En el vigésimo aniversario de su muerte

La ruta cubana de Severo Sarduy

Cira Romero • La Habana, Cuba

Creada en París por el Instituto Cervantes, existe en esa ciudad la “Ruta Sarduy por el Barrio Latino”, que, de seguirla, nos llevaría a lugares emblemáticos por los que pasaron, antes que Severo, Jean Paul Sartre, Simón de Beauvoir, Hemingway, Faulkner, Cortázar y otros muchos intelectuales y artistas de todos los rincones del mundo. Como estos, él fue visita habitual de los restaurantes Le Pré-aux- clercs y Le Cantón; y de los cafés Bonaparte y de Flore (el Flora, como solía llamarlo, cuando hablaba en español). En este último, permanece en su mismo sitio la mesa que siempre ocupó: pasando la puerta giratoria, la primera a la izquierda, sitio en el que podía vérsele después de las ocho de la noche tomando un trago que fue el mismo cada vez:un Bloody-Mary bien cargado (dos o tres medidas de vodka por una de jugo de tomate).  

Pero otros sitios pueden agregarse a esta ruta: el edificio que albergó las Ediciones du Seuil, donde se agrupó la vanguardia del pensamiento y la creación literaria franceses, con figuras como Roland Barthes, Jacques Lacan, Julia Kristeva, Tzvetlan Todorov, Gerard Genette y el grupo Tel Quel.  Allí trabajó Severo en los años 60 y 70, primero como lector y luego editor, en momentos correspondientes al boom de la narrativa latinoamericana. Desde su cargo de editor contribuyó a dar a conocer en Francia a un buen número de autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez, Ernesto Sábato y José Lezama Lima, todos publicados bajo el sello éditions du Seuil. También en ese lugar conoció a su compañero de toda la vida, Françoise Whal. La ruta también nos llevaría a la Galería de Lina Davidod, la mayor depositaria de su obra plástica, y, finalmente, a las Ediciones Gallimard, donde concibió un proyecto ambicioso: lanzar una colección que fuera como la continuación de la famosa Croix du Sud creada por Roger Callois, que dio a conocer en Francia a los principales nombres de la literatura latinoamericana, entre ellos a Borges. Pero Sarduy apenas tuvo tiempo  para publicar unos 12 títulos, entre ellos El gallo de oro, de Juan Rulfo; La guaracha del macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez y dos novelas de un entonces muy joven César Aira: Canto castrato y Ema la cautiva. Cuando el 8 de junio de 1993 dejó de existir, hace ahora 20 años, no tenía ya fuerzas físicas para seguir adelante con la preparación de este muestrario, cerrado definitivamente en 1995.

Pero de los 56 años que vivió Severo Sarduy, 22 transcurrieron en Cuba, y aunque no son muchos, fueron intelectualmente tan intensos, que no sin mucha exageración, aunque sí con mayor modestia, podría hablarse de su ruta cubana, enmarcada geográficamente en dos ciudades, su natal Camagüey, donde nació el 25 de febrero de 1937, y La Habana, donde residió desde julio de 1956 hasta el 24 de diciembre de 1959, cuando partió del puerto de La Habana, junto con otros jóvenes artistas con inquietudes similares a las suyas. Años después rememoraba:

Me dieron una beca para estudiar pintura en Europa y me quedé. Pero no es que decidiera quedarme: me fui quedando. Hoy en día, soy muy autocrítico: creo que debía haber vuelto, que debía de haberme comprometido en un sentido o en el otro. Asumir mi karma, hundirme en la contingencia, en la realidad. En definitiva, adopté la solución de facilidad: instalarme en una casa de campo, en las afueras de París, y ponerme a escribir y a pintar. Han pasado treinta años y hoy en día el balance es paupérrimo. No tengo nada y los que debían leerme, que son los cubanos, no me conocen ni me pueden leer. No creo que ya me quede tiempo para terminar  mi obra allá.

