Actualidad de la industria editorial cubana y urgencias para el cambio

Jacqueline Laguardia Martínez • La Habana, Cuba

En Cuba no es usual pensar los temas editoriales desde el campo de las ciencias económicas; suelen preferirse aproximaciones de naturaleza filológica, sociológica, o propias de los estudios culturales. Sin embargo, en otras latitudes, es común la práctica de examinar la producción de la cultura a través del prisma de la economía, pues es la producción de bienes y servicios culturales una actividad económica con participación significativa en el PIB y en la generación de empleos, por solo mencionar dos indicadores macroeconómicos de obligada referencia.

Dentro del conjunto de los bienes culturales reviste el libro un atractivo especial por su capacidad de preservar, trasmitir y divulgar conocimientos, ideas, pasiones... En la actualidad, juega la literatura un rol fundamental en la propuesta de discursos contrarios al orden capitalista, a la vez que reta los intentos de homogeneización de consumos y comportamientos y contribuye a la (re)creación del imaginario contrahegemónico y las prácticas alternativas.[1]

A las razones anteriores se suma nuestro interés de contribuir a la transformación de la industria editorial nacional, cuyo funcionamiento aún permanece garantizado por el apoyo estatal. En el contexto de la actualización del modelo económico cubano: ¿podrá sostenerse la actividad editorial ante la eventual disminución de los recursos provenientes del presupuesto del Estado?, ¿cómo generar los ingresos necesarios para cubrir gastos, obtener ganancias, financiar inversiones?, ¿qué hacer para incorporar la necesaria mirada económica al ciclo del libro en Cuba?

Breve historia reciente de la industria editorial cubana

En 2000, en el contexto de la Batalla de Ideas, se inició una nueva etapa en la vida cultural y social cubana, cambio influenciado por la celebración, en 1998, del Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). El objetivo de lograr una “cultura general integral”, en especial entre los más jóvenes, se tornó propósito fundamental de la Revolución y principio orientador de las políticas públicas nacionales. Las políticas de educación y del libro se convirtieron en pilares básicos para este empeño y espacios desde donde se promovieron iniciativas como la colección Biblioteca Familiar y la extensión a todo el país de la Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH) que pasó a llamarse Feria Internacional del Libro de Cuba.

Imagen: La Jiribilla

Títulos y ejemplares producidos. Años 1991-2011.
Fuente: Resumen estadístico 2011, Instituto Cubano del Libro, 2011, pág.6 -7
 

La recuperación de la industria editorial a partir del 2000 se hizo visible tanto en la cantidad de títulos como de ejemplares publicados. Sin embargo, las restricciones económicas de los 90, aún no remontadas completamente y agravadas por los efectos devastadores del paso de huracanes sobre el país, así como los impactos de la presente crisis económica global, aún afectan el desarrollo de la actividad editorial que depende, en un altísimo porciento, de las subvenciones estatales asignadas —los picos registrados en 2003 y 2005 se explican debido a la producción de las colecciones de la Biblioteca Familiar para los lectores cubanos y también para ser colocadas en otros países de la región.

La actividad editorial, a pesar de los cambios registrados en las dinámicas de reproducción de los bienes culturales en el país, ha logrado conservar —con excepción de la venta de libros de uso en la que tradicionalmente han participado actores privados— al conjunto de los procesos del ciclo del libro dentro del sector estatal de la economía. Ha logrado mantenerse en todas las provincias del país, si bien se registra una fuerte desproporción que acusa una alta concentración en la capital, y dentro de ella en algunos municipios.  

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Autores cubanos distribuidos por provincias de residencia. Año 2011.
Fuente: A partir de información facilitada por la Secretaría de la Asociación de Escritores, UNEAC. 2011.
 
 
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Distribución territorial de las editoriales cubanas. Año 2011.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Instituto Cubano del Libro (ICL). Resumen estadístico 2009, 2010, pág.6
 

De acuerdo con datos del ICL, de 2011, en Cuba existen 175 sellos editoriales registrados como activos, distribuidos en todas las provincias con una marcada concentración en la capital del país. Las mayores casas editoriales cubanas aún permanecen como unidades presupuestadas. [2]

Las restricciones económicas, acentuadas en los últimos años, han afectado principalmente la impresión de libros con destino comercial. La cantidad de ejemplares de libros de texto aumenta en contraste con la reducción del resto de las producciones, lo que demuestra la voluntad estatal de garantizar, en primer lugar, la existencia de los libros demandados por el sistema educacional cubano. La disponibilidad de títulos, por otra parte, se mantiene relativamente estable, otro indicador de la disminución en las tiradas que se hace más visible en el sector de los libros hechos para la venta.

