En busca de nuestras raíces, de Henry Louis Gates Jr.

Memorias de la esclavitud

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Si un libro puede ser muchas cosas a la vez, ese es En busca de nuestras raíces, del historiador norteamericano Henry Louis Gates Jr., publicado por primera vez en lengua española en una edición cubana (coedición cabría decir, puesto que el sello Ciencias Sociales tuvo la colaboración de Arte y Literatura), gracias a la generosa cesión de los derechos por el autor.

Aunque enmarcado en la literatura testimonial —la entrevista es la base de su desarrollo—, el libro se inscribe también en la rama de la historiografía que trabaja con la reconstrucción genealógica y dentro de esta introduce un elemento novedoso, la aplicación de los hallazgos más recientes de la genética, el pesquisaje mediante los marcadores étnicos.

Gates explora el pasado de 19 prominentes personalidades afronorteamericanas —negros exitosos, mediáticos—, consciente de que detrás de cada una de sus historias particulares se halla el abismo de la esclavitud.

Invariablemente, con sus matices, todos comparten en el pasado el sufrimiento de antecesores que fueron arrancados por la fuerza de África, sometidos a las más despiadadas formas de explotación, ninguneados como seres humanos. En las escrituras más antiguas, el dato más cruel pasa por los registros de propiedad de los amos: sin nombre y apellidos eran consignados como hombres, mujeres y niños de tal o cual edad, en pie de igualdad con pollos, vacas, caballos y extensiones de tierra.

Esto, desde luego, era sabido por los entrevistados, pero a la vez olvidado, o al menos guardado en una zona congelada de la memoria. Lo revelado a través de la reconstrucción de los árboles genealógicos puso rostro, cuerpo y condición a los antepasados y en muchos casos lecciones de resistencia y legítima ambición humana en medio de terribles circunstancias. De un modo u otro, todos coinciden en saberse más completos después de la investigación retrospectiva, aun cuando a lo largo del proceso hayan salido a flote graves conflictos de identidad: el más perturbador acaso el del célebre crítico Anatole Broyard, columnista por décadas del diario The New York Times, que ocultó a sus hijos su mestizaje y esquinó a su madre y hermanas para mantener su reputación de supuesto hombre blanco.

Otro de los efectos traumáticos de la esclavitud radica en la pérdida de la memoria familiar. Gates llega en el pasado hasta donde puede, pero se pierde la historia en la plantación y los barcos de la infame trata. El comercio esclavista destruyó y dispersó familias y creó un vacío en la continuidad de las relaciones parentales.

Como compensación, los entrevistados pudieron saber, gracias a los análisis comparativos del ADN, la procedencia étnica de sus ancestros africanos, europeos y nativoamericanos —a fin de cuentas, el mestizaje es una realidad incuestionable.

Al cúmulo doloroso se suman dos verdades que tienden a ocultarse en las lecturas maniqueas de la historia de la esclavitud: la participación de comunidades africanas (negras) en el negocio de la trata, a veces como intermediarios y otras como cazadores de esclavos que vendían a los traficantes europeos; y la posesión y explotación de negros esclavos por parte de naciones aborígenes norteamericanas.  

Como quiera que el libro fue concebido para el mercado editorial de EE.UU., Gates, que había protagonizado con prácticamente los mismos sujetos la serie de televisión African American Alives, para el canal público de la nación, focalizó las experiencias de afronorteamericanos famosos, a manera de gancho para el público.

¿A quién no le gusta saber más de las estrellas de cine Whoopi Goldberg o Morgan Freeman? ¿O seguir la pista a músicos de la categoría de Tina Turner o Quincy Jones? ¿O encontrarse con la inefable Oprah Winfrey? ¿Quién no pretende medir sus miserias con la riqueza heredada y acrecentada de Linda Johnson Rice, al frente de un emporio mediático o admiró las hazañas atléticas de Jackie Joyner-Kersee o se estremeció con el estreno sideral de la cosmonauta Mae Jemison? (Dicho sea de paso, muchísimos norteamericanos blancos, indios y negros ignoran que el primer afrodescendiente en tripular una nave espacial fue el cubano Arnaldo Tamayo Méndez). ¿Qué hay con la gente común y corriente, a las que Gates facilita al final el paliativo de armar su propia genealogía, con la remota posibilidad de acceder a las herramientas historiográficas y científicas disponibles en un proyecto fuertemente financiado?

Ello no resta méritos al resultado. Suscribo la apreciación de la doctora cubana en Genética Clínica, Beatriz Marcheco, invitada por la coordinadora del proyecto editorial de Ciencias Sociales, la respetada especialista Graciela Chailloux para que, desde su perspectiva, escribiera la introducción del volumen: “Los testimonios y las evidencias de diversa naturaleza en que se basan los relatos de este libro permiten aprender del dolor de quienes sufrieron y aún sufren las consecuencias de que los seres humanos hayan sido entrenados para pensar en términos de ‘raza’ y para construir, a partir de información visual y prácticas sociales iterativas, un pensamiento racial discriminador y excluyente”.

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