Primera ruta:

Reclinado en su mundo camagüeyano

En el tránsito cubano del autor de De dónde son los cantantes detengámonos en su tierra, la de los tinajones: su casa de la calle Bembeta, donde nació y vivió hasta su instalación en La Habana; muy cerca de esta, traspasando una frontera invisible, emergía un barrio de mayor empaque. Allí residía la poetisa Clara Niggeman, guía suya y de otros jóvenes con inquietudes literarias; más al centro de la ciudad nos desplazaríamos hacia el Instituto de Segunda Enseñanza, del que se graduó de bachiller en 1955. Si nos lo proponemos, podemos consultar allí su expediente académico, en el cual, a modo de resumen, aparece una nota valorativa:

Es el prototipo del estudioso. Amante de la buena lectura, lo mismo asimila obras de grandes filósofos, que se embebe en la lectura mística de la Biblia, manantial que surte su elevado espíritu. De ideas existencialistas, hace de Kierkegard y Sartre, su centro. Es poeta de fina sensibilidad, con sobresalientes rasgos vanguardistas. Según el filósofo danés, H. Hoffding, existe un egoísmo ascético lo mismo que un egoísmo fluidor, pero en Severo está ausente ese orgullo espiritual que paraliza toda acción bondadosa. A pesar de su vocación literaria, se encaminará hacia la Escuela de Medicina, para después continuar estudios de Siquiatría.

Acaso se pudiera averiguar si aún existe el local de la que fuera, en su momento, la imprenta de Jofre, donde Severo, tras guardar siete ahorrados pesos, llevó a imprimir su primer “libro”, Tres, en realidad una hoja doblada por él mismo de forma ingeniosa tratando de imitar su más añorado sueño. Contenía un solo poema de ese título, con versos influidos por la trasnochada y débil vanguardia literaria cubana, precedido de un folio, a modo de “cubierta”, con un ingenuo diseño.  Circuló entre  los poetas del patio y lo envió a los “todopoderosos” —fue la palabra utilizada por él— habaneros. Comparto algunos momentos de ese poema:

Caminando por siete mundos,

Recostado a un silencio,

Que no hay voz que lo rompa,

Ni ser que lo divida,

Inestable e inexacto,

Plástico,

En un móvil infinito,

Y un tiempo sin espacio,

Nueve dimensiones,

Cielo,

Abandonado al último acento,

Al último silencio,

Detrás,

Tierra,

Metido en la tierra y formando parte de ella,

Fósil,

Esperando un mensaje, un mesías,

Un Cristo con doce discípulos,

Última primer etapa

Alma o vida aún no liberadas

—Imposible—

Concibiendo un término,

                       un cuadro,

                      una imagen.

Aquí así, así ocho veces,

Mirando al sol y elástico,

Recogido al cuerpo.

Hoja.

Reloj.

                reloj-hoja.

                                                Sin una forma donde prolongarme.

 

La próxima escala sería donde estuvo la redacción del periódico El Camagüeyano, cuya página cultural dirigía la Niggeman, quien le publicó, entre 1953 y 1955, 18 poemas, entre los cuales destaco el titulado “La vida libertada”, que tras el título, debajo y colocado entre paréntesis, escribió a modo de aclaración: “Balada  Krishnamurtiana continuadora del movimiento iniciado por Clara Niggeman, y dedicado a ella”.   

         Te amo, vida

         porque lates en el trino

         de las aves,

         porque vibras en mi sangre

         pequeñísima.

         Porque mides el minuto,

         y pones alma en las plantas

         y las esculturas,

         porque me mueves contigo y me libertas,

         te amo, vida.