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Títulos y ejemplares. Libros de texto y literatura infantil-juvenil. Cuba. Años 2008-2010.
Fuente: Instituto Cubano del Libro (ICL). Resumen Estadístico ICL, 2009, 2010, 2011
 

En Cuba, son pocas las imprentas que se dedican a la producción de libros como actividad principal, porción que se reduce al restringirse el análisis a aquellos poligráficos que producen libros con destino a la comercialización. Al igual que el resto de los agentes y procesos, en la Isla las capacidades instaladas para la impresión de libros se concentran en la capital, si bien aparecen otras instalaciones en funcionamiento en el resto de las provincias.

Las capacidades mayores y más modernas ―con la excepción de la Empresa de Artes Gráficas Federico Engels― pertenecen en su mayoría a la Unión Poligráfica. Otras organizaciones que producen libro en Cuba son: Ediciones Caribe S.A., Escandón Impresores, Palcograf, Geocuba en Cienfuegos y la imprenta Abel Santamaría de la Editora Política. Para tiradas menores existen también las imprentas pertenecientes al Sistema de Ediciones Territoriales (SET), comúnmente llamadas “RISO” en alusión al nombre de las máquinas impresoras.

En Cuba, el principal espacio para la venta de libros sigue siendo la librería. En 2011, según datos del ICL, existían en el país 339 librerías, concentradas en la capital si bien cada municipio cubano cuenta con, al menos, una. Los libros llegan a los lectores, además, gracias a las 385 bibliotecas en servicio distribuidas por todo el país (ONE, 2011). Las librerías responden como estructura administrativa a los Centros Provinciales del Libro y la Literatura (CPLL).

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Distribución territorial de las librerías cubanas. Año 2011.
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Instituto Cubano del Libro (ICL). Resumen estadístico 2009, 2010, pág.34
 

La actividad de comercialización del libro en Cuba está marcada por una fuerte estacionalidad, asociada a eventos culturales que tienen por centro la promoción del libro y el fomento de la lectura. Considerada como el acontecimiento más trascendente del sector editorial cubano, la Feria del Libro es el mayor espacio de participación e intercambio de todas las entidades y profesionales vinculados al espacio del libro en el país. Entre 1982 y 2000 el evento tuvo carácter bianual.

A partir de 2000, a tono con el objetivo de promover la cultura general integral y los programas de la Batalla de Ideas, la Feria se celebra cada año con dedicatorias a autores cubanos y a país(es) o cultura(s) extranjera(s). Desde 2002, la Feria abandona su recinto de La Cabaña y cobra carácter nacional al extenderse a otras ciudades en el país.

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Ejemplares vendidos y visitantes a la Feria del Libro, Cuba. Años 2002-2011.
Fuente: Instituto Cubano del Libro (ICL). Resumen Estadístico ICL, 2010. pág. 32.
 

Sin embargo, su impacto mayor se asocia con la gestión comercial. Es la Feria el momento del año en el que se registran mayores ventas de libros y otros impresos, no solo de aquellos de factura nacional sino también de la oferta diversa que traen los expositores extranjeros, la que no suele encontrarse a disposición del público cubano fuera de los marcos de este evento.

El análisis de los agentes que participan en el ciclo del libro no puede concluir sin considerar a los lectores, consumidores que han de funcionar como ejes orientadores de la oferta editorial. No son los únicos, sin embargo. El propósito de formación de hábitos de lectura, difusión de contenidos y construcción de preferencias, valores, imaginarios, necesita de textos que, sin ser altamente demandados, han de tornarse —a partir de la aplicación de políticas y acciones— en objetos de interés, de deseo. Y no olvidemos otros factores que intervienen, en grado diverso, en la conformación de la oferta. Criterios de excelencia literaria esgrimidos por jurados que premian obras en concurso, efemérides y coyunturas políticas, favoritismos de editores, son algunos de los más usuales. Tal inducción de la demanda ocurre a través de la sistemática edición de novedades, que los canales de venta impulsan desde sus espacios destinados a la exhibición y promoción.

