Ernán López Nussa, apropiaciones

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Un año después de que conquistara el Gran Premio Cubadisco y el Premio Discográfico del ALBA, Ernán López Nussa se halla inmerso en la culminación de una nueva etapa de trabajo, que ya ha mostrado en conciertos personales e intervenciones en otros programas, pero que considera todavía como una exploración de la cual espera mayores resultados.

Él llama a esta experiencia Sacrilegios. Pero cuando se le compara con procedimientos al uso en las artes plásticas, podrían llamarse Apropiaciones.

Se trata de retomar obras del repertorio clásico occidental y reinventarlas a partir de la experiencia jazzística acumulada a lo largo de los años y que lo ha hecho clasificar como uno de los más destacados pianistas del género entre nosotros.

Sea un preludio de Bach, un nocturno de Chopin o una pieza de Debussy, Ernán toca la partitura tal cual es, con todo el rigor de su sólida formación académica y su afianzada visión sobre los autores y sus estilos. Luego, sobre la base del principio de la variación, desata su imaginación para recrear los temas de manera muy libre y creativa, tal como han hecho no pocos pintores con referentes visuales establecidos en la historia del arte.

Conocedor de esta zona de la creación visual, Ernán confiesa sentirse como una especie de Duchamp en las lides del pentagrama. Un Duchamp pletórico de ritmos aprehendidos por haber compartido con grandes percusionistas cubanos, entre los que sitúa en primer plano a Tata Güines.

De Tata destaca su sabiduría ancestral, su indiscutible magisterio, su incomparable sonido. Lo asume como el heredero de la grandeza de un Chano Pozo.

También revela el nombre de otro al que casi nunca, salvo en la memoria y el juicio de Leonardo Acosta, se le hace honor, el inefable Anselmo Febles, Chembo, fundador a fines de los años 70 del pasado siglo de Afrocuba, agrupación en la que Ernán comenzó su carrera profesional.

Chembo, quien por cierto esculpía y pintaba, no solo era capaz de llevar al plano de la improvisación jazzística el legado de la percusión ritual de origen africano, sino solía sentarse ante el teclado para desplegar esos ritmos en atrevidas invenciones.

Los Sacrilegios de Ernán lo devuelven a uno de los territorios donde creció. En los tempranos 70 estuvo bajo la tutela de uno de los más reputados maestros de la escuela cubana de piano, el siempre recordado César López. Fue finalista en el Concurso Internacional de Piano Teresa Carreño (Caracas, 1982) y ese mismo año conquistó el primer lugar en el Concurso de la UNEAC.

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