La revista del pueblo y Revista del pueblo:
dos épocas y una misma voluntad

Cira Romero • La Habana, Cuba

Al menos tres años antes del estallido revolucionario del 10 de octubre de 1868 hubo cierta eclosión de revistas culturales en la Isla, la mayoría de corta duración, pero dirigidas por figuras notables y con la presencia en sus páginas de las plumas más prestigiosas. Una vez comenzada la guerra, la dispersión de la intelectualidad, unos a la manigua insurrecta y otros al exilio, desarticuló la vida del país y lo mejor de la prensa cubana pasó a hacerse en el exilio.

Entre las publicaciones que precedieron el comienzo de la guerra está La Revista del Pueblo, dirigida por Ramón Zambrana y Luisa Pérez de Zambrana, unidos en matrimonio desde finales de la década del 50 y muy reconocida ella como poetisa. Fue la persona escogida para coronar a Gertrudis Gómez de Avellaneda en un acto solemne celebrado en el habanero Teatro Tacón el 27 de enero de 1860 y,  ese mismo año, sería la renombrada poetisa, novelista y dramaturga camagüeyana quien prologaría el tomo de la Zambrana titulado Poesías, aparecido ese mismo año. Por su parte, Ramón Zambrana, aunque vinculado con las letras, estudió medicina y fue el primer graduado de esa carrera en la Universidad de La Habana.   

El primer número de La Revista del Pueblo apareció el 12 de marzo de 1865 y su periodicidad fue quincenal. Su contenido era muy variado y acogió cuentos, poemas, traducciones, discursos y trabajos sobre religión, bellas artes, ciencias, estética, filosofía y botánica. Figuraron como colaboradores José Fornaris, Enrique Piñeyro, José Socorro de León, Alfredo Torroella y Julia Pérez Montes de Oca, hermana de Luisa, entre otros. Se extendió hasta el mes de septiembre, cuando debieron interrumpir su salida por la enfermedad de Ramón Zambrana, fallecido en  marzo de 1866.

Reapareció en su segunda época —con un ligero cambio en el título, ahora Revista del Pueblo, suprimido el artículo la—  el 15 de octubre del mismo año, también con una periodicidad quincenal y con el subtítulo “Literatura, filosofía, elocuencia, historia, estética, arqueología”.

En una nota firmada por Enrique Piñeyro aparecida en dicho número, expresaba:

La nueva forma que toma desde hoy la Revista nos autoriza a decir que entra en su “Segunda época”. Nada ofrecemos al público —haremos lo que podamos. Baste saber que nuestra intención es sostener un periódico que por su constancia en publicarse y por el carácter de su crítica severa, pero simpática, a todas nuestras producciones, merezca algún día el nombre de ‘espresión’ [sic] de la literatura en Cuba”. Si no lo conseguimos, si el obgeto [sic] es superior a nuestros merecimientos, habremos trabajado en pro de un noble fin, y diremos con el poeta latino, Et voluisse sat est”.

El nombre del por entonces no tan conocido Enrique Piñeyro no comenzó a aparecer como director de la publicación hasta el número 6, correspondiente al 30 de diciembre de 1865, pero no existen dudas de que fungió como tal desde el comienzo de la segunda época de la publicación.

Sin que Revista del Pueblo diera un vuelco en relación con su antecesora, el director, que ya había comenzado a destacarse como crítico literario y se convertiría en uno de los más sobresalientes del siglo xix cubano, puso especial interés en publicar críticas literarias y notas bibliográficas. En un momento en que el posteriormente renombrado enjuiciador de autores tan relevantes como Dante o Víctor Hugo se apresta a dar sus primeros pasos, las letras cubanas transitaban por lo que Cintio Vitier calificó de estado “incipiente y confuso”, años, dice, “de desorientación y de tránsito hacia nuevas perspectivas y calidades”. En la Revista del Pueblo Piñeyro se propone, sigue afirmando Vitier, “dar otra vez la batalla por el famoso ‘buen gusto’, al parecer siempre amenazado”. De estos años juveniles es su trabajo “Apuntes sobre lo bello”, donde escribió:

El arte no ha sido creado para endulzar y embellecer la existencia, ese es el menos importante de sus resultados; por el contrario se halla en íntimas y frecuentes relaciones con el destino de la humanidad, con el perfeccionamiento moral del hombre; su fin es la verdad que presenta vestida con todo el lujo de la fantasía para instrucción de todos.