Si bien en los últimos años se han emprendido varias investigaciones, a nivel territorial y nacional, con el objetivo de caracterizar a los lectores cubanos, (Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, 2009, 2011; Observatorio Cubano del Libro y la Lectura 2009, 2010, 2011), lo que ha permitido avances sustanciales en el conocimiento de los lectores cubanos, el incremento de las opciones que brinda la multiplicidad de bienes y servicios culturales hace necesario ahondar en la investigación sistemática sobre gustos, preferencias e inconformidades.

El propósito de formación de hábitos de lectura, difusión de contenidos y construcción de preferencias, valores, imaginarios, necesita de textos que, sin ser altamente demandados, han de tornarse —a partir de la aplicación de políticas y acciones— en objetos de interés, de deseo.

Sin ahondar en los resultados de tales investigaciones solo señalaremos que los lectores cubanos se comportan, en sentido general, de manera similar a los públicos lectores de otras latitudes. Prefieren la narrativa como género y la lectura de temas policiacos, históricos, románticos, de aventuras. Resalta en Cuba la preferencia por la poesía, género con reconocimiento menor a nivel internacional.

La industria editorial cubana en el contexto de la actualización del modelo económico cubano

En la producción de libros en el país predomina el soporte impreso, tal y como aún ocurre en el sector editorial a nivel global. La pujanza de las publicaciones digitales se manifiesta, sobre todo, en el número de títulos que se producen, no así en los ejemplares ni en su fácil acceso desde la Web, factores que las hacen un segmento cuasi invisible para la mayoría de los lectores. Según datos del ICL, en 2009 solamente se produjeron 67 238 ejemplares en soporte digital, en 2010 la cifra alcanzó los 29 790 y en 2011 aumentó nuevamente hasta los 51 793 ejemplares, lo que representó entre el 0,1 y el 0,2 porciento de la producción total anual.

Entre las editoriales que apuestan por el formato digital sobresale CITMATEL, seguida por los sellos editoriales universitarios: Ediciones UO de la Universidad de Oriente, Editorial Feijóo de la Universidad Central de Las Villas, Editorial Ciencias Médicas, Editorial CUJAE, Editorial Universitaria y las publicaciones de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM). También se destacan otras editoriales que producen bibliografía con destino a la capacitación profesional, tales como Ediciones Balcón de la Escuela de Altos Estudios de Hotelería y Turismo y el Sello Editor Educación Cubana.

Prácticamente, la totalidad de la producción de las editoriales cubanas se completa en la industria gráfica nacional. Hoy día la posibilidad de imprimir en el extranjero se ha reducido drásticamente ante las restricciones para el uso de divisas libremente convertibles. Las publicaciones periódicas solían buscar opciones de impresión fuera del país, pues no pueden arriesgar incumplimientos en sus cronogramas de entrega ante los posibles cuellos de botella en los poligráficos cubanos. Es este el mayor obstáculo con el que tropieza la producción de libros en Cuba, asociado al hecho de que la casi totalidad de la base tecnológica y los insumos que utiliza la industria editorial son importados.

Los imprevistos generados en la fase de impresión justifican el temor a los incumplimientos en las fechas de entrega pactadas por los poligráficos. La estacionalidad de la industria poligráfica cubana, que transita desde la producción de impresos que garantiza la base material de estudio de cada curso escolar a las producciones para la comercialización en la Feria del Libro cada febrero, se ve frecuentemente alterada ante la falta de insumos o demandas de publicaciones no previstas y priorizadas que alteran la planificación anual. En un escenario donde las demandas editoriales superan a menudo las capacidades poligráficas en funcionamiento, resulta difícil prever la entrada efectiva de los títulos en el mercado minorista. La prioridad otorgada por el Estado cubano a la educación en todos sus niveles provoca que las tensiones finales recaigan en la producción de la literatura de ficción con destino a la venta. Y tal tensión se traduce en la imposibilidad de planificar y ejecutar estrategias de promoción y mercadeo, necesarias para la comercialización exitosa de cualquier producto, sobre todo de los impredecibles y caprichosos bienes culturales.

