Selección de poemas

Entrando en ti, cabeza con cabeza

Entrando en ti, cabeza con cabeza,
pelo con pelo, boca contra boca:
el aire que respiras —la fijeza
del recuerdo—, respiro y en la poca

luz de la tarde —rayo que no cesa
entre los huesos abrasados— toca
los bordes de tu cuerpo; luz que apresa
la forma. Ya su cénit la convoca

a otro vacío donde su blancura
borra, marca de arena, tu figura.
El día devorando de sonidos

quema, de trecho en trecho, su espesura
y vuelca de ceniza la textura
en la noche voraz de los sentidos.

El émbolo brillante y engrasado

El émbolo brillante y engrasado
embiste jubiloso la ranura
y derrama su blanca quemadura
más abrasante cuanto más pausado.

Un testigo fugaz y disfrazado
ensaliva y escruta la abertura
que el volumen dilata y que sutura
su propia lava. Y en el ovalado

mercurio tangencial sobre la alfombra
(la torre, embadurnada penetrando,
chorreando de su miel, saliendo, entrando)

descifra el ideograma de la sombra:
el pensamiento es ilusión: templando
viene despacio la que no se nombra.

Aunque ungiste el umbral y ensalivaste

Aunque ungiste el umbral y ensalivaste
no pudo penetrar, lamida y suave,
ni siquiera calar tan vasta nave,
por su volumen como por su lastre.

Burlada mi cautela y en contraste
—linimentos, pudores ni cuidados—
con exiguos anales olvidados
de golpe y sin aviso te adentraste.

Nunca más tolerancia ni acogida
hallará en mí tan solapada inerte
que a placeres antípodas convida

y en rigores simétricos se invierte:
muerte que forma parte de la vida.
Vida que forma parte de la muerte.

El rumor de las máquinas crecía

El rumor de las máquinas crecía
en la sala contigua: ya mi espera
de un adjetivo —o de tu cuerpo— no era
más que un intento de acortar el día.

La noche que llegaba y precedía
el viento del desierto, la certera
luz —o tus pies desnudos en la estera—
del ocaso, su tiempo suspendía.

No recuerdo el amor sino el deseo:
no la falta de fe, sino la esfera—
imagen confrontando su espejeo

con la textura blanca, verdadera
página —o tu cuerpo que aún releo—;
vasto ideograma de la primavera.

La transparente luz del mediodía

La transparente luz del mediodía
filtraba por los bordes paralelos
de la ventana, y el contorno de los
frutos —o el de tu piel— resplandecía.

El sopor de la siesta: lejanía
de la isla. En el cambiante cielo
crepuscular, o en el opaco velo
ante el rojo y naranja aparecía

otro fulgor, otro fulgor. Dormía
en una casa litoral y pobre:
en el aire las lámparas de cobre

trazaban lentas espirales sobre
el blanco mantel, sombra que urdía
el teorema de la otra geometría.
 

Severo Sarduy: Narrador, poeta, periodista, crítico de literatura y arte cubano. Nació en Camagüey, Cuba, el 25 de febrero de 1937 y falleció en París, Francia, el 8 de junio de 1993. Fue uno de los más grandes escritores cubanos del siglo XX, cultivó el ensayo y la poesía, siendo, además, un narrador caracterizado por la audacia experimental y la cercanía al neobarroco.Con el triunfo de la revolución colaboró en Diario libre y Lunes de Revolución. En 1960 viajó a Franciapara realizar estudios de Historia del Arte y decidió permanecer en ese país. Estuvo vinculado al círculo de pensadores y escritores que hicieron la revista Tel Quel y trabajó como lector en Editions du Seuil, y como redactor en la Radiotelevisión francesa. Autor de una vasta obra, en la que se cuentan las novelas: Gestos (1963), De donde son los cantantes (1967), Cobra (1972), Maytreya (1978), Colibrí (1984) y Cocuyo (1990); así como los ensayos: Escrito sobre un cuerpo (1969), Barroco (1976) y Nueva estabilidad (1988).

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