Al repasar las páginas de la Revista del Pueblo encontramos nombres como los de Antonio Enrique de Zafra, sevillano de nacimiento y radicado en Cuba desde muy joven. Autor teatral por excelencia, fue uno de los participantes, como recitador, en la coronación de la Avellaneda; el también español Saturnino Martínez, que estaba a punto de dar por concluida su revista La Aurora, auspiciada por el gremio de tabaqueros; Antonio Bachiller y Morales, de larga trayectoria en la vida cultural cubana, a la cual había aportado uno de los libros más relevantes de nuestro siglo xix, todavía herramienta útil para los investigadores de la cultura cubana: Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba (1859-1861); Pedro Santacilia, autor del poemario El arpa del proscrito (1856), quien posteriormente contrajo matrimonio con una hija de Benito Juárez y fungió como su secretario hasta la muerte del Benemérito de las Américas. Juan Clemente Zenea, amigo de Piñeyro, pues juntos habían dado a la luz la Revista Habanera (1861–1863), sobre la cual hablaremos en próximo trabajo, fue uno de los colaboradores más asiduos de esta publicación. En ella el autor del poema “Fidelia” dio a conocer, entre otros, el titulado “En un álbum”, donde leemos:

 

¡Tú vas hacia una orilla

de donde triste vengo,

lo que tú buscas ahora

es ¡ay! lo que yo dejo!

 

Tú vas a ver un alba

que baña de oro el cielo,

y yo a ver un sol mustio

que ya se está poniendo.

 

Tú vas a sembrar flores

en fértiles terrenos,

yo voy a alzar mi tienda

en áridos desiertos.

 

Vas a lanzar tu barca

sobre un océano inmenso,

vas a aplicas al labio

la copa de los sueños.

 

¡Que duerma entre las velas

la cólera del viento,

que amor rompa las ondas

al golpe de sus remos!

 

¡Que como yo, no tengas

que suplicar al cielo,

que encuentres ¡ay! almíbar

donde yo hallé veneno!

 

Otros nombres que figuran son los de Eusebio Guiteras, discreto poeta, pero por entonces reconocido autor de libros de lectura para niños aprobados para utilizarlos en la educación primaria, y, por supuesto, Luisa Pérez de Zambrana, quien siempre se mantuvo muy identificada con la revista que había ayudado a fundar en su primera época, a pesar de la vida recogida que hacía por la muerte de su esposo. Angustiada, escribe en uno de los números:

Amanece? tengo alma? el sol alumbra

este mar de tinieblas?

Las altas palmas, del suplicio antiguo

son las cruces inmensas?

 

El lucero del alba todavía

trémulo centellea?

Son las losas de sepulcros en el libro?

las pálidas estrellas?

 

La luna, en los desiertos del vacío

yerta se balancea?

Son túmulos las nubes, y las olas

un sudario de perlas?

 

El 30 de septiembre de 1866 vio la luz el último número de Revista del Pueblo. Las labores de Piñeyro como catedrático de Historia y de Literatura del colegio El Salvador, fundado por José de la Luz y Caballero en 1848, le impidieron seguir desempeñándose como director de esta publicación. Posteriormente, radicado fuera de la Isla, desarrolló una amplísima labor como crítico literario, materia de la que, reiteramos es una de las figuras más descollantes de nuestro siglo XIX.

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