Severo Sarduy

Un cubano de pies a cabeza

Miguel Barnet • La Habana, Cuba

Severo me esperó en el Café de Flore a las tres de la tarde. Llegué empapado porque en París es donde único uno camina bajo la lluvia. Claro, no es una lluvia gruesa, es una lluvia persistente y fina que empapa sin aspavientos. Al final del camino, nos damos cuenta de que estamos mojados; pero, al menos, nos liberamos del susto de quien teme ser abrazado por un aguacero torrencial. Me quité el abrigo y busqué al hombrecito inquieto que había conocido una noche en 23 y 12, junto con Rolando Ferrer y Rebeca Morales. Habían transcurrido años, pero a la edad que teníamos entonces —Severo era solo tres años mayor que yo— aquel tiempo parecía de siglos. Por encima de un mostrador atestado de copas, vi su cabeza redonda amasada por ingredientes raciales muy diversos y de incipiente calvicie. Severo me llamó a la cubana y me agarró el abrigo: “Siempre llévalo en el brazo izquierdo, es signo de elegancia y de lujo espiritual”. Colocamos el abrigo en una mesa interior del café y brindamos con copas de vino por una amistad que se había iniciado con un café con leche, en la esquina más concurrida de la Revolución cubana —23 y12. Mirando hacia la Iglesia de Saint Germain me contó de su vida parcamente. París es una flor azul metálica con la que él jugaba entre sus dedos; François, su bastón de apoyo. Se habían conocido una mañana en la Capilla Sixtina, “buscando goteras en el techo de la Capilla me encontré con mi destino”, me dijo con gracia maldita. Luego, me hizo un itinerario y hablamos de Carpentier y de Lilian, de Vicente Revuelta y Miriam Acevedo. Cuando la lluvia cesó, si es que cesa alguna vez en París, fuimos a comer cuscús a un restaurante árabe de la Rue d Cordes, donde uno no sabe si el plato que tenía enfrente era el de uno o el del comensal de al lado. “Es el mejor cuscús de París”, lo afirmaba él que ya era más parisino que madame Challot. Ah, nadie sabe ahora quién era madame Challot. Pues a madame Challot la había conocido yo en París unos días antes, y era una peruana que había sido amiga de César Vallejo y se alimentaba de acelgas hervidas para adquirir energías y practicar la euritmia, con la que se comunicaba con Marcel Proust y Eva Lamour, la famosa espiritista belga. El restaurante, como era tan pequeño, parecía una caja de dominó y uno era como una ficha pegada a la otra. Claro, la caja, es decir el restaurante, lo asfixiaba a uno. Pero, eso sí, nunca más en mi vida he vuelto a comer un cuscús tan suculento. Durante la cena me pidió que le preparara un “Elegguá con todos los hierros”. Le prometí que hablaría con Arcadio para que le hiciera uno en condiciones. Cumplí mi promesa y él tuvo su Elegguá de Guanabacoa al cuál ha aludido en varias entrevistas y en sus décimas a los Orishas, algunas dedicadas a mí, otras a Lydia Cabrera y Natalia Bolívar. Severo me recordó esa noche que, al día siguiente, llegaban a la ciudad Los Beatles. Iban a ofrecer un concierto gigante y él tenía las entradas en el bolsillo. Me las mostró como quien se saca del bolsillo el premio gordo de la lotería ¾bueno, en ese momento era el premio mayor de la lotería. Unas horas de mi vida amé el poder de las flores, ágil y profundo, y canté con Los Beatles. ¡Qué clase de año era el 1967!

Imagen: La Jiribilla

El Hotel Saint Michel, donde yo estaba hospedado con Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes, me quedaba a unas cuadras de la Editorial Galimar; ahí me vi varias veces con él y con Ugné Karvelis, mi editora, y Julio Cortázar, su futuro marido. Podía contar tantas aventuras de aquel viaje mío a Europa, pero ahora solo me interesa hablar de Severo. En la Editorial Galimar no lo querían mucho, mejor dicho nada. O su obra no gustaba, o él sencillamente no caía bien. Además, su puesto de editor estaba en otra editorial importante y competitiva. Nunca supe, sin embargo, por qué extraña razón nos citamos siempre en Galimar a donde, veinte y tantos años más tarde, él iría a colaborar. Con severo visité por primera vez Versalles, y ese sí fue un lujo espiritual; el Moulan Rouge, que ya era postmoderno; y hasta el Louvre. En su apartamento de Zoo, comí cuscús también con María Félix y con su marido, que era una apestosa chimenea. En ese primer encuentro mío con Severo, luego de su radical decisión de vivir en el sístole-diástole de París, hablamos de política. Cada cual sabía cómo pensaba el otro y hasta cómo no pensaba. Cada cual sabía lo que el otro iba a decir de golpe y hasta lo que quería callar. Contra ese silencio suyo chocaron los manipuladores como contra una pared. A todos nos recibió con los brazos abiertos. A todos nos acogió en su casa. Eso irritó a mucha gente, pero a él no le importó.

Luego, vinieron los años 70, esos que algunos llaman con benevolencia histórica “el quinquenio gris” pero que para otros fue un decenio negro —para mí por ejemplo—. Si algo no me ha pesado es haber vencido los puentes dinamitados para comunicarme epistolarmente con Severo Sarduy cuando su nombre se pronunciaba bajito. Lo mismo hicieron otros escritores cubanos, admiradores de su obra y de su persona, o simplemente amigos suyos. No digo esto para recoger el fruto de lo que se cosechó en tiempos difíciles, sino porque es un hecho real e innegable. Afortunadamente vivimos en otros tiempos y eso también es innegable. Lo demás, fue algo que nunca cesó: una amistad que empezó con alegría y que no conoció extrañamientos ¿Por qué? Porque Severo era, ante todo, un cubano de pies a cabeza, con el desenfado de un muchacho travieso y coloquial. Los largos alambicados parlamentos de Severo, barrocos hasta la saciedad y lezamianos inimitables. Yo no conocí a Lorca; pero lo conocí. Creo que Federico hubiera exclamado lo mismo que exclamó Severo cuando vio la luz enceguecedora de San Juan: “¡Es Cuba!”, me gritó con los ojos iluminados ¾ahí estaba Nancy Morejón para atestiguarlo¾. Fue en el verano de 1984 en Puerto Rico. Al minuto lo vi correr por la arena con los pies agigantados como uno de los personajes de su libro favorito. Se me olvidaba decir que en la obra de Severo se evidencia un hombre que se inventa una metáfora de la lejanía, que esa metáfora es ambivalente y frívola en ocasiones, que es una metáfora de la paráfrasis o una paráfrasis de otras metáforas. Pero eso, quizá ahora no importa. O, al menos, importa más que lo digan otros. Yo quiero agradecerle la amistad de tantos años, la corneta china que nunca dejó de invocar, y ese grito en la playa boricua donde vio la luz blanca de Cuba, la Cuba de donde realmente nunca salió, siendo como era un parisino más parisino que madame Chayot.

 

Palabras en el coloquio Homenaje a Severo Sarduy en el aniversario 20 de su fallecimiento. Centro Cultural Dulce María Loynaz, La Habana, 20 de junio de 2013.

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