La tragedia del Morro Castle

Josefina Ortega • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

“Atrás ha quedado La Habana como una línea gris perdida en el horizonte”.  Así comenzó su reportaje sobre la tragedia del Morro Castle un periodista de la muy leída revista Bohemia. Los relojes marcaban más de las dos de la madrugada de aquel sábado 8 de septiembre de 1934, cuando el lujoso barco de la Ward Line se encontraba ya frente a las costas de New Jersey, procedente de la capital cubana.

Ese día, el Morro Castle hacía la ruta La Habana-Nueva York y llevaba a bordo 240 tripulantes y 400 pasajeros, aunque otras fuentes registran 558 personas en total. Apenas unas horas después tocarían tierra. Nada habría que temer.

Imagen: La Jiribilla

De pronto, un ruido seco recorre el barco. Nubes de humo se levantan. Sofoca el calor que brota de los pasillos y de algunos salones. Las llamas se extienden con rapidez.

Sin embargo, nadie da la voz de alarma.

Cuentan los sobrevivientes que, ya desde el inicio, la batalla estaba perdida. Fue demasiado tarde cuando se decidió avisar a los pasajeros, quienes dormían. El incendio era ya incontrolable. Muchos de ellos quedaron atrapados por las llamas en los camarotes y los que pudieron llegar a cubierta casi no podían caminar sobre las recalentadas planchas de acero para llegar a los botes salvavidas, que se hicieron a la mar con demasiados asientos vacíos. El muy potente sistema contra incendios del barco no funcionó y, lo más insólito, el Morro Castle no trasmitió a tiempo su llamada de auxilio.

Un pánico de muerte se apodera de todos. Para escapar del fuego algunos pasajeros se lanzan al mar. Unos nadan desesperadamente. Y otros se hunden para siempre en las frías aguas del Atlántico.

 “Aquel incendio es el más terrible recuerdo de mi vida”.

Así me confesó una tarde de domingo, café por medio, la destacada escritora Renée Méndez Capote, la cubanita que nació con el siglo XX, y quien fuera una de las sobrevivientes de este siniestro marítimo. Transcurría entonces el Gobierno de los Cien Días y ella había aceptado la propuesta del presidente Grau de laborar en el Consulado de Cuba en París. Antes, pasaría unos días en Nueva York.

“La noche de la tragedia ―me contó Renée― había una comida de gala a bordo del Morro Castle. Era la despedida que ofrecía la compañía naviera a los viajeros en su última noche en el barco, pero, cosa curiosa, el capitán Willmott, quien me había invitado a su mesa, no se presentó”.

“Luego, acompañada de varios cubanos, subí al salón de baile, donde un oficial nos anunció que la velada se suspendía pues el capitán acababa de fallecer a causa de un ataque al corazón. Todavía me pregunto si su repentina muerte ―comentaba Renée― tuvo alguna relación con lo ocurrido después. Dicen que el incendio, un sabotaje a todas luces, comenzó en la biblioteca del barco. Y el oficial que asumió el mando a la muerte del capitán, para colmo de males, decidió navegar de frente al temporal de viento, lo que hizo que las llamas se extendieran con mayor rapidez.

“En mi camarote sentí un olor muy raro, mas no le di importancia. Tal vez, si yo hubiera tratado de averiguar qué era, me habría enterado del fuego. En la madrugada fui despertada por el ruido de algo que crujía y se desplomaba. Al abrir la puerta del camarote, las llamas me hicieron retroceder.

“Volví a abrir la puerta, pero me convencí que por allí era imposible salir. En esos terribles momentos sentí gente corriendo por el pasillo y grité con todas mis fuerzas.  Un camarero que luego supe se llamaba Prior, me dijo: ‘No tenga miedo, señora, no pierda el control’. Pero aún no logro comprender cómo pudo sacarme por la escotilla, con lo gorda que era.

“Todo estaba envuelto en llamas. Mujeres y hombres a medio vestir se abrían paso hacía los botes de salvamento. Otros se tiraban al mar. Los niños se agarraban aterrados a sus padres. Prior me acomodó en el bote más cercano. Y así, casi sin darme cuenta, me vi junto con una treintena de personas durante cuatro horas de agonía en medio de un mar enfurecido. Del puente se desplomaban trozos del barco devorado por el fuego.

“Tratamos de salvar a un tripulante que nadaba desesperadamente. Fue en vano, se hundió con una ola. Entonces empecé a recordar a mis compañeros de viaje quienes tal vez se estaban muriendo. Los niños de Braulio Saiz: Braulito, Marta, Margarita. Me parecía escuchar la voz bien timbrada de José Freire cantando rumbas y sones con sus maracas en las veladas del barco, a Rafael Mestre, a los Burguet. Lloré las lágrimas más tristes de mi vida.

“Parecía que nunca iba a amanecer, las horas semejaban siglos. Al fin, bajo la más intensa de las emociones, una gran ola nos arrojó sobre las costas de New Jersey. ¡Estábamos salvados!.

“Luego supe que habían perdido la vida 134 personas. Entre ellos, los pequeños Saiz y el joven nadador cubano Frank De Beche, quien confiado a sus propias habilidades, cedió galantemente su salvavidas a Rosarito Camacho León.

“Algunos náufragos fueron salvados por los barcos que acudieron al llamado de socorro. Ya en Nueva York, me fueron a ver varios periodistas, y uno de ellos me preguntó si yo era comunista. Le contesté que todas mis simpatías estaban con la izquierda. Y ahí mismo los enemigos comenzaron a tildarme de incendiaria”.

“A causa del incendio la Ward Line fue multada y se condenó a penas de prisión a los oficiales del buque, sentencias que, como era de esperarse, no fueron cumplidas.

“¡Jamás olvidaré la tragedia del Morro Castle!”

Las extrañas circunstancias que rodearon esta catástrofe dejaron la impresión de que, más que un hecho casual, pudiera tratarse de un sabotaje, aunque en un principio se habló de que fue un rayo que cayó cerca de los depósitos del combustible.

Veinticinco años después del suceso, la hipótesis del sabotaje fue comprobada por un investigador, quien identificó a George W. Rogers, radiotelegrafista–jefe de la nave, como la mano asesina que colocó una pluma de fuente con un dispositivo de ignición dentro en la biblioteca del barco. Se desconocen los motivos que lo llevaron a tal proceder, pero el hecho de que el responsable del siniestro fuera precisamente el telegrafista jefe, explica por qué el Morro Castle no trasmitió a tiempo sus llamadas de socorro. Se sabe que cuando el telegrafista de guardia se decidió a pedir ayuda lo hizo por su propia voluntad, sin recibir orden alguna en tal dirección.

Por cierto, sobre la tragedia el célebre Trío Matamoros popularizó en su momento una canción que decía: “Quién fue la mano incendiaria sabe Dios quiénes serán/ más los pobres que cayeron, aquellos se fueron y no volverán”.

Comentarios

Lamentable y triste tragedia. Espero nunca se repita.

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