Hugo Chávez, identidad y rebeldía latinoamericana

Fernando Martínez Heredia • La Habana, Cuba

Con toda razón recordamos la grandeza de Hugo Chávez Frías, impactados todavía por su desaparición física tan reciente. Pero hoy quisiera sumarme a este homenaje incluyendo en mis palabras algo que puede ser muy útil —y los héroes populares son sobre todo útiles— a los jóvenes, porque pienso que ellos serán decisivos en esta hora crucial que viven nuestros pueblos. Quisiera hablar de cómo Hugo Chávez logró convertirse en un conductor de pueblos y un visionario de la liberación humana y social.

Hugo Chávez no nació grande: nadie nace grande. El muchacho de un hogar modesto en una de tantas sabanetas, concreción él mismo de las combinaciones étnicas que caracterizan a nuestro continente, amaba la lectura y quería ser pelotero, parecerse al famoso “El látigo Chávez”. Comenzó el bachillerato, camino que podría asegurarle ser alguien de clase media, pero se encontró una posibilidad que estaba a medio camino entre muy buenos maestros de béisbol y la universidad: la Escuela Militar en una institución que se modernizaba y quería formar oficiales más profesionales.

El ascenso social individual de una pequeña minoría procedente de una masa de millones de personas de situación social modesta es factible, porque las sociedades que han llamado modernas establecen la igualdad formal y, dentro de ella, oportunidades abstractas de “llegar”, de subir uno o dos peldaños de la escala. El o la joven que aúnan voluntad, laboriosidad, carácter y suerte pueden poner sus cualidades y su éxito al servicio de su ascenso personal —y de su familia—, sea en actividades liberales o en el servicio civil y militar. Pero muchas agencias de la sociedad les han ido enseñando a no ir más allá desde su niñez, y ahora aprenden a no sentirse parte de su medio de origen, sino del medio al que han arribado. Al mismo tiempo, la colonización mental implícita en las prácticas, los valores y las ideas de las profesiones que les han enseñado los vuelven en parte extranjeros en su propia tierra. Por eso es tan difícil que se decidan a poner su éxito y sus cualidades al servicio del mundo de los desposeídos, los humildes, los de abajo.

El cadete Hugo Chávez fue sensible a ese mundo y supo enfrentar los dilemas a los que iba sometiéndolo esa sensibilidad. Aprovecha la oportunidad de los estudios universitarios y se familiariza con teorías militares y políticas. Pero en Barinas le saca mucho provecho también a un antiguo guerrillero, un hombre culto que le propone buenas lecturas políticas y literarias, y las discute con él. A través de su hermano Adán conoce a luchadores y activistas opuestos al corrupto bipartidismo que rige la política nacional. Cuenta Chávez que comparte con seguidores de una organización, y que recién graduado participa, vestido de paisano, en hacer pintadas en la calle.

El joven militar quiere servir a su nación, su sociedad, su pueblo. Ese paso hacia adelante se nutre con vivencias como la que le contará a Gabriel García Márquez, cuando en 1975 conoce directamente la violencia represiva que se ejercía al final del periodo de luchas guerrilleras: al mismo tiempo, advierte que los participantes de ambos lados eran gente del pueblo. Quiero destacar que Hugo Chávez amó mucho a la institución a la que pertenecía, tanto que hace dos años, cuando le preguntaron cómo quería ser recordado, dijo que sobre todo le gustaría que lo recordaran como un soldado. Pero por ese amor, y no a pesar de él, se dedicó a formar células revolucionarias dentro del ejército. A fines de 1982, los ideales patrióticos, de libertad y de justicia social, la formación intelectual que nutre la conciencia y acera los ideales, y las vivencias de quien tiene ojos, mente y corazón para sacarles provecho, se plasmaron por fin en una organización política clandestina, el Movimiento Revolucionario Bolivariano, fundado por un grupo de jóvenes oficiales que querían honrar de una manera activa el bicentenario del nacimiento del Libertador.

