La alborada, El Alba de Villa Clara y las figuras de Manuel Dionisio González
y Eligio Eulogio Capiró

Cira Romero • La Habana, Cuba

En la ciudad de Santa Clara nació, en 1815, y murió, en 1883, un hombre que merece la mayor veneración y respeto: Manuel Dionisio González, por los aportes rendidos a su tierra de origen. En esa ciudad cursó los estudios primarios y, posteriormente, pasó al Seminario de San Carlos, en La Habana, donde realizó los de Filosofía. En 1836 regresó a dicha ciudad, donde alcanzó nombradía por fundar publicaciones periódicas, además de dar a la luz una novela histórica, El indio de Cubanacán; o, Las brujas de Peña Blanca (1860); la pieza dramática en un acto y en verso Sobre todo, mi dinero (1848) y su importante Memoria histórica de la villa de Santa Clara y su jurisdicción (1858). Fue condecorado con la Cruz de Caballero de la Orden de Carlos III.

Manuel Dionisio fue un amante de la prensa. Además de fundar La Alborada y El Alba de Villaclara colaboró en Eco de Villaclara, El Alba, El Sagua y la habanera La Guirnalda Cubana.

En sus empeños periodísticos se unió a otro coterráneo igualmente importante, pero igualmente poco conocido: Eligio Eulogio Capiró (1825-1859), quien fue maestro y fundó una academia propia. A diferencia de su amigo, no publicó libros, pero composiciones suyas en verso se incluyeron en antologías como la importante Cuba poética (1859). En colaboración con su amigo y con Miguel J. Gutiérrez escribió la comedia de costumbres en tres actos y en verso titulada Idealismo y realidad (1848), que fue representada en Santa Clara. Fue un hombre que gozó de amplio respeto en su ciudad natal, que en su honor publicó el folleto Ofrenda consagrada a la memoria de Antonio E. Capiró la noche del 1º. de  noviembre de 1865, al ser colocado su retrato en el salón principal de la Sociedad Filarmónica (1865). En el mismo año apareció, de la autoría de Eduardo Machado, Eligio Eulogio Capiró como hombre privado.

González y Capiró fundaron en 1856 La Alborada, “Periódico literario, económico, agrícola e industrial”, cuyo primer número apareció el 14 de febrero con el propósito de “remover y vivificar la fecunda llama del espíritu público en pro de las mejoras y adelantos que reclamaba la villa, mejoras y adelantos que estaban en el interés de todos sus habitantes promover y realzar, porque la indolencia y el abandono jamás han producido otra cosa que la miseria y la abyección”.

Aunque, al parecer, su existencia se prolongó hasta 1862, solamente se han encontrado ejemplares del año de su fundación, en los que, además de dar a conocer las noticias concernientes a problemas de la ciudad y del resto del país, se incluía bastante material de carácter literario: poesías, cuentos, folletines, novelas por entregas. Pero resulta de interés saber que acerca de esta publicación comentó favorablemente el gaditano Ramón de la Sagra durante su viaje por toda la Isla, y sobre ella dio importantes noticias en su Historia física, económico-política, intelectual y moral de la isla de Cuba (1861). Al conocer a Manuel Dionisio González, La Sagra reconoció “el talento unido a la sencillez y una excesiva modestia”.

La nómina de colaboradores es representativa de muchos de los nombres más reconocidos de la literatura cubana del momento, varios de ellos figuras asentadas definitivamente en nuestro corpus literario: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), Joaquín Lorenzo Luaces, José Fornaris,  Lepoldo Turla, Néstor Ponce de León, Esteban Pichardo, Francisco Javier Balmaseda y otros. El propio Manuel Dionisio colaboró en sus páginas en una faceta que explotó poco, la poesía, con textos como “A una palma” e “Impiedad”. En el primero, un soneto, da rienda a su cubanía:

Reina del campo, soberana diosa,

con cuanta majestad alzas la frente,

envidia dando a la plateada fuente,

al bosque, al llano y la pradera hermosa.
 

Sobre tus pencas juega deleitosa

el aura pura matinal, sonriente,

y la prístina luz del claro oriente,

derrámase en tu copa, esplendorosa
 

¡Bella y sublime creación del cielo,

que ostentas tu poder y lozanía

en los pensiles del cubano suelo!
 

