El amigo de las mujeres

Cira Romero • La Habana, Cuba

Entre el 23 de octubre de 1864 y un día y mes indeterminados del año 1867  vio la luz en La Habana una revista semanal que apareció cada domingo y en cuyo número inicial expresaron sus editores el propósito de “hacer un periódico elegante y moral a la vez, instructivo y de recreo, que pueda entrar lo mismo en el gabinete de la opulenta habanera que en la modesta casa de la obrera...”. En marzo de 1865, estaba en su segunda época y a comienzos de 1866 reapareció en la tercera. A pesar de esta inestabilidad, debido a la crisis económica previa a la Guerra de los Diez Años, la publicación logró sostenerse hasta el año antes indicado gracias a algunas subvenciones provenientes de anónimos contribuyentes, como expresaron en uno de los números llegados a nuestros días.

La revista tuvo la peculiaridad de no informar quiénes fueron su —o sus— directores o editores, pero dado su carácter eminentemente literario es de presumir hayan sido escritores que se dispusieron a publicar, fundamentalmente, trabajos literarios, aunque también vieron la luz artículos sobre bellas artes, modas, así como anuncios de los principales comercios de la época, los más lujosos, por entonces situados en la calle Obispo o del Obispo, como también se le llamaba.

En la sección dedicada a las modas, titulada “Estilo y mujer”, se pueden leer artículos como el que sigue, titulado “En París la seda viste a las mujeres de hoy”, del cual extraemos un fragmento: 

“Estilo y mujer” quiere colocar a las habaneras a la altura del momento parisino en cuanto al vestir. Visitar las elegantes tiendas de la rue Saint-Germain nos puede dar la oportunidad de conocer por qué rutas transitan las principales modistas francesas, pues allí los maniquíes no exhiben ropas elaboradas en fábricas, sino en pequeños talleres y enteramente cosidas a mano por expertas oficialas, ayudadas por aprendizas generalmente venidas de zonas distantes. La actualidad es la ropa de seda en las más diversas tonalidades, aunque, como es verano, predominan los colores claros y los adornos con encaje de Chantilly. Entré en el establecimiento de Madame Chenier de Pau, quien me recibió en su coqueta oficina tapiada de maderas preciosas. Sacó de su gaveta un muestrario con las telas de seda más hermosas que pueda vestir una mujer y pensé que esa oportunidad me permitiría informar a mis lectoras, como ahora lo hago, que, hoy por hoy, ese tejido es el último grito de la moda parisina, que no la francesa, pues París se impone a lo que pueda hacerse, en esta materia, en otras ciudades como Lyon o Montpellier o Tolouse. Así de grande es su imperio de la moda. Recomiendo entonces a mis amigas habaneras visitar nuestros mejores y elegantes y surtidos establecimientos y escoger las hermosas telas de seda que hoy dan el grito más alto en la ciudad del Sena, que rugía impetuoso en estos días debido a las intensas lluvias. ¡Vestirse “á la soie”! es el grito que impera en la capital de Francia. Hagámoslo nuestro.

Fueron varias las colaboradoras que escribieron para sus páginas: Luisa Pérez de Zambrana, Úrsula Céspedes de Escanaverino, Merced Valdés Mendoza y entre los hombres Rafael María de Mendive, Antonio Sellén, José Fornaris, Juan Clemente Zenea, Antonio López Prieto, Antonio Enrique de Zafra e Ignacio María de Acosta (1814-1871), sobre quien me detengo, pues tuvo una presencia destacada en esta revista bajo el seudónimo de Iñigo. Hombre de cuidadosa educación, graduado del Real Seminario de San Carlos, ejerció en Matanzas, donde vivió casi siempre y allí falleció, la profesión de maestro en importantes colegios como La Empresa, El Siglo xix y San Carlos. En 1856, unido a Emilio Blanchet, fue uno de los más generosos editores del libro Aguinaldo de Luisa Molina, con el que intentó sacar de la oscuridad en que vivía a uno de los talentos naturales de más mérito de aquellos años, residente a orillas del río Moreto, en Matanzas, de formación autodidacta, pero de reconocidos méritos literarios, como lo apreció Gertrudis Gómez de Avellaneda en un ensayo que le dedicó. Pero su más afamado poema publicado en El Amigo de las Mujeres fue su “romance histórico geográfico de la Isla de Cuba”, que dedicó a los niños y fue declarado texto de obligatoria lectura para las escuelas gratuitas de Matanzas. En la primera parte de esta obra, titulada “Cuba”, leemos:

Está entre las dos Américas

la virgen Cuba situada

el Atlántico la besa,

y el mar Caribe la baña.

Tiene al norte la Florida,

al sur le queda Jamaica,

al este Santo Domingo,

y Méjico a la otra banda.

La Reina de las Antillas

por su extensión se le llama;

y en riquezas y comercio

a todas las aventaja.

Eran los Reyes Católicos

los Monarcas en España

cuando Cristóbal Colón

halló esta tierra ignorada.

Tierra de luz y de flores,

tierra tan rica y tan vasta,

que el gran genovés marino

la juzgó parte del Asia.

Y como digna de un Príncipe

creyéndola hermosa alhaja,

por obsequiar a Don Juan

le puso por nombre Juana.

A Ocampo le cupo en suerte

la aventura de bojearla,

y sacar la Europa entera

del error en que se hallaba.

Y cupo a Diego Velásquez

la gloria de conquistarla,

con trescientos españoles

que trajo de la Sabana.

Fundó en ella siete villas

y le acompañó Las Casas,

el Apóstol de la América

que hoy preconiza la fama.

Los naturales mansísimos

no resistieron sus armas,

sin embargo que esta tierra

era entonces muy poblada.

Mas en sus plácidos valles

y sus tendidas sabanas,

en sus bosques apacibles

y levantadas montañas,

jamás el rumor de la guerra

ni el rumor de las batallas

con la voz se había mezclado

de sus brisas y sus palmas.

De esta manera sigue recorriendo la historia de Cuba en su geografía y sus paisajes y en la segunda parte se concentra en la ciudad de Matanzas desde su fundación, mencionando a poetas como Heredia y Milanés, quienes “a orillas del Yumurí, cantaban”.

El poema completo fue publicado en 1858 en esa ciudad por el establecimiento tipográfico de la Aurora del Yumurí  y circuló como una hoja entre los escolares que allí residían. La revista El Amigo de las Mujeres lo reprodujo íntegro en el número 56 del mes de abril de 1865, a petición de muchos maestros de la enseñanza primaria de la aludida ciudad, pues la revista tuvo allí amplia acogida, donde llegó a tener un representante, según se infiere de algunas noticias que se brindan de sucesos culturales  ocurridos.

El Amigo de las Mujeres puso de manifiesto su interés, no siempre alcanzado, de darles a las féminas lo mejor de la literatura cubana, sobre todo en poesía. Sus páginas son muestras, por momentos notables, de esa preocupación.

 

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