Hugo Chávez venía estudiando, al mismo tiempo y febrilmente, la historia de los revolucionarios de su país, la gesta continental de independencia que protagonizaron los fundadores, las luchas populares y sus caudillos, y el pensamiento que ha guiado la acción o ha propuesto un futuro de liberaciones y bienandanzas para todos, y que le parece utópico al sentido común. Simón Bolívar está en el centro de esos empeños suyos, por los principios que lo animaron, la grandeza que supo conquistar, la gigantesca tarea revolucionaria que llevó a cabo —que fue capaz de cambiar las vidas de los pueblos y la historia de medio continente—, pero también por la hondura y la proyección de su pensamiento y la propuesta superior de liberaciones que dejó planteada. Hugo se lanza a liberar el pasado y sacar a los próceres de la mezcla de altares y olvidos a que suelen ser sometidos, a través de un estudio alimentado de convicciones, propósitos y proyectos. En ese afán se apodera también del legado del gran maestro Simón Rodríguez, el que le enseñó al joven Bolívar que es necesaria una revolución social, cultural y económica junto a la revolución política.

Desde muy temprano en su politización, Chávez ha ido conociendo ideas socialistas que portan luchadores y organizaciones de su país con los cuales comparte, y también las que estudia en textos de pensadores. Esas experiencias y lecturas, más el ansia de justicia social como elemento inseparable de la libertad y la democracia, lo acercan al socialismo. Pero es fundamental comprender que la concepción y la propuesta socialistas son asumidas por Chávez mediante su integración en un tronco cultural propio, venezolano, latinoamericano y caribeño. Esto lo libra de esterilidades y dogmatismos. En vez de quedar a merced de sus ideas, va aprendiendo a utilizar un cuerpo teórico que es muy eficaz para analizar las realidades, y a vivir un ideal muy trascendente que le permite elevar su actuación muy por encima de acontecimientos y creencias, y de la conformidad con cambios parciales e insuficientes.

Los conspiradores bolivarianos tejían su red en la sombra, mientras los gobernantes alternados del sistema iban de la “Gran Venezuela” al “viernes negro”, siempre en medio de una colosal corrupción y de la pobreza insondable de las mayorías en un país receptor de inmensos ingresos, hasta desembocar en la terrible matanza que aplastó la protesta del pueblo caraqueño en febrero de 1989. Entonces el sistema político se deslegitimó, pero el intento de los militares bolivarianos dirigidos por Hugo Chávez, de derrocar al gobierno por la fuerza el 3 y 4 de febrero de 1992, no pudo triunfar. Chávez cayó prisionero, la resistencia militar continuaba en algunos puntos del país y el sistema, temiendo otro estallido popular, cometió un error que resultó de enorme importancia histórica. Se le pidió instar a sus compañeros a cesar la rebelión mediante una breve alocución televisada —171 palabras— que pudo ver todo el país y fue divulgada por otros medios. Aquel militar de presencia popular y palabra firme que les dice a sus compañeros que “por ahora no se han alcanzado los objetivos” saltó de improviso del anonimato a la simpatía del pueblo.

Chávez le contó al cubano Germán Sánchez Otero, nuestro embajador en Venezuela durante 15 años, que de todos modos se sintió deprimido. Pero entonces entró a su celda a atenderlo un capellán del ejército que, al darse cuenta de su situación, le dijo: “¡Muchacho, no te sientas mal, tú eres un héroe nacional!”

Chávez se convirtió en la esperanza popular en medio de una crisis que no parecía tener salida. Menos de siete años después de aquella acción armada, la mayoría de los votantes lo eligió por primera vez presidente de la república, y al año siguiente la nación se dio una nueva constitución diferente; para hacerlo más evidente, pasó a llamarse República Bolivariana de Venezuela.

El muchacho de Barinas, el joven oficial militar, había tomado posesión de una identidad más definida y de mayor alcance que el reconocimiento y el goce de la cultura propia, aunque poseer esta constituye ya un paso formidable de la identidad, la autoestima, el orgullo de sí, la concepción de la vida y el mundo, e incluso la capacidad de resistencia. Había ido también más allá de la identidad patriótica que trasmite incontables valores que un pueblo determinado ha creado y atesorado, y reclama actitudes y lealtades. Pudo ir más lejos en ambos terrenos porque encontró y practicó la rebeldía, e hizo de ella su brújula en la vida. Pero no habría podido ir tan lejos sin integrar esas identidades —la cultural y la patriótica— en una actitud y una actuación políticas regidas por esa rebeldía. Esa integración las salvaban de ser funcionales a la dominación. La rebeldía es la adultez de la cultura, y la política, para ser popular y estar al servicio del pueblo, tiene que ser una cultura para la liberación.