Lo que posteriormente se convertiría en uno de los escenarios más asediados por Sarduy, el Oriente, en este caso la India, se patentiza en este poema, más que en el espíritu de la composición misma, en la dedicatoria, donde Krisna, divinidad del panteón hindú y una de las manifestaciones de Visnú, principio de conservación del mundo, figura a la cabeza de esta “tendencia” surgida en el centro de la Isla, donde, al parecer, era objeto de atención. Resulta un antecedente remoto, pero pertinente, para enlazarlo con sus posteriores preocupaciones filosóficas y abordajes literarios. Cuando indagué con uno de los amigos más cercanos de Sarduy en aquellos años, el también poeta Luis Suardíaz, sobre este “movimiento”, como lo califica Sarduy, me expresó que no podía considerarse tal, sino más bien lecturas heterogéneas orientadas por la Niggeman, “a modo quizá del lezamiano curso délfico”.  Primero leyeron al filósofo y teólogo danés Soren Kierkegaard, con quien trataban de hallar puntos de contacto debido a su conocida posición ante la angustia en la experiencia fundamental del hombre, quien mediante ella se descubre como un ser único e irreductible a cualquier sistema. Repasaron también obras de Sartre, de Camus, pero Suardíaz evocó la especial atención que le dedicaron a la doctrina de la trasmigración de las almas (samsara) y al determinismo moral (karma), propugnadas por la filosofía hindú, de la que se prendó la Niggeman y a ella condujo a los que pudiéramos llamar hoy, quizá con cierta dosis de exageración, sus discípulos, Severo entre ellos. Leyeron sobre la vida de Buda en una traducción al español del año 1927 del libro Leyendas de la vieja India y se nutrieron de saberes para buscar la liberación por medio del ensimismamiento. El grupo solía reflexionar individual y colectivamente, mientras la mentora se alejaba en busca de mayor ensimismamiento.

desde Camagüey debuta en Ciclón  y en  Diario de la Marina

De esta etapa camagüeyana hay dos importantes momentos que no se circunscriben a dicha ciudad, pues podrían, incluso, rebasar el marco geográfico insular. Me refiero, en primer término, a su colaboración en la revista Ciclón en 1955, donde debutó con este poema:

El Amor es impar. La sangre afuera

sube hasta el arquitecto sitio y clama

martiriza el lenguaje de los días y los

otoños blancos que suelen amanecer.

 

Una rosada caracola inhibe para más tarde y

nunca despertar, una rosada

viva y ancestral caracola apenas húmeda que

proclama el silencio que no muere.

 

Eso es el Amor en su sitio. Iridiscentemente

allí se ven tejidos de crisálidas fugas

de arúspices, alas y tráqueas de cristal y nombres.

Se van a despertar hoy los cerrados y lácteos jardines

las poliédricas palomas que blancamente se inquietan

de sustos ignotos, vagos, huecos, limpios sustos que el

Amor prorrumpe. Era necesario amarte Amor para que                                                                             amaras  

entre cerradas geometrías, sangre de árboles y carrozas

fosforescentes de aguas.

Una rosada caracola inhibe y azuleada sorprende bajo el

agua redonda, el vuelo rosado, la actitud adultamente

negra.

Oh Amor apenas mío.   

“En  pleno 1955, cito a Sarduy, revistas como Ciclón y Orígenes eran en Camagüey, digamos, una verdadera joya bibliográfica”, y en 1991, al recordar aquella primera colaboración suya en la irreverente publicación surgida del rompimiento con la de Lezama Lima, comentaba:

Así entré en la corriente literaria, una noche de los años cincuenta, cuando Joaquín Enrique Piedra se apareció en mi casa de Camagüey arbolando un ejemplar de Ciclón. Bajo el eolo furioso de Mariano, lanzando sus flechazos a los cuatro vientos, como un pulpo su noche de tinta, aparecían cinco jóvenes poetas cubanos. Entraba así, para asombro de mi familia, de los castizos poetas del patio y de mí mismo, en el gran río de la escritura, en el código de papel, me insertaba en ese tejido, en ese texto infinito que se urde al revés y que no se abandona jamás.

Esos cinco jóvenes poetas eran José Pepe Triana, el futuro autor de La noche de los asesinos, Luis R. Morán, Joaquín Enrique Piedra y Ramón D. Miniet.

La segunda colaboración, ese mismo año de 1955, fue en la sección “La promesa de los jóvenes” del Diario de la Marina, creada por ese ojo avizor y entendedor de la cultura cubana que fue Jorge Mañach, quien acogió el poema “La palabra inútil”, del cual destaco dos versos por su singular impronta: “El corazón se me volvió de pronto/una rosa de pétalos de espejo”.

