Havanauto de fe

Nuez, crónicas amargas

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

El arte, a veces, tiene el poder del exorcismo, al sacarnos del cuerpo demonios que parecían dormidos. Eso me ocurrió al detenerme en cada uno de los dibujos de libro Havanauto de fe, de René de la Nuez (Ediciones Artecubano, 2013).

Considerado como uno de los maestros del humor gráfico en la Isla, merecedor del Premio Nacional de las Artes Plásticas por la obra de la vida, Nuez se nos muestra aquí en un giro temático para nada imprevisto, aunque perturbador.

Ciertamente, se refleja la consistencia de un oficio y una capacidad de penetración, los del dibujante humorístico que permanece fiel al registro de la cotidianeidad y la pintura de costumbres. Nuez, como sabemos, fue ajustando esas cualidades desde que, a finales de los 50, en plena lucha contra la tiranía batistiana, salió a comentar el día a día con los dibujos de El Loquito, que al final de aquella historia apareció como Julito 26.

La quintaesencia del cronista afloró más tarde en el editorialista gráfico político, con su Barbudo, heredero del mambisado, como referente visual.

No es extraño, pues, que de las circunstancias extraiga el jugo de su arte, ni que se confirme, en estas representaciones reunidas en un libro, su linaje de cronista.

Pero si considero perturbadoras las imágenes es porque Nuez las concibió desde el dolor y la amargura, en medio de un escenario crucial: la Cuba de 1994.

Fue el momento de tocar fondo de la economía cubana, luego de la desaparición de la Unión Soviética, la caída del socialismo en las naciones del Este europeo, y, algo que no debe olvidarse, el recrudecimiento de la hostilidad de Washington contra la Isla.

Valores trastocados, emergencias sin límites, tácticas de sobrevivencia, estrategias de rebusque. Picadillo extendido, masa cárnica,  bisteques de cáscara de toronja, bicicletas chinas. Castas de nuevos ricos, niveles de vida erosionados, huidas marítimas suicidas, prostitutas de nuevo tipo y vividores de viejo cuño. Todo mezclado. Y ante ello, la honestidad del artista que se debate por fijar con premura el signo de los tiempos, a riesgo de equivocarse, de distorsionar el trazo, de confundir los rábanos con las hojas, de reiterarse, de forzar el chiste, de parecer (o ser) políticamente incorrecto. Hay por momentos flashazos toscos, soluciones poco elaboradas, demasiado apego a lo coyuntural y determinada chatura anecdótica. La más importante arma del artista es, en este caso, la razón ética.

Cuba nunca fue más la que antecedió a aquel año pero tampoco hoy es la misma de 1994, cuando el país, sin renunciar a sus conquistas sociales evidentes, se propone rectificar viejos y nuevos errores, reordenar la economía e insuflar desde una propuesta realista y fundamentada caminos ciertos, aunque todavía remotos, de realización colectiva e individual. Esto, quiérase o no, condiciona la lectura y la actualidad de los dibujos de Nuez.

Nadie podrá negar el valor testimonial de las estampas de Nuez. Debo celebrar, además, el empaque editorial del proyecto, complementado por textos elocuentemente incisivos y un diseño ejemplar.

Si tuviera que escoger una estampa de este Nuez de Havanauto de fe, me quedaría con la que abre la colección: en medio del apagón, el Morro iluminado por una vela. Es la mejor metáfora de la resistencia.

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