Ese es Severo

César López • La Habana, Cuba

Lo conocí cuando él llegó a La Habana, a través de la ceramista Julia González, quien en ese momento era mi compañera. Desde el primer momento fue una persona muy generosa. Él, siendo tan joven —tenía 18 años—, había publicado en Ciclón junto con Marré, con Escardó, con Fornet. A los pocos días de conocerlo me dice: “En Ciclón están buscando escritores jóvenes, yo voy a llevar cosas tuyas”. Luego, vino corriendo a decirme que aunque “él no dijo mi nombre”, habían aceptado mi trabajo. Por él conozco a dos personas que son importantes en la vida de Severito —le decíamos así—: José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera. Yo guardo, como “albacea” de Pepe Rodríguez Feo la correspondencia, y ahí tengo sus cartas cruzadas. Ellos hablan de algo muy interesante: cuando la ruptura, el cisma entre Rodríguez Feo y Lezama Lima, que es cuando él llega a La Habana después del Centenario —la primera secularidad, como dice Lezama, de Martí—. Severo es “virgiliano”, o sea, él parte de un compromiso con la estética, la manera de ser de Virgilio; pero, generoso, inteligente y sensible como era él, eso no lo cierra, no lo bloquea y no le impide ser uno de los “lezamianos” más profundos, más agudos, más sensibles. Tanto así que hay algo que debemos recordar, si alguien lo ha olvidado: cuando aparece Paradiso, con todo el escándalo que conocemos, Severo lo lee enseguida —en ese momento está trabajando en Editions du Seuil— y plantea la necesidad de publicar ese libro en francés, busca el traductor y firma un contrato, le escribe a Lezama; él nos lo cuenta enseguida a Álvarez Bravo, a mí y a Cerdá; cuando ya está el escándalo armado, viene alguien de Galimar a ofrecerle un gran contrato a Lezama y en la Unión de Escritores, precisamente en una reunión en la cual yo participo, se le ofrece ese contrato a Lezama, y él dice que no porque había dado su palabra a Severo Sarduy para que él las publique en du Seuil. Ese es Severo.

Imagen: La Jiribilla

Aquí se hablaba de la pintura. Cómo era capaz, antes de ver los originales —no solamente de los grandes clásicos sino también de los más modernos, sobre todo Víctor Vasarely— de interpretar, de llegar al fondo de la pintura. Tanto es así que cuando lo encuentro por primera vez en París, en el año 61 —ya nos habíamos visto en España cuando él llega en el 1959—, voy a la casa de Zoo, cerca de Versalles, y digo: “Ay, qué buena reproducción de Vasarely”, y él se ríe y dice: “Torpe como siempre. No es una reproducción, es un Vasarely, y ven al cuarto para que veas otro”. Cuando Vasarely lo conoce y lee lo que Severito había escrito, sin haber visto nunca un original suyo, se queda fascinado y le dice que es él quien mejor lo ha entendido. Cuando él llega a Europa en diciembre del 59, en condición de becado, quiere parar con tres amigos en Santander. Viaja con los hermanos Mustelier, quienes eran hijos de un gran boxeador (Kid Tunero), y le decíamos “los tuneritos”. De momento, una noche a fines de diciembre, yo vivía en la calle Narciso Alonso Cortés en Madrid y cuando salgo oigo una voz cubanísima que me dice: “¿Ud. no es César López?”, y le contesto: “Pero Severo, ¿qué haces aquí?”, entonces él se queda diciembre y enero en Madrid, pero en este momento sucede el incidente con el señor Lojendio, que era el embajador de Franco aquí en Cuba, y las opiniones en Madrid se dividen. Los estudiantes no estaban autorizados a quedarse dos años más para terminar los estudios, ellos apoyaban a Cuba, pero la reacción no. A Severo le molesta tanto eso que dice: “Me voy ya”; él quería quedarse unos meses en Madrid y nosotros, los amigos, lo pusimos en el tren hacia París, lo vestimos, le dimos claveles, etc. Él había ido a buscar a una poeta que no era muy importante pero que a él le interesaba mucho, Gloria Fuertes, quien tiene un texto que Severo memorizaba y le fascinaba: “Aconsejo beber hilo. Llegó a París y vivió, al principio, en la Casa de Cuba; pero encontró a Díaz Martínez, le tocó la puerta, se paró en quinta como si fuera un bailarín, como él solía hacer, y dijo: “Manolo, llegué”.       

 

Palabras en el coloquio Homenaje a Severo Sarduy en el aniversario 20 de su fallecimiento. Centro Cultural Dulce María Loynaz, La Habana, 20 de junio de 2013.

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