Dos emigrantes

Elvia Rodríguez Carballo • Sancti Spiritus, Cuba

Mamá y Papá vivían en Chivirico; siempre habían vivido en Chivirico.

Mamá había convivido con los padres y 15 hermanos, más su abuela Genara. Recordaba a la abuela Genara, senil, con su mente detenida en algún lugar lejano, en un tiempo desconocido, su tiempo, allá en la Isla Bonita, donde transcurrieron su infancia y su juventud.

La abuela Genara pasaba los días azorando gallinas, tratando de juntarlas como si fueran cabras, colocándose hojas de calabaza en la cabeza —para ella eran canastos de ropa sucia para ser lavada en el río.     

Estos eran recuerdos infantiles y juveniles que quedaban en las páginas aún no borradas del todo, que formaban la mente de la abuela Genara.

A Papá, ocho años mayor que Mamá, le gustó, casi desde que ella era una niña, la muchachita regordeta y simpática que había tenido la mala suerte —al menos para Papá— de ser hija de Joaquín, un isleño de El Hierro que se gastaba un genio de todos los demonios y se oponía, como era usual, a las relaciones amorosas de “su muchacha”. Pero Papá era ya un “isleño de anjá”, así que, como quien no quiere las cosas, pero sí las quiere, empez