El torturador

Severo Sarduy • La Habana, Cuba

¡No es cierto lo que dicen! No he matado a cien personas. Solo a unas 40, y otras 20 torturadas... es decir, 22, porque había dos niños, ahora que recuerdo.

Pues bien, ¿por qué no confesarlo? Soy el mejor torturador del régimen.

Si bien es cierto que al principio mi ejecución era algo burda, también lo es que he refinado mis procedimientos hasta la exquisitez, ¡tras... tras! y ya están fuera los ojos. Unos ligeros golpecitos más en el saca-uñas y las manos se vuelven 20 hilillos de sangre. El rostro humano cobra entonces una nueva conmovedora expresión (la palabra “conmovedora” no es la indicada, ya que solo los primeros casos lograron conmoverme: una niña prometió seguir mirándome aun después de no tener ojos).

El más envidiado de mis aciertos, lo confieso, es “la silla” que tiene un agujero en su parte anterior para lo que sabéis. Soy esto simplemente: un fabricante de artefactos mecánicos. No me negarán que para ello se requiere una gran dosis de talento. Si alguno de mis inventos (cuya creación ahora me niegan los otros