A propósito del Congreso de la UPEC

La lucidez de Julito

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Entre las radicales y consecuentes contribuciones al debate del 9no. Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (cuyas sesiones finales transcurrieron los días 13 y 14 de julio de este año en el Palacio de las Convenciones), hubo una que nos llegó de un prestigioso profesional al que la vida no le alcanzó para decirla con voz propia.

Julio García Luis fue el autor de una de las mejores ponencias. De esas que por su contenido y alcance tendrá que acompañarnos en el ejercicio de la profesión en lo adelante, si de verdad queremos que la prensa cubana, al fin, cumpla con sus misiones. Y más importante aún, si queremos que la solución de los viejos y nuevos problemas que rodean la existencia y la proyección de nuestra prensa  sea encarada, con criterios científicos, madurez conceptual y conocimiento de causa, por todos los que tienen que ver con ella: periodistas y políticos, editores y funcionarios administrativos, emisores y receptores.

Se trata de un libro publicado, con toda urgencia y a partir de indicaciones del Partido, por la Editorial Pablo de la Torriente, Revolución, socialismo, periodismo: la prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI. Julito trabajó en su redacción definitiva luego de haber expuesto sus tesis fundamentales en la defensa de su Doctorado en Ciencias de la Comunicación y mientras se desempeñaba como Decano de la facultad formadora de periodistas y comunicadores sociales en la Universidad de La Habana. Lamentablemente, Julito no pudo ver la publicación del libro ni participar directamente en el Congreso. Al comienzo de 2012, la muerte nos privó de su presencia física, no de su legado.  

Antes de glosar su contenido, quisiera subrayar un hecho. Este ensayo posee la virtud de conjugar el más riguroso discurso científico social con la vivencia de quien fue protagonista de buena parte de los avatares y los procesos que se analizan y describen. De ahí el compromiso entrañable que se transpira en su escritura.  El hombre que se adentró con las herramientas de la metodología y el saber científicos en un tema con tantas aristas peliagudas pero de abordaje imprescindible para el avance de nuestras legítimas y peleadas aspiraciones políticas y sociales, fue el editorialista que brilló en la redacción de Granma, el militante comunista de ética inmarcesible, el cronista de los viajes al exterior de Fidel, el dirigente de la UPEC que se ganó el respeto de todos y se batió por sus verdades, el docente que supo formar con pedagogía y ejemplo a nuevas generaciones de profesionales.   

Ya en los días en que ocupó la Presidencia de la UPEC, en 1988, cuando se hallaba en pleno fragor el llamado proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, Julito suscribió que si no había rectificación en la prensa no podría hablarse de una plena rectificación en la sociedad. Llamó entonces a combatir el inmovilismo, la inercia, el triunfalismo, la rutina profesional, pero también el verticalismo en la regulación de la prensa, el síndrome de la sospecha ante toda crítica, el complejo de plaza sitiada y la actitud de quienes se resisten a la prensa “por altanería y arrogancia, porque se consideran intocables (o) temen que sus ineficiencias o sus errores sean expuestos a la luz pública”.

Con mucha mayor perspectiva y asumiendo la complejidad de los escenarios que sobrevinieron después y, a la vez, con la madurez de quien se coloca en el centro de los problemas sin la más mínima concesión a los principios, el libro que reseñamos se inscribe como una pieza clave no solo para entender el carácter y el papel de la prensa cubana de la Revolución en las coyunturas pasadas y actuales, sino para transformar revolucionariamente esa prensa en correspondencia con la actualización del modelo social y económico, y al mismo tiempo, propiciar el necesario e impostergable cambio de mentalidad en cuadros, editores y periodistas encargados de materializar la política informativa.

Julio avanza de la teoría de la comunicación y el surgimiento del periodismo moderno a la concreción del sistema de prensa de la Revolución, la pertinencia de la propiedad social de los medios en nuestra sociedad, el diseño de políticas informativas, la relación entre el Partido y la prensa, y los condicionamientos histórico-ideológicos que han influido en la prensa que tenemos y debemos transformar.

Del alcance de las propuestas conclusivas del ensayo, esta que citaré puede dar la medida del profundo calado conceptual del autor:

La tarea más decisiva y de largo alcance es de naturaleza cultural. (…) Parte de esa educación integral es desarrollar una cultura socialista de la información y la comunicación, una cultura de la prensa vinculada a la participación democrática, en formas variadas, en los asuntos públicos. (…) Otra vertiente  del problema es la configuración de políticas editoriales en todos los medios que potencien al máximo las posibilidades para lograr verdadera interacción con los públicos, algo que se convierte en una caricatura, en un sucedáneo mercantilizado, bajo el modelo capitalista de la llamada prensa liberal, y que solo el socialismo puede convertir en verdadera comunicación.     

El ensayo de Julito es retador y no deja de ser polémico. Un punto vulnerable se halla en el paralelismo y los cruzamientos entre la política informativa y la política cultural. A nivel de conceptos, el autor revela las coincidencias y las diferencias, pero a la hora de evaluar el impacto del quinquenio gris sobre dichas políticas, atribuye a la reacción de la intelectualidad artística y literaria un rasgo desenfocado. “Los escritores y artistas, y no es que los critiquemos —dice— asumen la capacidad de hablar en nombre de toda la intelectualidad cubana, de la cual solo son una pequeña parte. La realidad es que a ellos, tal vez, no les tocaron las peores consecuencias del llamado quinquenio gris…”. Entre los argumentos que esgrime, cita el retroceso en las ciencias sociales y la formación ideológica en la educación superior.

Me hubiera gustado discutir con Julito esa apreciación. Le diría que entre los escritores cuentan entre ellos a historiadores y sociólogos, economistas y politólogos, académicos en fin, que obviamente producen literatura. No son tan pocos si se evade ese prurito gremialista. Pero también recordaría que lo que sufrieron en carne y alma cada uno de los artistas implicados es intransferible.

Como era de esperar, el libro de Julito tuvo una pronta y cálida recepción entre los delegados al Congreso y seguramente la tendrá entre todos los periodistas. La mejor crítica de tal entrega la hizo Miguel Díaz-Canel, Primer vicepresidente del Estado y el Gobierno cubanos, al calificar la magnitud de su contenido como que “refleja todo lo que hemos estado discutiendo aquí, ofrece soluciones para lo que hemos estado analizando y debe ser estudiado por los periodistas y loa cuadros de la prensa y el Partido”.

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