¡La Tebaldi en La Habana!

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Aunque el suceso se había anunciado a bombo y platillo en la prensa, la llegada de la célebre soprano Renata Tebaldi (Italia, 1922- 2004) a la capital cubana, el 11 de junio de 1957, llenó de júbilo al público entusiasta de la ópera ansioso de escuchar en vivo y en directo a quien, según la leyenda, el gran Toscanini llamó “La voz del ángel”.

Como era de esperar, la presidenta de la Sociedad Pro-Arte Musical, Conchita Giberga de Oña, junto con otras asociadas, le dio la bienvenida a la diva en el aeropuerto mientras la revista de la institución pronosticaba, con muy buen tino, que “la gran figura de Renata Tebaldi encabeza y respalda artísticamente el selecto evento con el que Pro-Arte habrá de anotarse uno de sus triunfos más resonantes”.

Imagen: La Jiribilla

La italiana, como dicen los entendidos, tenía una voz muy hermosa, una técnica apabullante, un sentido de la musicalidad excelente y un perfeccionismo en el límite de lo enfermizo. Su tesitura facilitaba el lucimiento de personajes de Verdi y Puccini, sus autores favoritos, pero, por otra parte, la rivalidad que se le atribuía con la también excelente soprano griega, nacida en EE.UU., María Callas —y con quien la Tebaldi se negó siempre a entrar en polémica— dio lugar a cientos de páginas en los periódicos y a todo tipo de anécdotas, reales o figuradas, lo que, sin duda, fomentó por una o por otra el fanatismo de los dilettanti absurdamente divididos.

Por supuesto, esta hostilidad entre las dos grandes artistas era atizada, en primer lugar, por sus respectivas casas discográficas, directores de teatros y alguna prensa, con el avieso propósito de despertar una curiosidad más allá de lo acostumbrado que solo los beneficiaba a ellos desde un punto de vista únicamente comercial.

Dicho conflicto —como declaró en una ocasión la cantante italiana— “se centraba más en los celos de los fans que en nuestras carreras”, lo cual resulta obvio pues qué razón podría esgrimirse en este caso para impedir al público aplaudir en una misma temporada el prodigioso arte de las dos artistas, que, por demás, tenían repertorios diferentes, con apenas títulos en común, como Tosca, Aída y La Traviata. No obstante, para algunos en su época la admiración hacia una debía significar el rechazo a la otra sin más explicación.

Se cuenta, por ejemplo, que a cierta representación en La Scala, señorío de la Callas, asistieron un día multitud de seguidores de la Tebaldi , quienes al final lanzaron al escenario frutas y verduras en vez de flores. Corta de vista la Callas, no se percató de inmediato del agravio pero cuando se dio cuenta pidió silencio y preguntó a sus adversarios dónde habían comprado verduras tan frescas sin estar en temporada.

Como se sabe, la Callas, por su parte, no era fácil en modo alguno. Sus excesos mucho dieron que hablar. Incluso se afirma que las desavenencias entre la Tebaldi y la Callas se agravaron en 1951, cuando luego de un sonado triunfo de la primera en Brasil, la segunda la emprendió contra su rival con acusaciones “más infundadas que edificantes”. 

Y con esto, entiéndase bien, quien esto escribe no está defendiendo a una y atacando a la otra, nada más lejos de la verdad, y mucho menos emprendiéndola contra sus apasionados seguidores. Lo importante del asunto en estas memorias es que en La Habana los partidarios de las dos grandes estrellas del bel canto, que jamás debieron ser comparadas, dejaron a un lado sus posibles diferencias, que en honor a la verdad, en Cuba no llegaron a tales extremos.

Pero así y todo, es justo reconocer, que tebaldistas y callistas, disfrutaron juntos en la capital cubana de la presencia de Renata Tebaldi, cuya voz, según los críticos, era pura, homogénea en todos los registros y bellísima, al servicio de una expresividad y musicalidad intensamente sugestivas. Incluso, quienes la recuerdan en vivo no dudan en afirmar que los estudios de grabación no registraron la notable amplitud ni tampoco en toda su riqueza, la belleza del instrumento.

Su debut en el Auditorium, a lleno completo, ocurrió el 13 de junio, fecha de inicio de la corta temporada de ópera para abonados.  Se presentó con La Traviata, de Giuseppe Verdi, secundada por el tenor Brian Sullivan y el barítono Walter Cassel, con la orquesta bajo la dirección de Alberto Erede. Muy comentado fue el hecho de que esa noche el teatro estrenó sus nuevos decorados expresamente confeccionados para estas funciones, y el elenco hizo otro tanto con el nuevo vestuario.

Una segunda presentación de la Tebaldi tuvo lugar el 21 del mismo mes, en Tosca, de Giacomo Puccini, con el tenor Barry Morell y el barítono Cassel, la orquesta la condujo Fausto Cleva. En la edición del siguiente día, el Diario de la Marina comentaba que la soprano “recibió la más calurosa y prolongada ovación oída jamás en nuestro Auditorium”.

En la función de despedida interpretó Aída, de Verdi, junto con Roberto Turrini y la mezzosoprano Nell Rankin. De nuevo, Cleva llevó la batuta, ahora con el apoyo de Paul Csonka en los coros y de Alberto Alonso en el ballet.

Las actuaciones en la capital cubana de la “Voz del Siglo” —como también se le llamó—, en pleno auge de su carrera, representaron, ante todo, un importante triunfo para la cantante, pues algunos críticos expresaron que entre las figuras acompañantes, todas de un reconocido prestigio, se notó, sin embargo, un marcado desnivel profesional.

Por cierto, dicen que en 1968, terminó la legendaria rivalidad —para algunos más ficticia que real— entre las dos míticas sopranos cuando la Callas asistió a una función de la Tebaldi en el Metropolitan de Nueva York, y ya en el camerino, se abrazaron y dieron a los fotógrafos allí presentes la ocasión única de preservar esta imagen para la remembranza.

“Cantar me ha permitido expresar lo más profundo de mi alma. Recibo cartas del mundo entero, se me para en la calle para decirme gracias. Es la recompensa de todos los esfuerzos que he realizado”, confesó en una entrevista la que fuera una de las cantantes más renombradas del mundo en todas las épocas, y cuyas presentaciones en junio de 1957 serían siempre recordadas en La Habana por los amantes de la ópera.

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