Antes de abandonar Camagüey habría que hacer un alto en dos bares, si aun existieran: Correos y San José, donde un grupo de jóvenes autotitulados “Los Nuevos” —Raúl González de Cascorro, Luis Suardíaz, Miguel Álvarez Puga, Joaquín Enrique Piedra y Clara Niggemann, ahora bajo la jefatura de Rolando Escardó— se reunían informalmente para discutir sobre literatura. 

Segunda ruta:

La Habana parece de cristal y es azul

Así se la representó Severo cuando la miró desde la ventana de una humilde vivienda situada en la todavía populosa calle San Francisco, en el actual municipio de Centro Habana. La observó con ojos de hombre de tierra adentro,  feliz porque, al fin, se encontraba donde tanto le apetecía estar y, sobre todo, ser. En septiembre de 1956 inició la carrera de Medicina, interrumpida por el cierre de la Universidad y nunca más reiniciada. 

La Habana conocida por Severo no fue la universitaria, sino La Habana literaria profunda que giraba en torno a la revista Ciclón, donde ya había presentado credenciales. A contrapelo de lo manifestado por algunos colaboradores de esta publicación referente al veto en sus páginas de los poetas cuya expresión se identificaba con el “lezámico modo” —“El tiempo, ha dicho Antón Arrufat años después, nos enseñó después una nueva forma de comprensión: acabaríamos reconociendo la importancia para la cultura cubana de Orígenes cuando nuestras personalidades se definieron. Un artista va estableciendo su lugar y cuando lo consigue, alcanza un entendimiento mejor de quienes le precedieron. Pero esto no podía ocurrir en el momento al cual me refiero”— Sarduy, en esos años iniciales y ya para siempre en el resto de su obra, se mantuvo en una permanente dialéctica de rechazo y recuperación  de la obra del autor de Paradiso, como ha subrayado Roberto González Echevarría en su obra La ruta de Severo Sarduy (1987), al punto de proclamarse “el heredero”, según sus propias palabras, apropiación que ha sido impugnada por algunos seguidores del poeta de la calle Trocadero. En este sentido, el aludido estudioso ha expresado que en el momento de Ciclón Sarduy, si bien no podía “sustraerse a la irreverencia del grupo, a la postura de compromiso político en oposición al elitismo de Orígenes [...]”, en relación con Lezama y sus seguidores, pasó “[d]e la admiración en distancia, desde Camagüey,  [...] a la distancia en proximidad”.

Bajo ese razonamiento: admiración en distancia / distancia en proximidad en torno a Lezama y su grupo puede apreciarse la aventura estética de Severo Sarduy en Ciclón, entendiendo además que a las puertas mismas del año 1959, y en composiciones publicadas en la propia revista ese año, su poco conocida obra poética de iniciación se mantuvo dentro de la esfera de influencia de los origenistas, en tanto el espíritu cosmopolita e irreverente de la publicación liderada por José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera llevaba un impulso de cambio opuesto al no menos novedoso modo poético lezamiano.

Para reafirmar lo expresado conviene aludir a que en tres entrevistas concedidas por Sarduy a algunos periódicos habaneros a finales de 1958 —tómese nota del dato: Sarduy provocaba el interés de los periodistas culturales— dejó plasmadas apreciaciones a veces contradictorias. Así, declara que Eliseo Diego —miembro del grupo Orígenes, y de quien ha llegado a pensar “es una ficción”— es su poeta preferido, y lo reitera a Graziella Pogolotti: Diego “es el más interesante del grupo, en mi opinión”, en tanto admite que Lezama es cultor de una “poesía de eruditos”, pero antes ha dicho: “Orígenes carece de fuerza vital”. En otra entrevista apunta el futuro autor de Maitreya: “Tanto Eliseo Diego como los otros miembros del grupo de José Lezama Lima han cimentado una poesía cubana que expresa profundamente la esencia de nuestra isla. De ahí parte toda mi obra”. Más conciliador, confesó reconocerse igualmente influido “por Lezama, Virgilio Piñera, y posiblemente alguien más que yo haya leído y que dejó huellas sin que yo pueda darme cuenta. También pudiera tener algunas del grupo Ciclón, en el que colaboré durante toda su corta existencia. Estas, si bien fueron leves, creo que están decididamente marcadas”. Más adelante afirma: “Orígenes es el grupo más trascendente y la figura más trascendente es Virgilio Piñera”. “¿Y Lezama?”, le pregunta el periodista. Responde Severo, ingenuamente: “Me gustaría hablar con él, pero no me recibe”.