A pesar de las dificultades señaladas en la fase de producción del soporte libro, es en su distribución y comercialización donde radican los mayores problemas del sector en el país. Las librerías, que aparecen hoy como el principal punto de venta minorista en el país, liderazgo posible ante la escasez de otros espacios que compitan de manera sistemática en la comercialización del libro, no son reconocidas en su carácter de instituciones con una dinámica vida cultural. Han quedado rezagadas con relación a sus similares en el extranjero en aspectos organizativos, ambientación, gestión comercial y proyección cultural y comunitaria. Con la excepción de la Fayad Jamís y las librerías Ateneo, nuestras librerías no logran atraer a los lectores con regularidad ni son identificadas como centros culturales atractivos, factores que hacen harto difícil la comercialización del libro.

Un factor fundamental que incide en la pobre gestión de las librerías es la actitud pasiva a la que han sido relegadas en el funcionamiento actual del ciclo del libro en el país. No se les incluye en las decisiones relativas a qué, cuánto y cuándo vender, sino que han de subordinarse a las disposiciones de los Centro Provincial del Libro y la Literatura.

Los estudios de consumo cultural y de hábitos de lectura en Cuba confirman la existencia de públicos diversos con peculiaridades territoriales. La información de tales investigaciones es retroalimentación imprescindible para el diseño de los planes editoriales y la oferta de libros que ha de superar, definitivamente, la visión del público como una masa con necesidades e intereses homogéneos, así como cierta percepción dicotómica entre “cultura” y “entretenimiento”.

La desconexión entre producción y comercialización, con desbalance que favorece el momento productivo, cobra su precio en las significativas cantidades de libros que yacen en los almacenes. Se producen libros que no se venden, y los mecanismos necesarios para impulsar las ventas y rotar títulos envejecidos o deficientemente colocados, efectuar donaciones, rebajar precios, fomentar compras institucionales o escuchar las opiniones de los lectores sobre sus preferencias de temáticas y autores, si bien previstos y utilizados, carecen de sistematicidad en su implementación y suelen ponerse en marcha cuando los problemas ―es decir, los inventarios― desbordan las posibilidades de soluciones efectivas en el corto y mediano plazo.

Otras razones que inciden en la insatisfactoria actuación comercial son la ausencia de un sistema ágil y eficaz de información sobre las ventas en las librerías que sea capaz de generar mecanismos de conciliación y recirculación interterritoriales de los inventarios a través de una gestión central y permanente de la DNL; la desaparición de la profesión “librero” ―tragedia de dimensiones globales― y los mecanismos poco ágiles para el ajuste de los precios ante el estado de los inventarios y las preferencias lectoras identificadas.

Los estudios de consumo cultural y de hábitos de lectura en Cuba confirman la existencia de públicos diversos con peculiaridades territoriales. La información de tales investigaciones es retroalimentación imprescindible para el diseño de los planes editoriales y la oferta de libros que ha de superar, definitivamente, la visión del público como una masa con necesidades e intereses homogéneos, así como cierta percepción dicotómica entre “cultura” y “entretenimiento”.

Las deficiencias en la promoción de libros y autores se suman a los factores que limitan la gestión comercial. Al ser el libro cubano menos mercancía que producto cultural, la promoción se focaliza en la divulgación de los méritos literarios de la obra más que en la incitación a la lectura, o en los eventos del libro —Feria del Libro, FULL— más que en los libros mismos. Y es que el lugar por excelencia para la promoción del libro ―la librería― es insuficientemente aprovechado, si bien en algunas provincias es la librería quien acapara la atención de los públicos interesados en el libro y la literatura. Según datos de la Dirección de Promoción del ICL, del total de los espacios promocionales a nivel nacional, solamente el 23,8 porciento ocurre en las librerías, y de estos el 12,24 porciento se concentra en Cienfuegos, provincia que privilegia a las librerías en sus acciones de promoción. Si tenemos en cuenta que cada municipio del país cuenta con, al menos, una librería en funcionamiento: ¿por qué no recuperarlas para la promoción de libros y autores? ¿Acaso no es esta actividad fundamental para una gestión de ventas más exitosa?

Una excepción que ha probado su efectividad como acción de apoyo a la comercialización es la estrategia promocional que, durante el verano, destaca un conjunto de títulos de géneros, temáticas, autores y editoriales diferentes y los hace centro de la promoción; a la vez que garantiza su presencia, en ejemplares suficientes, en los principales puntos de venta que funcionan en el periodo. Estos libros sí se venden, más y más rápido.

