Para un Roble de olor

Ulises Rodríguez Febles • Matanzas, Cuba
Para los que caminan y siguen caminando…
 

No es la primera vez que Ediciones Vigía publica un guion de cine. Antes lo había hecho con Fresa y chocolate, de Senel Paz. Ahora lo hace con Roble de olor, original de Eugenio Hernández Espinosa y Rigoberto López Pego, ficción inspirada en la crónica “El romance de Angerona”, de Leonardo Padura. Recuerdo este texto que nos sumergía en un cafetal del siglo XIX, lo que permite comparar cómo los guionistas ficcionan y crean un espacio renovado y original de las simientes del otro, personajes y situaciones de los fantasmas que aún deambulan sobre las entrañas del lugar, donde confluyen los dolores y  anhelos de  los hombres y mujeres que hicieron posible soñar la utopía o caminar un poco más hacia el horizonte, unos pasos quizá, antes de la hecatombe, que hasta ahora casi siempre las sucede.

Publicar un guion es documentar para la historia de la cultura de una nación el cuerpo escritural de lo que la visualidad de un filme, que tengo muy claro en mis recuerdos, procreó desde la estética del realizador que es Rigoberto López Pego.

Esa amalgama de sensibilidades de los guionistas, es también algo que permite, desde la colaboración, una fusión de lenguajes posibles, de desdoblamientos de lo técnico de un guion, para acotar lo poético y siempre lo dramático.

López Pego, figura esencial de la cinematografía cubana, estudioso de la expresión y la identidad caribeña. Un hombre para el que las tierras del Caribe ha sido tema en varias de sus obras; pero, especialmente, en Puerto Príncipe mío, una exploración eficaz y profunda en las raíces de la gente y el fulgor de la tierra de Makandal y Toussaint Louverture. Una manera de concebir desde lo visceral, una manera de ver a la región, desde el arte.  

Eugenio Hernández Espinosa, dramaturgo y director de Teatro Caribeño, figura paradigmática de nuestra escena. Un ser que ha creado clásicos memorables con un conocimiento profundo de la historia, de los apocalipsis sociales y los dramas del hombre y la mujer negra de Cuba y el Caribe.

Ambos amantes y conocedores del tema, se adentran en esta historia con el alma sensible que los caracteriza y un Ojo, que focaliza y jerarquiza planos que van —cámara: indagadora, lírica, estilizada y a la vez escrutadora— desde lo sicológico de los personajes, sus contradicciones, a veces insalvables —y es ahí la gran tragedia—  al gran paisaje de luz y sombras que crean sus conflictos, sobre el verde intenso de las montañas, el azul del agua y especialmente el rojo de los cafetos maduros, dulzones, antes de ser oscuros cuando se tuestan al sol o al fuego o como la sangre. Ese rojo sobre el ocre, que contrasta con el negro en este libro editado por Estela Ación, con diseños y dibujos de Johann E.  Trujillo, que nos presenta en portada y contraportada, la multitud o el dúo de la esperanza, marcados — como presagio o concreción— por la caída indetenible, desde una mancha,  de la sangre.