La relación contradictoria con el grupo Orígenes, de algunas de cuyas esencias más significativas se nutrió la obra poética sarduyana a partir de la segunda mitad de la década del 50, no impidió, como se ha visto, sus contactos con Ciclón, a cuyas audacias se adhirió. Mas ese entendimiento no encarnó en su obra para compartir miméticamente con los criterios estéticos de los que se agrupaban en torno a la huracanada revista, sino para hallar —y “hallarse”— un espacio, oír —y “oírse”—, respaldar criterios o disentir de ellos. En este sentido, su presencia en dicha publicación cobra un perfil diferenciador, vista en el conjunto de lo publicado en sus páginas por los jóvenes poetas cubanos de entonces, y aunque sus colaboraciones han sido juzgadas de “retóricas”, por Antonio José Ponte, juzgo que en ellas pueden apreciarse, al margen de las citadas influencias, valores conceptuales que indican indagación y búsqueda de una voz propia, ya no la fina intuición poética, pues esa siempre estuvo presente desde sus composiciones iniciales, así como un modo diferente de armar la escritura.

“Mi tema único: la intervención del hombre en el Paraíso por él creado”, decía Severo en una de esas entrevistas. Tal afirmación revela un modo poético unido al ser humano que vive en permanente diálogo con el amor, en un intento por unificar un mundo disperso, desestructurado, ofrecido al poeta más como indagatoria que como proyecto. Sus versos de este momento están nutridos de elementos donde se aprecia una juventud poética no dominada por la sencillez, sino envuelta en cauces configurados por inquietantes imágenes que parecen absorberlo todo, desde el misterio de las esencias sensoriales hasta la vaguedad del aire. Poesía de humedad terrenal, intuitiva, es percibida a través de un universo cósmico en el cual el hombre funciona como eje en busca de su plena realización desde la memoria misma, cuestionando visiones y espacios, tratando de recuperar, no sin riesgos, los canales discursivos. Es cierto que esta poesía de Sarduy, como la de otros colaboradores de Ciclón, abusó de ángeles, caracoles, caracolas, como ha apuntado Ponte, en tanto el autor de Los siete contra Tebas se encargó de precisar  que fueron Rolando Escardó, Fayad Jamís y Luis Marré los poetas que le aportaron a la publicación los mejores valores en este género. La omisión de Sarduy por quien era ahora juez, pero antes fue parte, no quiere decir, como me lo aclaró el propio Antón, que la poesía de Sarduy desmereciera de la de sus colegas, pero en opinión suya no siempre lograba un ritmo agradable al oído. Sin embargo, la tensión poética creada, sobrepasaba en penetración los propios temas tratados, los cuales, gracias a esa intensidad, son recibidos por el lector de hoy sin agravios.

Muchos poemas de Sarduy de esos años, insisto, son de clara inspiración lezamiana, pero no se trata de la utilización de  iguales o parecidas palabras o fórmulas expresivas cercanas a las del autor de Paradiso, sino que lo que nace de estas composiciones es el mismo aliento, el mismo ritmo interior, las mismas sorpresas en la colocación de las palabras y además la vuelta al soneto. Se advierte poco en su poesía germinal la presencia del paisaje cubano, el misterio insular, tan caro a Lezama Lima, o el sabor de lo autóctono en sus más prístinas esencias, pero llegarán a su poesía a partir del extrañamiento europeo, como le sucedió a otro cubano en los años finales de la década del 20 del siglo XIX,  José María Heredia, cuando ante la grandeza de las cataratas del Niágara evocó  nuestras palmas.

