Las cosas y el caso de Rancaño

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

No conozco prácticamente ningún artista que haya evitado la tentación del ready made, sobre todo después de que Marcel Duchamp legitimó el procedimiento en los circuitos internacionales de exhibición. Al defender lo “real maravilloso”, Alejo Carpentier denunciaba, por oposición, la pretensión dialogante del paraguas y la máquina de coser en la mente de Lautreamont. Sin embargo, las asociaciones objetuales conflictivas pueden encontrar aristas deslizantes pletóricas de significado, como lo ha demostrado más de un ejercicio bendecido por la postmodernidad, en tiempos relativamente recientes. 

Todo esto lo fui pensando a medida que me sumergía en las propuestas de Ernesto Rancaño, albergadas por la Galería Villa Manuela, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), este verano de 2013, bajo el título Re – existir.

En Rancaño muchos admiran su extraordinario talento para el dibujo, tanto por la precisión de la línea como por el aliento lírico que insufla a sus criaturas. Egresado en 1991 de la Academia de San Alejandro, el interés por su obra lo ha llevado a colecciones privadas y públicas en México, Caracas, La Habana, Santiago de Cuba, Nueva York, Buenos Aires, Madrid, Valencia, San Francisco, Bogotá y Ginebra, y la celebración por la crítica de sus exposiciones más recientes en la capital cubana, Abrazos prohibidos (Galería Habana, 2009), La carta que nunca te escribí (Galería 23 y 12, 2011) y La mitad de mi vida (Oncena Bienal de La Habana, La Cabaña, 2012).

Imagen: La Jiribilla
"Existir", 2013

Estas dos últimas se emparentan con la que desplegó en Villa Manuela, pues en ambos casos Rancaño hizo ostensible su interés por explorar la relación de los objetos con la memoria y los usos cotidianos desde una narrativa personal.

La gran diferencia ahora reside en que el artista aparentemente se despoja de su subjetividad —en las muestras anteriores la indagación objetual se definía a partir de la perspectiva individual, con el Yo en primer plano— y traslada  el abanico de posibilidades interpretativas a la subjetividad del espectador.

De cualquier modo, se incrementan las márgenes de la especulación mediante un discurso que, a veces, se torna críptico y, a veces, elíptico, en medio de un permanente contrapunto entre lo conceptual y lo tropológico.

Pudiera, a primera vista, parecer que Rancaño se interesa por jerarquizar el caos y el azar en la disposición de los elementos instalativos empleados. Nada más lejos de ello: el artista consigue enlazar núcleos significantes en una dialéctica apasionantemente contenida, equilibrada, entre la permanencia y la fugacidad, lo mismo cuando se mueve en el plano de la autorreflexión creativa (la pieza “Dibujo detenido”, que dedica al artista amigo Vicente R. Bonachea) que cuando su vocación social y humanista se explicita (“Amor después del mundo”).

Imagen: La Jiribilla
"Amor después del mundo", 2013

Es así como Rancaño se nos revela como un poeta de las cosas posibles e imposibles, bajo el precepto de que lo más importante es incentivar las emociones y la inteligencia del espectador.   

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