El desafío mayor de la industria editorial cubana en la actualidad, sin embargo, no solo radica en la imperiosa necesidad de reconocer instrumentos de gestión económica que soporten su vocación social e integren, efectivamente, creación, producción, comercialización y consumo, sino también en la urgencia de integrar la transformación tecnológica que hoy reconvierte el ciclo del libro en su conjunto. La digitalización de los contenidos, la producción de libros electrónicos, la introducción de lectores electrónicos, la proliferación de librerías y bibliotecas virtuales, la capacitación de los profesionales del sector en torno a las nuevas maneras de hacer literatura —y de leer— en el universo digital, son algunos de los propósitos a atender en el futuro inmediato de la política del libro en el país. [3]

La producción de libros en Cuba mantiene un alto reconocimiento dentro de la política cultural de la Revolución por su importancia como sostén de los planes educacionales y la formación de una nueva mentalidad, aspiración consecuente con los propósitos de construir una sociedad poscapitalista. A pesar del interés continuado y los impulsos renovados desde el Estado cubano, la industria ―que a tenor con la vida económica del país ha conocido de varias reorganizaciones hacia la centralización (1959, 1967, 2000) o descentralización (1962, 1976, ¿1989?)― sufre de males que impiden su buen desempeño económico.

El talón de Aquiles en la gestión económica de la industria editorial cubana queda expuesto en el proceso de distribución y comercialización. La desconexión entre producción y venta, que funcionan de manera aislada y no se retroalimentan sostenidamente, provoca demandas insatisfechas y tiradas excesivas que se acumulan en apagadas librerías ante débiles estrategias para impulsar su realización. Amén de decisiones de política, los diseños de planes de producción y estrategias de comercialización no pueden desconocer los estudios de mercado o las opiniones de los CPLL y los libreros, criterios que permitirán, para cada título, la corrección de la tirada, la confección de pautas de distribución en correspondencia con las características territoriales y públicos diversos, la promoción intencionada de autores, temáticas y títulos, y el rescate de las librerías como espacio privilegiado de divulgación y venta.

Para el rediseño y los ajustes de la política en pos de superar las fragmentaciones en el ciclo del libro, consideramos que el punto de partida se ubica en una urgente desestigmatización de la cualidad del libro en tanto mercancía —lo cual, insistimos, no es pecado alguno—. El sistema del libro en Cuba establece que la literatura no incluida como texto básico de los planes de enseñanza sea vendida —a precios subvencionados en su mayoría— a través de la red de librerías construida con el propósito de llevar el libro hasta los territorios más apartados. Que quede confinada en librerías o almacenes contradice este supuesto y limita la difusión de conocimientos, la socialización de saberes, la multiplicación de ideas y la formación de valores. Y la producción editorial debe, al menos para justificar el alto componente de subvenciones y subsidios que garantizan su continuidad, no generar pérdidas económicas.

El empeño dedicado a la creación, producción y distribución se torna estéril al derrocharse recursos y malgastarse capacidades instaladas. Y no quiere decir esto que ahora en Cuba deba “escribirse para vender” ni que se despoje al acto creador de su “pureza original”, sino que se garantice que aquello publicado e interesante, atractivo y útil llegue efectivamente al público lector quien, con su acto de compra, dará el primer paso en el acto de consumo que finaliza con la apropiación de los contenidos leídos. ¿Por qué insistimos en reñir calidad literaria y éxito comercial? ¿O acaso no deben los lectores, mediante la compra, “opinar” sobre lo que es bueno, o no lo es?

El empeño dedicado a la creación, producción y distribución se torna estéril al derrocharse recursos y malgastarse capacidades instaladas. Y no quiere decir esto que ahora en Cuba deba “escribirse para vender” ni que se despoje al acto creador de su “pureza original”, sino que se garantice que aquello publicado e interesante, atractivo y útil llegue efectivamente al público lector quien, con su acto de compra, dará el primer paso en el acto de consumo que finaliza con la apropiación de los contenidos leídos.

Reconocer que en Cuba existe un mercado del libro significa trabajar para que el mismo funcione y sea útil, también, a los propósitos de la política cultural. Sin embargo, tal declaración tropieza con las acusaciones demoníacas que se lanzan contra el mercado, arengas que recuerdan el desprecio otrora manifestado por la antigua aristocracia feudal que consideraba al comercio actividad “indigna”, “innoble”, “vulgar”.

