universalidad. Con el tiempo sus islas se volvieron bravas o espíneas y se fueron llenando de soles, gentes, signos y abundante vegetación. González Puig construyó así su propio canto de insularidad, persuadido de que el hombre debe mirar en todo momento hacia adentro ya su alrededor.

Hoy al cumplir los cien años de vida tan importante creador, otra pregunta se impone: ¿Cuál sería el mejor homenaje para un artista que merece y espera un verdadero reconocimiento?

La etapa investigativa previa a la realización de esta exposición nos permitió analizar con mesurado criterio todas las etapas creativas por las cuales transitó. Un justo balance entre ellas nos proporcionó distinguir —a pesar de la comentada escasa divulgación de su obra— cuál ha sido precisamente la franja menos conocida o difundida dentro de su vasta producción artística. Contrariamente a lo que quizá muchos esperan cuando se habla de homenajear a un artista en su centenario, no pensamos en repetir una exposición de corte retrospectivo ni tampoco antológico. Al circunscribir la presente selección a aquellas obras iniciales de los años 30, pretendemos reposicionar y reafirmar la importancia de González Puig dentro de la historiografía de la plástica cubana y particularmente dentro de su movimiento de arte moderno o de vanguardia.

Imagen: La Jiribilla

Festejemos, entonces, todos juntos los primeros cien años de vida de Ernesto González Puig, figura imprescindible de nuestra plástica nacional, convencidos de que este será el punto de partida para un nuevo viaje. Es también la inquietud, el perpetuo movimiento de quien supo que lo definitivo es gas paralizante para la creación, del artista que vio la operación creativa como un auténtico encuentro de la razón con la emoción [1].
 

Palabras inaugurales de la exposición Ernesto González Puig. Sobran los motivos. Homenaje a su Primer Centenario, realizada en la Galería La Acacia el 24 de mayo de 2013.

[1] Alonso, Alejandro G. “El camino de González Puig”. Revolución y Cultura. La Habana. nro 6. jun 1987. pp28-35

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