La otra Cuba,
réquiem para un maestro vivo

Wilfredo Rodríguez Álvarez • Villa Clara, Cuba

Quienes tuvimos la suerte de ser hijos de teatristas y luego seguimos los pasos de nuestros padres, crecimos viéndolos a ellos y a toda su generación. Sabemos entenderlos, hemos visto celebrar sus éxitos y tragar las decepciones —que no han sido pocas—. Comprendemos cuánto estos nombres que han labrado el camino que pisamos, han hecho para que nuestro movimiento se afiance, y para que hoy, la otra generación que nos sucede, haya tenido los espacios, eventos, festivales y las publicaciones donde dejar sus criterios, pero sobre todo, la historia, esa que hay que defender pues es la identidad, el punto de partida, el comienzo del sueño de otros que también fueron jóvenes y dieron todo a cambio de nada, o sí,  a cambio del placer del día a día, del amor por su arte.

No voy a enumerar aquí nombres antológicos en el teatro de figuras cubano —casi todos se conocen— ellos han dejado su impronta; unos desde la sombra, otros con sus lauros. Algunos siguen entre nosotros, edificadores como antaño, y otros ya no están pero ha quedado su obra. Estas reflexiones siguen en mí,  aún cuando ha pasado ya una semana desde que aprecié el espectáculo La otra Cuba, un texto de Luis Javier López, con puesta en escena de Fidel Galbán Del Val (Fidelito) y defendido por su hermano Miguel (Miki), ambos hijos de uno de los creadores más conocidos en el teatro de títeres cubano: Fidel Galbán.

Imagen: La Jiribilla

El espacio de la sala Margarita Casallas del Centro Cultural El Mejunje, tan cálido, fue el seleccionado para la representación de una puesta más honesta que pretenciosa, que no es titiritera, pero habla de títeres. A diferencia de otras obras que han abordado el mismo tema, La otra Cuba, da una vuelta de rosca a la realidad del emigrante, y notamos en ella claros pasajes autoreferenciales: las tribulaciones del artista cubano que viaja a Europa como parte de una gira, o invitado a un festival, y luego, deslumbrado por la opulencia o escuchando una frase que lo convida, decide dar un espaldarazo a su Isla y abrirse paso en medio de una sociedad desconocida, de una urbe que poco a poco lo absorbe, y a diferencia del Rastignac de Balzac, a pesar de su candidez y ambición, se enajena, aplastado por la soledad que lo desgasta y en el invierno, dígase de nieve o de ausencias, cae aniquilado por las añoranzas. Solo puede encontrar un oasis en el recuerdo cuando miente a su madre, o cuando evoca a su padre como guía espiritual. Entonces, se lamenta y “muere” en medio de tanta vida, desde un mundo interior al que llama La otra Cuba.

El equipo formado por artistas del Guiñol de Remedios, logra hilvanar una historia cercana sin caer en lo manido, ni en el facilismo de la sonrisa fácil que se burla de nuestros pesares. Se transita acertadamente de lo particular a lo universal. Con buen ritmo y tino, Miki narra la vida de un músico cubano hijo de teatristas, que trata de seguir viviendo lo que él creyó un sueño; entonces, reconocemos entre anécdotas y recuerdos, elementos autobiográficos de quien ha decidido, justo a tiempo, volver sobre sus pasos, despertar de la pesadilla y tomar las riendas de uno de los más prestigiosos colectivos de la escena titiritera cubana.

Las impecables interpretaciones de un muy bien seleccionado repertorio musical, van guiando la dramaturgia y nos regalan momentos de gran disfrute. El actor, egresado de la Academia de Música de Villa Clara, se apoya en un piano, no solo como mera justificación o espacio escénico, sino como recurso imprescindible para la representación. Su gracia y sentido de la escena, su fluidez al narrar y conversar con el público, trasmite una cotidianidad que reconocemos en cualquier familia cubana, pero con las particularidades propias del artista.

Las imágenes proyectadas en justa medida, son elemento esencial en la puesta que mucho ayuda en la consolidación del clímax. En mi caso, confieso que me dejé llevar por los recuerdos, y me estremecí al apreciar fotografías antológicas del guiñol remediano, de Fidel Galbán (padre) y sus actores. Miki y Fidelito calzando títeres junto con su papá…, en fin, fueron muchos recuerdos de momentos que viví y conocí perfectamente.

Quizá, aquellos que al llegar al teatro encontraron un camino labrado, alcancen a deshilar la concepción escénica, a notar las posibles costuras; tal vez simplemente sigan de largo, sin realizar ninguna reverencia. No los culpo. Un joven egresado de la Academia Provincial de Actuación, me comentaba sus impresiones al concluir la función. Alababa la interpretación y las cualidades vocales del actor, incluso, la sinceridad al contar “su propia historia” pero, según sus palabras, “la puesta en escena no fue tan atractiva”. Llegué a cuestionarme como creador, como profesor de la propia academia, como hijo de teatristas, como miembro de una generación que creció en el amor y respeto a nuestros padres y su legado. ¿Será que hemos ensañado que no es lícita una puesta en escena que no apele a ciertos preceptos y lenguajes? ¿Podrán ellos defender mañana lo que aún hoy muchos creemos? ¿Es que no hemos sabido contar la historia de nuestro movimiento? Es entendible como conflicto generacional, recuerdo a los jóvenes actores de Teatro Dripy durante los trabajos de mesa de Viaje desconocido de Gulliver, mientras les narraba mis recuerdos cuando de niño apreciaba las obras del Guiñol Santa Clara, o las peripecias vividas junto con mis padres en las giras con aquel grupo. Ellos notaban el brillo en mis ojos, y puede que hasta alguna que otra lágrima; pero las vivencias, por su carácter de patrimonio personal, son muy difíciles de trasmitir. Cada generación tiene su contexto, el cual actúa como caldo de cultivo. La propia situación económica de nuestro país, en los años 90 del pasado siglo, gestó carencias y pragmatismo. Es por ello que obras como La otra Cuba se agradecen. Vi gente emocionarse sin que conocieran el origen de la historia que les narraban, y es que el humanismo trasciende cualquier barrera de comprensión.

Al concluir la función me fui al camerino para ver a Miki. No le dije nada, solo tragué en seco y lo abracé fuerte. Fue esa la única manera que encontré de mostrarle mi agradecimiento por mantener nuestra memoria a mano. Esa evocación puede ayudar a los jóvenes titiriteros, que un día tendrán 70 años, a reforzar los cimientos del camino que pisan, ese camino que en su día labraron nuestros maestros, los que bien merecen hoy un réquiem, aunque aún estén vivos.

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