Ante el nuevo presidente se encontraba un abanico de opciones y estrategias, no un destino prefijado. Entre ellas, lo realmente difícil sería encontrar las que fueran capaces de ir a la raíz de los males y enfrentar su extirpación, las que permitieran gobernar lo existente sin someterse a su sentido último e ir adquiriendo cada vez más fuerza y autonomía; combinar audacia y responsabilidad, tácticas, alianzas, medidas, fases, trabajo en equipo; desplegar transformaciones, obtener la confianza y desarrollar la conciencia de las mayorías; promover su movilización y su actividad organizada; enseñar al pueblo y aprender de él. Aunque siempre había estado activo, durante una larga etapa de su vida Hugo Chávez había dependido de sus circunstancias: ahora podía tratar de gobernarlas. Pero de coyunturas como la suya al cambio de siglos han salido también experiencias de saldos muy diferentes, eventos trascendentales o liderazgos efímeros.

A mi juicio, Chávez tuvo a su favor la entrega completa a la causa popular y sus cualidades personales, y el ejercicio de dos características fundamentales: la capacidad que había adquirido de analizar con profundidad y acierto la sociedad, sus rasgos y conflictos esenciales, sus tendencias, y las fuerzas y debilidades propias y del adversario; y la claridad de que el poder es indispensable para emprender la tarea soñada con alguna probabilidad de éxito, plasmada en la determinación de conquistarlo y mantenerlo.

La primera le permitía poseer una conciencia desarrollada de las realidades actuales y sus rasgos esenciales, y una amplia perspectiva histórica, y, por consiguiente, darse cuenta de su lugar histórico. En innumerables intervenciones y pasajes de Chávez puede comprobarse esto. A efectos de esta intervención, permítanme aludir a esa dimensión desde mis criterios.

En el Caribe se estrenó la ampliación del capitalismo hacia su dimensión mundial, mediante una modernidad horrorosa que trasladó desde África y esclavizó a millones de personas y exprimió sus vidas, destruyó numerosas culturas y agredió al medio natural. La primera independencia del continente, obtenida en una gesta que va de 1791 a 1824 —de la gran Revolución haitiana a la batalla de Ayacucho—, fue muy insuficiente, pero creó nuevas identidades, fundó a nuestras naciones cuando la idea misma de nación era apenas incipiente en Europa y nos aportó una extraordinaria acumulación cultural revolucionaria, un legado inapreciable al que atenernos y la necesidad de promover nuevos proyectos de liberación. La libertad tuvo metas mucho más altas en América que en Europa, y bregó por el gobierno del pueblo desde mucho antes de que el liberalismo europeo se decidiera a aceptar y utilizar la forma democrática de gobierno.

Al mismo tiempo, muchos les dieron un lugar preferente a la igualdad y la justicia en sus combates, algo que negaba los fundamentos mismos del sistema colonialista-imperialista que se fue desarrollando en el mundo, y que puso a su servicio al derecho internacional y a la conciencia común. La resistencia, la rebeldía y el proyecto de la América nuestra han tenido que oponerse a los fundamentos ideales de la civilización y el progreso como la misión patriarcal, colonial y racista de las potencias, que ha tratado de mantener su predominio en el mundo espiritual y de las ideas.

En estos dos últimos siglos, minorías dominantes les han negado a muy amplios sectores de la población del continente la igualdad real, la justicia social y muchos derechos, porque se han dedicado a defender y ampliar sus ganancias, mantener su poder político y social y sus propiedades; los ordenamientos legales y políticos han sido favorables a ellos. Por su parte, el capitalismo mundial se impuso en la región de acuerdo con las características de sus fases sucesivas, mediante su viejo y su nuevo colonialismo, aplastando resistencias y rebeldías, cooptando y subordinando. En la actualidad, su propia naturaleza imperialista saqueadora, parasitaria, agresiva y depredadora ha cerrado la posibilidad de que bajo su sistema la América Latina y el Caribe pueda satisfacer las necesidades básicas de sus pueblos, mantener las soberanías nacionales, desarrollar sus economías y sus sociedades, defender y aprovechar sus recursos y organizar su vida en comunión con el medio natural. Enfrentando a unos y otros dominadores, una constante de resistencias, ideas, combates y sentimientos ha mantenido vivo el carácter popular del legado patriótico en el continente, sin entregarlo a los cómplices y subalternos del imperialismo, y le ha ido aportando desarrollos en nuevas formas y vías de movilización, conciencia y luchas, y nuevos proyectos; en conjunto constituyen una extraordinaria acumulación cultural favorable a la independencia y las liberaciones. Otro Caribe y otra América nuestra son posibles, porque hemos ido creando sus cimientos, sus prácticas y sus ideas.