Con relación a la tendencia a la concentración, presente en todos los agentes y procesos de la cadena, no podemos pronunciarnos a favor o en contra. Investigaciones efectuadas en otros países no son conclusivas con relación a la conveniencia o no de mantener clusters creativos, y los resultados dependen tanto de la especificidad de la actividad ―hacer películas, editar periódicos, publicar cómics― como de las características propias de los territorios estudiados. Lo cierto es que, para el caso cubano, a pesar de los esfuerzos sostenidos por dispersar la actividad editorial ―véase si no la presencia de al menos una librería en cada municipio del país o la creación del Sistema de Ediciones Territoriales para incentivar la producción intelectual y la creación literaria local― persiste la concentración en las capitales de provincia, en especial en La Habana que funciona como centro editorial a nivel nacional.

Además de las carencias que se acumulan en el ciclo del libro —significativas sobre todo en la gestión comercial— la industria editorial cubana enfrenta otros desafíos, en su mayoría comunes también para la generalidad de las naciones subdesarrolladas. Entre estos sobresalen:

  • Desconocimiento general de las modificaciones que se suceden en el conjunto de los procesos editoriales.
  • Escasez de recursos materiales y financieros.
  • Obsolescencia en el conjunto de la infraestructura y el ordenamiento editoriales.
  • Predominio de producciones que privilegian al libro impreso sin considerar las oportunidades que representan los soportes alternativos: contenidos digitales, audiolibros, libro-arte.
  • Insuficiente labor de mercadeo y de promoción diferenciada ante la avalancha creciente de más títulos en menores tiradas.
  • Insuficiente inversión —tanto doméstica como foránea— para impulsar la transformación tecnológica.
  • Conectividad limitada, oferta insuficiente de dispositivos para la lectura digital, así como de contenidos digitalizados.
  • Escaso interés y marcada desconfianza por parte de los agentes de la industria editorial en las transformaciones tecnológicas asociadas a la digitalización de libros, las nuevas plataformas de lectura, las transacciones on line, la impresión bajo demanda, entre otras.
  • Comprensión y uso limitados de las herramientas del análisis económico aplicadas a las particularidades de la producción editorial.
  • Ausencia de estudios sistemáticos sobre el estado y la evolución del mercado del libro y los hábitos de lectura, así como de un sistema estadístico consolidado para la totalidad del sector, a pesar de los notables avances en los últimos años a partir de la creación del Observatorio Cubano del Libro y la Lectura.

No obstante, tales obstáculos pueden ser salvados —algunos de manera parcial, otros quizá totalmente—. La industria editorial cubana fue capaz de construirse superando barreras aparentemente infranqueables. Al triunfar la Revolución, sin la posibilidad de comprar piezas, materia prima o tecnología, y sin personal entrenado editorialmente, se produjeron más y más libros. Cuando no hubo pulpa de madera importada para elaborar papel blanco de calidad se logró el semibond cubano; al quedar desactivados y sin personal técnico los talleres más sofisticados para la impresión de diarios y revistas se creó con ellos la Imprenta Nacional; cuando se agudizó el problema de los libros de textos universitarios y resultaba imposible por las presiones del bloqueo pagar por concepto de copyrights la autorización para reproducirlos surgió Edición Revolucionaria. El momento presente coloca al sector editorial ante dificultades nuevas, asociadas sobre todo a la urgencia de generar ingresos que le permitan avanzar en el sendero de la sostenibilidad, sin que esto signifique el abandono absoluto del apoyo estatal.

Las transformaciones señaladas han de efectuarse, necesariamente, en el marco del actual proceso de actualización del modelo económico, cuyos impactos en el sector cultural aún están en proceso de discusión, evaluación y ensayo. Si bien la producción masiva de libros se reconoce como pilar fundamental de la política cultural de la Revolución, ciertos cambios en aras de la mayor racionalidad y eficiencia económica se antojan necesarios y útiles.

Subrayamos, en este sentido, la importancia de garantizar la provisión mínima de los recursos imprescindibles para la producción de libros. Si bien en el mediano plazo no es factible proponerse la autosuficiencia industrial para la generación de una planta poligráfica “hecha en Cuba”, sí consideramos posible el rescate de la industria papelera nacional a partir de experiencias nacionales exitosas. En el marco de la actual política de sustitución de importaciones, la recuperación de la producción papelera nacional resulta central para la actividad editorial, en especial en el escenario actual de incremento sostenido de los precios a nivel internacional.

