Dos emigrantes

Elvia Rodríguez Carballo • Sancti Spiritus, Cuba

Mamá y Papá vivían en Chivirico; siempre habían vivido en Chivirico.

Mamá había convivido con los padres y 15 hermanos, más su abuela Genara. Recordaba a la abuela Genara, senil, con su mente detenida en algún lugar lejano, en un tiempo desconocido, su tiempo, allá en la Isla Bonita, donde transcurrieron su infancia y su juventud.

La abuela Genara pasaba los días azorando gallinas, tratando de juntarlas como si fueran cabras, colocándose hojas de calabaza en la cabeza —para ella eran canastos de ropa sucia para ser lavada en el río.     

Estos eran recuerdos infantiles y juveniles que quedaban en las páginas aún no borradas del todo, que formaban la mente de la abuela Genara.

A Papá, ocho años mayor que Mamá, le gustó, casi desde que ella era una niña, la muchachita regordeta y simpática que había tenido la mala suerte —al menos para Papá— de ser hija de Joaquín, un isleño de El Hierro que se gastaba un genio de todos los demonios y se oponía, como era usual, a las relaciones amorosas de “su muchacha”. Pero Papá era ya un “isleño de anjá”, así que, como quien no quiere las cosas, pero sí las quiere, empezó a construir un bohío, y 14 meses después, en vista de que Joaquín continuaba parado en sus “13”, una noche de luna nueva, cargó con Mamá en su caballo alazán para el bohío, y al isleño cascarrabias no le quedó otro recurso que aceptar la unión que tanto había detestado.

Papá era tinerfeño; uno de esos isleños que se pasaba la vida evocando las cosas de allá.

Consumada la unión con Mamá, empezaron a menudear los chicos; siete varones, una hembra y por último Angelito, el benjamín de la familia, con sus cabellos ensortijados y sus manazas “igualitas a las de papá”.

Así transcurrieron los años. La finca fue el altar donde la familia Pérez González ofrendó su fuerza y su sudor. La escasez de ropas y zapatos fue una compañía inseparable. No fue posible el retorno a Las Afortunadas, pero la felicidad, que no viste de gala ni se atesora en las voluminosas arcas de la gente rica, fue bálsamo para aliviar los dolores de la pobreza.

Sin embargo, algo vino a perturbar la tan bien cultivada paz familiar. Una tarde Angelito, que ya era un mozalbete, regresó eufórico de la ciudad. Traía una noticia sensacional: todo aquel que procediera de españoles podría hacerse ciudadano de aquel gran país, viajar y hasta establecerse en él.

Se formó el alborozo en el hasta entonces apacible bohío de Papá y Mamá.

Papá empezó por ir a donde el compadre Laureano, un coterráneo inteligente que sabía leer y escribir bastante bien, improvisaba décimas y hasta despedía duelos.

Dos días después Papá, Mamá y, por supuesto, el compadre Laureano, hicieron el primer viaje a La Habana. A las pocas semanas, después de reunir todos los ahorros y vender hasta el último de los animalitos domésticos, ya estaban resueltos todos los papeles, así que, ¡a las Islas! Pero… ¿a cuál isla?

Mamá quería volver a ver los riscos donde la abuela Genara pastoreaba cabras, visitar la Isla Bonita; Papá, por su parte, con desdén indicaba: ¡A Tenerife, a ver el Teide! ¡A La Orotava, a ver el valle! La discusión fue constante.

Al fin se pusieron de acuerdo: irían con Angelito a Tenerife y después él se encargaría de llevar a Mamá hasta La Palma. Terminada la discusión ¡manos al avión! Se fueron a Tenerife.

Todo eso lo supe después, de labios de Papá y Mamá, cuando habían pasado siete años desde su llegada a Santa Cruz, en ocasión de estar yo de paso por allá.

Mamá seguía regordeta y risueña, mientras me servía un plato de chorizos con papas arrugadas, pero yo, que la conozco muy bien, sabía… sabía…

El día que me despedí para regresar a Cuba, Papá me abrazó con un brillo extraño en los ojos. “Oye, si vas por Chivirico, saluda a la familia y a todos los vecinos, menos al compadre Laureano”.

Todavía Mamá no ha ido a La Palma.

 

Elvia Rodríguez Carballo: Narradora, poeta y profesora cubana. Obtuvo mención en cuento y poesía en el concurso literario territorial Raúl Ferrer, Yaguajay, Sancti Spíritus, 2013. Reside en la provincia de Sancti Spíritus.

Comentarios

Elvia es increíble en este cuento derramó como agua su vida ... Felicidades .

Buen cuento . Conozco a Elvia a quien admiro y felicito por sus losgros . Realmente es así , la gente empaca sus cosas en pos de recuerdos o sueños creyendo que la felicidad se encuentra en otro sitio ! error que luego quema y consume !

Que tierno mi amiga Elvia ... la pobreza une , .la riqueza divide.........la vida es repetitiva .........los que estamos en Tenerife vivimos añorando las cosas de Cuba ............... felicidades tus alegrías tus triunfos los hago míos... tu hija es muy importante en mi vida .........besitos Amarilis .

Bonito cuento una realidad de la emigración mi felicitación a esa gran escritora y gran persona

muy buen cuento, todo lo que brilla no es oro, como campesinos humildes y honrados eran felices y tenían lo más importante que es la unidad familiar.

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato