Los ojos de Constance Dowling

Alberto Marrero • La Habana, Cuba

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

                                                                              

                                                                                             César Pavese

 

 

Todo fue idea de un amigo encaprichado en que mi último día resultara extraordinario. Diviértete, no mires el reloj ni cuentes los centavos, acuérdate que no hay forma de determinar cuándo un violín es perfecto, me dijo.

Sentado en el extremo de la terraza atiborrada de mesas, la vi avanzar con paso lento. No me resultó difícil identificarla entre los muchos cuerpos que se movían de un lado a otro. Mi compañero me la había descrito con bastante precisión y ya la recordaba como si alguna vez la hubiese visto. Al parecer, ella también conocía mis rasgos porque se dirigió hacia donde yo estaba sin titubear. Soy Constancia, dijo bajito, como avergonzada de llevar un nombre tan raro en estos tiempos, con una sonrisa que difería del plomo derretido del aire. Entonces yo soy César dije, y ella volvió a sonreír, evidentemente ignorando el juego de similitudes. La invité a sentarse y pedí dos cervezas heladas. Todos bebían cervezas heladas en una mañana saturada por el calor y la modorra. Constancia colocó los espejuelos oscuros sobre la mesa y bebió. Un gracioso cordoncillo de espuma apareció en su labio superior y yo me apresuré a extenderle una servilleta. Fue en ese momento cuando pude apreciar sus ojos. Grandes, de una miel traslúcida, con tonalidades verdosas y minúsculos ribetes relampagueantes. Ella tenía sus ojos y, de pronto, sentí miedo. Un miedo de último minuto que me aflojaba por dentro. El poema de Pavese, dedicado a la bella actriz norteamericana, saltó en mi mente. Sin poder evitarlo, me puse a recitar en voz queda los conocidos versos. El poeta debió sangrar cada palabra, persuadido del efecto que habrían de causar en su amada, y en los lectores de entonces y del futuro. Nada que huela a sacrificio, a cumbre desolada o estertor, suele pasar inadvertido, pensé. Ella se dio cuenta que me había ido a flotar a otra parte y respetó mi encogimiento. O, sencillamente, decidió esperar a que yo actuara de acuerdo con lo convenido. El tiempo era un problema mío, debió decirse.

Un estallido de risas interrumpió mi momentánea abstracción. En la penumbra que arrojaba un enorme toldo, los ojos de Constancia centelleaban aún más. Comprendí que esas pequeñas esferas contenían el mundo y eran como  portezuelas de lo desconocido. Su pelo, de un infrecuente dorado, reforzaba el impacto que producían sus ojos. Le  pregunté cosas triviales, y ella me contó cosas triviales que a la larga resultaron una conversación. Dijo que siempre soñaba que la mordía un perro al pie de un farallón. Y yo que un oso me arrancaba un brazo y luego me abría el pecho con sus garras. Y ella que eso era asqueroso y, además, improbable en esta isla, a no ser que me largara a un país de hielo. Esta última imagen me pareció infantil. Le propuse un recorrido por la ciudad, no sé, lugares donde uno pueda gastar dinero y quedar complacido. Ella aceptó poniéndose de pie. Demasiada gente mirándonos, dijo y sus ojos desaparecieron tras los cristales oscuros. Caminamos eludiendo baches y vendedores ambulantes. Al doblar en una esquina nos encontramos a varios niños que dibujaban con tiza en la acera y algunos en el asfalto. Constancia le pidió la tiza a una niña y con rápidos trazos delineó mi cara. ¿Cómo pudo hacerlo si apenas me miró mientras dibujaba? Luego pintó un pez muy hermoso para la niña y le dio un beso. Alquilamos un taxi y visitamos tiendas, cafetines restaurados, museos, pequeños y acogedores restaurantes, callejones de sombra y fuerte olor a mar. Esta parte de la ciudad parece renacer y respirar en otra época, la otra, bueno la otra se derrumba irremediablemente después de cada aguacero. Por la tarde nadamos en la  piscina de un conocido hotel y tomamos más cervezas y algún que otro mojito refrescante. Las horas pasaban lánguidas, como pesadas nubes. Satisfechos, decidimos refugiarnos en un cuarto. Con dinero, es fácil hallar una habitación decorosa donde hacer el amor. La habilidad en la cama y el sentido del placer de Constancia, me hicieron pensar que tocaba a muchas mujeres. Ella podía desdoblarse en infinitas mujeres, ser todas y ninguna en específico, lo que me permitió revivir algunas esperanzas. En las breves pausas, le pregunté cómo y dónde había aprendido a dibujar tan bien. Aprendí sola, dibujando con tiza como esos niños en plena calle, oyendo las palabrotas amenazantes de los choferes,   dijo. Entonces se me soltó la lengua y le conté que al principio de nuestro encuentro había sentido un pánico inusitado, como si ella hubiese venido expresamente a avisarme, o a prevenirme, o quizá a llevarme hacia el lugar definitivo. Le hablé de mi obstinada manía de perder y otros desaciertos irreparables en mi vida. Ella escuchó todo el tiempo, sonriendo de vez en cuando, como si nada la sorprendiera, con un lejano aire de paz o resignación. Me confesó que estaba harta de trajines y dependencias, altavoces, chillidos de neumáticos en la madrugada, ronquidos, profecías y, sobre todo, del dolor de su madre. Agregó que le habían pagado muy bien para que fuera espléndida y sensible conmigo, como en una fiesta de despedida. ¿Es cierto que te irás del país?, me preguntó acariciándome el pecho. No es eso… el dilema es que no hay forma de determinar cuándo un violín es perfecto, dije extraviado, repitiendo como un tonto la enigmática frase de mi amigo.

De pronto el miedo retornó. Un miedo de último minuto que me aflojaba por dentro. No estábamos en el Hotel Roma de Turín, ni ella era Constance Dowling ni yo César Pavese, el infortunado poeta que llamó a tres de sus amantes para que lo acompañaran en su desesperación, o para que le quitaran la idea de matarse con un puñado de barbitúricos, pensé. Ninguna acudió. Ninguna quiso compartir su decepción. Ninguna se atrevió a tocar la masa informe del desencanto de un hombre a punto de entrar en la eternidad. Pero las tragedias no se repiten del mismo modo, siempre habrá detalles y circunstancias que las diferencien, me dije tratando de calmarme, y entonces volví a besarla, y luego a penetrarla con un ardor que la hizo gritar, halarse la cabellera dorada, gritar sucias palabras de choferes, esta vez mirándole a los grandes ojos que ya empezaban a alejarme poco a poco de la muerte.                                  

                                

 

Alberto Marrero Fernández: Poeta y narrador. Autor del poemario El pozo y el péndulo, publicado en la primera edición de la colección Pinos Nuevos, en 1994. Con La salvación y el eclipse obtuvo mención en el concurso Julián del Casal de la UNEAC, en 1991. Poemas suyos aparecieron en la antología Poesía de hoy en Cuba, publicada en España. En 2001 obtuvo el Primer Premio del concurso de poesía Regino Pedroso, del periódico Trabajadores. En 2003 conquistó el Premio Nacional de Narrativa Hermanos Loynaz con el libro Último viento de marzo. Su libro Los ahogados del Tíber mereció en 2004 el premio de cuento del concurso Luis Rogelio Nogueras, del Centro del Libro y la Literatura en Ciudad de La Habana. Ese propio año Ediciones Unión dio a conocer su poemario La cercanía infinita. En 2007 publicó el libro de cuentos Efecto Babel por la Editorial Letras Cubanas.  Premio de poesía Julián del Casal de la UNEAC 2009 y premio de cuento de La Gaceta de Cuba en el 2009.  Cuentos suyos han sido publicados  en revistas y en varias antologías de editoriales del país y del extranjero. Es licenciado en Historia y miembro de la UNEAC.

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