Otros elementos se relacionan con el paso de unidades presupuestadas a empresas y la mayor exigencia a las unidades que, efectivamente, integran el espacio empresarial, la disciplina en los pagos y cobros, la firma de contratos que funcionen como instrumentos legales para exigir el cumplimiento de servicios en fecha y con calidad y el aprovechamiento de fuentes de ingreso nuevas o poco explotadas.

Las editoriales cubanas, a diferencia de muchas en otras distancias, se preocupan más por la generación de lectores que por el aumento de compradores de libros. El consumo que se promueve trasciende el mero acto de compra para comprender ese proceso social que moldea preferencias, estructura escalas de gusto y desempeña un papel fundamental en la producción de conocimientos y en los intercambios de información y significaciones. Si pensamos este proceso fuera de los ámbitos domésticos vale recordar que los libros cubanos suelen difundir imaginarios alternativos al pensamiento hegemónico, argumento importante para prestar al devenir y desarrollo de la producción editorial nacional una atención especial: del éxito mayor de la gestión económica dependerá también la mejor contribución de la literatura y los intelectuales cubanos a la construcción de un mundo mejor.

En este sentido, subrayamos la importancia de implementar una estrategia efectiva capaz de colocar a los autores y libros cubanos en otras latitudes. Los mercados latinoamericanos muestran potencialidades no explotadas que, a partir de un plan de acciones bien diseñado y cuidadosamente puesto en marcha, podrían significar no solo la mayor difusión de nuestra producción literaria, sino además el ingreso de recursos financieros que permitirían incrementar la tasa de inversión y la modernización industrial del sector editorial nacional.

Por otra parte, urge recordar que los cambios en el universo del libro se suceden ágiles y, de no ser capaces de incorporar las transformaciones rápidamente, de insertarnos en las corrientes editoriales regionales y mundiales, de introducir la revolución digital en el sector editorial, quedaremos rezagados y desconectados de la actividad editorial a nivel global. De nosotros también depende no permitir que la brecha tecnológica nos margine y, para ganar las batallas que en la actualidad se pelean en el campo editorial, es imprescindible iniciar la transformación de la industria editorial cubana en su desempeño, tanto doméstico como foráneo.


Bibliografía referenciada
 
Instituto Cubano del Libro (ICL). 2009. Informe del Instituto Cubano del Libro al Consejo de Dirección del Ministerio de Cultura. Instituto Cubano del Libro. La Habana : s.n. pág. 54.
—. 2009. Resumen Estadístico 2008. La Habana : s.n.
—. 2010. Resumen estadístico 2009. La Habana : s.n.
—. 2011. Resumen Estadístico 2010. La Habana : s.n.
—. 2012. Resumen Estadístico 2011. La Habana : s.n.
Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello. 2009. II Encuesta Nacional de Consumo Cultural en Cuba. Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y Oficina Nacional de Estadísticas. La Habana : s.n.
Observatorio Cubano del Libro y la Lectura (OCLL). 2011. Encuesta nacional de consumo de libros y hábitos de lectura. Observatorio Cubano del Libro y la Lectura, Instituto Cubano del Libro. La Habana.
—. 2010. Encuestas diarias aplicadas a público asistente a sede Morro-Cabaña, Feria Internacional del Libro, Cuba.
Oficina Nacional de Estadísticas. 2011. Anuario Estadístico de Cuba. Oficina Nacional de Estadísticas. [En línea]. www.one.cu/aec2010/


 
[1] Para un análisis más detallado de la naturaleza mercantil del libro y del resto de la producción artística véase  “¿Industrias culturales o creativas? Notas sobre economía de la cultura”, en Revista TEMAS, número 72, octubre – diciembre de 2012, ISSN 0864-134X, pág. 28 – 37.
[2] A partir de 2011, y en consonancia con la actualización del modelo económico cubano, se dio inicio al proceso de conversión de las editoriales en empresas. Dentro de la estructura del ICL se inició la reconversión en las editoriales José Martí, Gente Nueva y Oriente.
[3] Sobre la transformación tecnológica que reconfigura el sector editorial véase Industria editorial y transformación tecnológica: ¿adiós al soporte impreso? , en Perfiles de la Cultura Cubana,  Revista del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, No. 1, enero-abril, 2008. http://www.perfiles.cult.cu/article.php?apellidos=Laguardia+Mart%EDnez&nombre=Jacqueline&article_id=259

 

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