Los megaricos

Enrique Ubieta Gómez • La Habana, Cuba

Los hebreos israelitas y los ricos musulmanes sauditas son amigos de Washington y de los buenos negocios. La realeza de Arabia Saudita puede producir a un descarriado Bin Laden —correctísimo cuando combatía a los soviéticos, y fatal en su proyección posterior—, pero nadie duda de su capacidad para escoger a sus aliados. Sabe, por ejemplo, que la Primavera árabe florece allí donde los gobiernos no satisfacen los intereses de Occidente. La realeza saudita es aliada de Occidente. Combate las tiranías de Siria y de Irán. Y se permite algunas extravagancias en tiempos de crisis. Por algo son los primeros exportadores de petróleo en el mundo; me refiero a ellos, claro, porque el petróleo que ellos comparten con los otros, los de Occidente, es privado, de ellos. El Príncipe Al-Waleed Bin Talal es un hombre moderno. Su esposa defiende el derecho de las mujeres a conducir un auto. Es un derecho no reconocido en Arabia Saudita, y él tiene muchos autos sin usar. Vive a ratos en un palacio de mármol con 420 habitaciones ubicado en Riad. Sabrá él para qué necesita tantas. De hecho, no son suficientes, porque es dueño de un complejo de más de 400 000 metros cuadrados muy cerca de la capital saudí, donde hay cinco casas, cinco la