Escucha grata de la lira mía

el débil canto que en mi ardiente anhelo

tributo a tu beldad y bizarría.
 

 Los editores prestaron especial interés a la holguinera Adelaida del Mármol (1840-1857), figura prematuramente desaparecida, autora de un único libro de versos, Ecos de mi arpa, publicado, al parecer, el mismo año de su muerte, aunque ningún ejemplar ha llegado a nuestros días. Ellos supieron rescatar el legado de esta joven mujer, nacida de familia acomodada, y quien a pesar de su breve existencia publicó poemas en Revista de la Habana y Kaleidoscopio. Reproducen poemas como “A mi jilguero”, “El jazmín de mi ventana” y “La paz en nuestro hogar”, imbuidos de los ecos del libro Poesías de la señorita Da. Luisa Pérez y Montes de Oca (1856) —posteriormente Luisa Pérez de Zambrana, al contraer matrimonio con Ramón Zambrana— a quien conoció en Santiago de Cuba, pues ambas publicaron en El Semanario Cubano de esa ciudad, y a ella dedicó el poema “Al conocer a Luisa Pérez”. Unidas por una profunda amistad y evidente comunidad de gustos e ideas acerca de la poesía y de la situación de la mujer en la época, la muerte de la casi adolescente fue un sufrido dolor para la también joven Luisa, que le dedicó dos emotivas composiciones: “¡Está muerta!” y “Flores sobre su tumba”.      

El mismo año de desaparecida La Alborada, el 4 de octubre, vio la luz El Alba de Villaclara, “Periódico literario, artístico, económico, agrícola y mercantil”, donde colaboraron las mismas figuras, a las que habría que agregar el nombre de Francisco de Paula Gelabert, quien le dio gran vivacidad al periódico gracias a sus notas costumbristas, algunas de las cuales reunió posteriormente en su libro Cuadros de costumbres cubanas (1875). En estas páginas aparecieron, de su autoría, “Un baile en casa de Periquín”, “La boda de Chepita” y “Lotería, palos y otros contratiempos”, que se salen del molde de cuadros de costumbres y pueden estimarse como verdaderos cuentos de costumbres.

El Alba de Villaclara,  ha dicho Manuel García Garófalo Mesa en su trabajo “Periodismo villaclareño pre-revolucionario, es decir anterior al año en que efectuó la independencia” (1926)  “fue un buen periódico, aunque casi siempre sus redactores no comulgaban en las ideas radicales de muchos cubanos; siendo una especie de conservador o apegado a los sentimientos de los dominadores, pero sin incurrir en las intransigencias de estos. Queremos decir que fue órgano tímido de la opinión”. La opinión es justa en el plano que la evalúa. Pero con igual equidad estima que esta publicación, aunque aparecía “en el centro y corazón de Cuba”, o sea, la antigua provincia de Las Villas, reflejaba en sus páginas lo mejor de toda la literatura cubana de esos años. Sin embargo, es en La Alborada donde puede apreciarse de manera sobresaliente el intento de colocar al lector frente a las obras de mayor valor. Por ejemplo, reproducen algunas composiciones del también dramaturgo Joaquín  Lorenzo Luaces, cuyas Poesías, con prólogo de José Fornaris, aparecieron en 1857. Autor de una obra poética controvertida, sin tener un verdadero acomodo entre los poetas contemporáneos, se consagró a la estrofa clásica en un intento por cubanizar la poesía, pues además de excelente poeta su actitud ciudadana lo identificaba con los sectores más radicales de nuestra sociedad, razón que lo condujo a ser censurado en no pocas ocasiones. Entre sus composiciones se destaca “La inspiración”, de acalorada expresión romántica, pero muestra de su elevado estro poético:

Porque es la Poesía cual torrente

de la cima del monte despeñado,

y yo gozo al mirar sobre mi frente

rodar la inspiración noble y valiente

y sentirme por ella arrebatado

.......................................................

En todo quiere agitación el alma...

quiero con nubes renegrido el cielo,

quiero tronchada la robusta palma,

porque es horrible, para mí, la calma

y tempestades que admirar anhelo...
 

La Alborada y El Eco de Villaclara, junto con las figuras de Manuel Dionisio González y Eligio Eulogio Capiró, contribuyeron a dar cuerpo a la prensa periódica villaclareña de manera persistente, aunando en plena comunión los intereses locales con lo mejor de la literatura cubana de esos años.

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