Otras rutas habaneras cubiertas por severo Sarduy

La publicación en Carteles, en 1957, de su cuento “El seguro” es otro notable acontecimiento de su ruta habanera. La sección “Cuentos cubanos”, atendida por Guillermo Cabrera Infante, lo acogió con una nota de presentación anónima, pero debida seguramente al por entonces ya reconocido crítico cinematográfico:

Severo Sarduy es muy joven: nació en 1937. Lo que nos hace afiliarlo a la última de las últimas generaciones literarias cubanas —a la misma del malogrado Leslei Fajardo, por ejemplo. Actualmente, alterna sus estudios de Medicina con la composición de una novela: “El hombre que amaba su reloj”, que Sarduy ha calificado, momentáneamente, de surrealista. “Aunque no es exactamente surrealista, pues esta palabra puede originar un malentendido anacrónico”, explica Sarduy, rápido. Es probable que su novela tenga muchas de las virtudes de “El seguro” y algunos de sus defectos (verbigracia: la influencia tardía de Kafka, cierta complejidad gratuita y la aparente falta de necesidad del lector). Pero esto, a los 20 años de Sarduy, no son defectos, son excesos.

A finales de 1958, el periplo habanero de Sarduy se desplaza por periódicos como El Mundo, donde publicó en su semanario cultural El Mundo Ilustrado un comentario crítico sobre el libro de ensayos de Lezama titulado Tratados en La Habana, aparecido ese mismo año. Apoya los juicios allí sostenidos por el autor acerca de títulos de reciente aparición como Gradual de laúdes, de Ángel Gaztelu, Suite para la espera, de Lorenzo García Vega, Divertimentos, de Eliseo Diego y Canto llano, de Cintio Vitier y enuncia los trabajos que contiene sobre pintores cubanos. Estima como “el más audaz de los ensayos” el titulado “Verba criolla”, por ser expresión de júbilo festivo ante el parloteo popular. “No conozco en la historia de la prosa cubana de los últimos veinte años, dice Sarduy, un libro de tanta claridad hechizada”, en juego intertextual con cantidad hechizada, cosmovisión poética lezamiana así denominada en su ensayo de 1956 “La dignidad de la poesía”. 

El 27 de diciembre de 1958, Severo Sarduy está en la Galería Habana. Arte y Cinema, situada en el lobby del cine La Rampa. Escribió las notas al programa de mano de la exposición 20... obras para una colección, donde expuso, de manera concisa, a partir de utilizar la interrogación como recurso estilístico, lo que constituía para él lo nacional:

Lo nacional, en cada país, ¿es solo un conjunto de trajes ridículos, palabras mal dichas, cantos y bandera? ¿Cantan en verdad los mejicanos corridos o los cubanos décimas? En Cuba, ¿se baila rumba? ¿es lo nacional de un país lo más frecuente, lo externo? Lo cubano, por ejemplo, tan discutido, ¿es un murciélago de la Bacardí o una guayabera? La obra de Jorge Luis Borges, que no tiene tangos ni pebetas, ¿no es más argentina, o la de Virgilio Piñera, donde no aparecen el gallego y el negrito, más cubana?

