La cita

Esther Díaz Llanillo • La Habana, Cuba

Dalia se miró en el espejo, la imagen del otro lado le corroboró su edad: más allá de los 60, sin embargo, no se sentía vieja.

Su cuerpo —el de la mujer del espejo— dejaba algo que desear. Pero ella no se daba por vencida: “Quizá si una liposucción o un oportuno estiramiento facial con un leve toque detrás de las orejas...” (Hizo la prueba por sí misma y sus labios parecieron sonreírle desde la biselada luna).

“Fácilmente se podrían eliminar las incipientes bolsas debajo de los ojos así como las intrusas patas de gallina. Hoy en día todo es posible —se dijo—. Además, una dieta bien balanceada y dos implantes de silicona pueden remediarlo todo”. En su mente Dalia no se dejaba vencer. Lo único que no se le ocurría (por suerte) era venderle su alma al diablo, sino su cuenta bancaria a un cirujano estético. En fin, Dalia aspiraba nuevamente al amor, a un amor... joven.

Antes de lo que suponía la oportunidad anhelada no tardó en presentársele cuando, al encender la computadora, pudo leer claramente este mensaje:

Dalia:

Te esperé dos horas ayer a la entrada del teatro y no viniste. ¿Qué te pasó?

Pedro

Bien sabía que esa no era ella, sin embargo, decidió contestarle con un súbito sentido del humor:

Pedro:

Yo no soy esa Dalia. Te equivocaste de correo, pero si quieres puedes invitarme al teatro. Te garantizo que no te dejaré plantada.

La otra Dalia

Él le responde enseguida:

Sí, es el tuyo. Basta de bromas.

Anteayer, cuando estábamos en casa de tu amiga, acordamos encontrarnos allí para celebrar el primer aniversario de nuestro compromiso y tú lo has olvidado.

Decide seguirle la corriente:

Amor mío:

Ahora lo recuerdo, pero tengo tantas preocupaciones que la memoria a veces me juega malas pasadas. De verdad lo siento.

Tu Dalia

Él:

Querida:

Te perdono con una condición: nos vemos esta noche a las ocho en el mismo teatro. DEBES RECORDARLO. Aprovecharé para devolverte el Romeo y Julieta que me prestaste. Estoy seguro de que pasaremos un buen momento juntos.

Pedro

Y ella:

¿A las ocho? Dime bien la dirección, tú sabes lo distraída que soy.

Siempre tuya

Dalia

Se la remitió. Sin pensarlo dos veces, decidió arriesgarse, al fin y al cabo no tenía nada que perder. Sería una aventura.

¿Cómo era él? ¿Qué edad tendría? ¿Podría reconocerlo? Estas y otras preguntas se hacía mientras esperaba en la puerta del teatro ataviada con un vaporoso vestido azul turquesa que afinaba su figura y se agitaba delicadamente acariciado por la brisa de esa hermosa noche. Perfumada, con tacones altos, teñidos los cabellos y peinados de peluquería, los ojos delineados y los labios encendidos de rojo, todo en ella emanaba la intención de atraer.

Finalmente, Pedro llegó y ella lo reconoció al instante, no por el volumen de cantos dorados que llevaba en la mano, sino porque de un modo inexplicable sabía que era él: cerca de los 30, de cabellos rubios, con un insólito mechón negro sobre la sien izquierda, y una vivaz mirada azul. Él se dirigió hacia ella como si la reconociera.

—Te ves increíble —dijo halagándola.

Le pasó el brazo sobre los hombros y ambos entraron al teatro.  Al atravesar el vestíbulo, un gran espejo les devolvió la imagen de una joven pareja, y ella no pudo por menos que asombrarse con una sensación de irrealidad.

Disfrutaron de la obra y, cuando estaban saliendo, él le propuso encontrarse la próxima noche a la misma hora en su casa, cenarían y le tendría una sorpresa. Aceptó al instante. Lo extraordinario era que esta vez ella sabía su dirección.

Regresó a su apartamento, introdujo la llave en la cerradura y abrió. En el cuarto la luna central del armario le mostró su cuerpo juvenil. Arrojó el bolso sobre el lecho y este se abrió dejando ver el pequeño volumen de cantos dorados. —¿Qué me ocurre? —se dijo. Algo dentro de sí misma le respondió: “No abras la computadora, ella es la dueña del hechizo”.

Por la mañana aún continuaba dispuesta a disfrutar de su aventura, pues pudo verificar que su apariencia se mantenía sin alteraciones. Al caer la tarde empezó a arreglarse: soltó los negros cabellos sobre los hombros, escogió un vestido lila muy ceñido al cuerpo y calzado bajo, se aplicó un maquillaje de tonos suaves, que no ocultara la tersura de su rostro, y con decisión salió a la calle a reconquistar su juventud.

Caminó bajo los umbrosos álamos en ese instante en que aún no se sabe si el día sobrevive en un atardecer liviano o si la noche empieza a apoderarse de la ciudad. Atravesó los parques y cruzó las calles con orientación certera. En lo alto, los gorriones empezaron a ocultarse con un leve gorjeo al abrigo de los árboles. Finalmente llegó. En el portal, iluminado por la luz del pequeño farol que colgaba del techo, había un hombre. Ella empujó la cancela del jardín y entró. Al acercarse, vio su marchito rostro frisando los 70, sus empañados ojillos azules y un increíble mechón de pelo negro en la sien izquierda, sobre el plateado de las canas. Sintió que algo la oprimía en medio del pecho al preguntar:

—¿Pedro... está?

—Sí soy yo. ¿Dígame, joven, en qué puedo servirla?

—Yo soy... Dalia —dijo estremecida por la íntima esperanza de estar equivocada.

Él la miró fijamente, pareció recordar un pasado brumoso y con un tono de reconvención le contestó:

—Ya no es posible. Esa vez olvidaste la cita.

 

Cuento incluido en el libro El vendedor de cabezas. Letras Cubanas 2009.

 

Esther Díaz Llanillo: La Habana, 2 de diciembre de 1934. Doctora en Filosofía y Letras, narradora y ensayista. Ha publicado varios libros de cuentos entre los que se encuentran, El castigo y Cambio de vida. En 2004 recibió la Distinción por la Cultura Nacional.

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