Su camino durante el año 1959 tiene varios y disímiles altos: los periódicos Revolución y su suplemento Lunes de Revolución, Mañana Libre, Diario Libre, donde dirigió la página cultural Arte-Literatura, Nueva Revista Cubana —coincidencia con algunos origenistas, como Cintio Vitier, que fue su director, Fina García Marruz y Lezama, nombres a los cuales se suman los de Alejo Carpentier, Fernando Ortiz, Marcelo Pogolotti, Alfredo Guevara, Virgilio Piñera, entre otros muchos, Combate 13 de marzo... Fue en las páginas de Diario Libre, preparada sobre la mesa del comedor de su casa, donde Severo tuvo mayor espacio para proyectarse. En su plana cultural no solo publicó poemas de su autoría, sino también de otros autores como Roberto Branly y Antón Arrufat; cuentos de Esther Díaz Llanillo y, sobre todo, breves notas sobre pintores cubanos, respaldadas con reproducciones de sus obras: Víctor Manuel, Mijares, Mariano, Lam, Arche, Eduardo Abela, Portocarrero, Carmelo González, Amelia Peláez. Posiblemente, el último texto publicado por Sarduy en Cuba haya sido un poema aparecido en este periódico, hoy convertido en polvo, el 6 de diciembre de 1959, del cual  transcribo su primera estrofa:

Lo que vimos

en la realidad o la memoria

lo que estamos viviendo,

desde que la historia avanza,

¿en qué país o azar se determina,

qué neblinoso gesto lo dirige?

En Revolución y Lunes de Revolución, su otra escala más sostenida, publicó  tres cuentos: “Las bombas”, “El general” y “El torturador”. Sus respectivos títulos supondrían el tratamiento de temas relacionados explícitamente con la recién concluida lucha contra el gobierno dictatorial cubano; pero, sin excluir esa posibilidad, el procedimiento utilizado es totalmente elusivo. No encontramos lugar geográfico específico para el desarrollo de las escuetas tramas,  pero en su aparente “rareza” encontramos en estas breves piezas narrativas un sentido de libertad para pensar el tiempo y construir sus versiones de la historia. Si establecemos, en términos amplios, una correlación entre estas y las tesis de Walter Benjamín —“los ángeles”, “el tiempo revolucionario” y “el Mesías”— constituirían los puntos clave de encuentro y, a la vez, de distancia.

También en la página Nueva generación, de Revolución dio a conocer tres artículos importantes: “En su centro”, dedicado a José Martí, “Posición del escritor en Cuba” y “Abajo el latifundio de la cultura”, donde se opone resueltamente a la hegemonía cultural habanera. En esas mismas páginas “Dos décimas revolucionarias”:

I

Muera quien tiñe el asfalto

de sangre tibia y espesa,

muera el chacal que de un salto

se apodera de su presa,

muera quien humilde besa

la mano que lo castiga.

Muera la voz enemiga

que y transita por el cielo.

Siga el festival del Duelo

El Festín del Duelo siga!

 

II

Árboles de sangre estallan

en medio de las praderas,

doradas enredaderas,

de arterias los ametrallan.

Por donde quiera batallan

la sangre helada y la muerte,

me puse de pronto a verte

por tu propia sangre ahogada

y se iluminó la Nada:

me decidí a defenderte.

Cabría preguntarse si alguna vez Severo se fue de Cuba. Me atrevo a afirmar que no. Se quedó entre nosotros vagando, pero sin poder apagar su sed con el agua de tinajón, esa que se toma solamente en Camagüey como augurio de un cercano regreso.   

En una carta a su amigo de juventud Jorge Santos Caballero, fechada en París el 10 de marzo de 1990, le expresa: “los años han ido cayendo como las hojas cobrizas de un otoño que no cesa”. Los días, los años, todos los días, todos los años, hasta su muerte, debieron ser para él una elegía atada a la ausencia, “Sin una forma donde prolongarme”, como dice en un verso de su juvenil poema Tres.

La ruta cubana de Severo Sarduy rápidamente trazada representa el comienzo de un largo viaje nunca finalizado. No es del caso preguntarnos si quiso olvidar  o rechazar lo escrito y publicado en Cuba entre 1953 y 1961 —continuó enviando colaboraciones, desde París, hasta 1961, a la revista Artes Plásticas— o si la crítica devalúe su quehacer de aquel tiempo. Lo importante es saber que cuando Severo Sarduy tomó la resolución de “irse quedando”, para repetirlo con sus propias palabras, como buen gallo peleador sus espuelas como escritor habían trazado rutas en Cuba,  esas que él quiso mantener como un asunto privado y que hoy podemos compartir.

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