La segunda característica, la referida al poder, estaba forzada a realizarse como una revolución, dados sus objetivos, sus protagonistas y su proyecto. Hugo Chávez se convirtió en el líder máximo de una gran revolución que, como sucede con todas, nadie podía prever. El militar revolucionario logró ser presidente dentro de las reglas del juego del sistema, pero fue capaz de gobernar para el pueblo y desatar sus fuerzas, demostró su genio en la estrategia y la táctica de los combates cívicos, aprendió una materia nueva y decisiva —la movilización y la concientización populares— y encabezó la conversión de su gobierno en un proceso de transformaciones profundas de las personas y la sociedad. Incansable y audaz, brillante y disciplinado, amante del proyecto trascendente y forjador cotidiano de las labores necesarias, expositor infatigable y sonriente, haciendo día a día simpático al socialismo, Chávez fue siempre un ser humano en todas las situaciones, ante todos los problemas y en el trato con todas las personas, demostrando que la grandeza lo es más mientras es más humana.

Poder popular y revolución socialista: no son frases hermosas, son necesidades. Cuando la libertad y la justicia son puestas realmente a la orden del día para todos, la independencia tiene que tornarse liberación nacional, y la justicia social, socialismo. Una larga época de experiencias y estudios, combates y debates, ha sido el taller y la escuela, y Chávez ha sido un maestro en mostrar a todos la relación que ha existido históricamente entre la independencia, la libertad, la justicia y el socialismo. Han andado muchas veces separados y más de una vez han chocado entre sí. Enfrente, los sistemas de dominación modernos se han opuesto siempre a que se comprendan y establezcan esas necesidades, y las han confrontado o manipulado con promesas sucesivas, como las del progreso, el panamericanismo y el desarrollo, dirigidas a cooptar y conducir a los emprendedores, confundir a todos y neutralizar y vencer a los rebeldes y a los que buscan avances para sus países.

Es cierto que el capitalismo actual ha perdido la posibilidad de ofrecer promesas: solo propone palabras como éxito y fracaso, imágenes e informaciones controladas en un sistema totalitario de formación de opinión pública y conversión de la gente en el público —el rostro de un mundo despiadado en el que todo es mercancía—, y reparte algunos premios entre cómplices o beneficiarios de coyunturas. Sin embargo, no se debe subestimar su poder, su agresividad y su criminal inmoralidad, ni los atractivos de su colosal capacidad de manipulación cultural.

Al terminar el siglo XX, el socialismo parecía reducido a una de las pocas referencias del pasado en un mundo sometido a un eterno presente. El presidente Chávez asumió el socialismo para identificar la ubicación cultural y política de la revolución bolivariana, el ideal que mueve los hechos y las actitudes, y el proyecto más trascendente: la utopía entendida como un más allá alcanzable mediante las prácticas concientes y organizadas. No ha sido necesario aclarar que ese socialismo se nutre de un legado maravilloso, pero no pertenece a ningún pasado. La actividad liberadora es lo decisivo, y ella será capaz de darle un sentido a las fuerzas económicas. El carácter de una revolución no está determinado por la medición de la estructura económica de la sociedad, sino por la práctica revolucionaria. En las condiciones desventajosas de la mayoría de los países del mundo, la transición socialista y la sociedad a crear están obligadas a ir mucho más allá de lo que su “etapa del desarrollo” supuestamente les permitiría, y a ser superiores a la reproducción esperable de la vida social: deben realizar simultáneas y sucesivas revoluciones culturales que las vuelvan invencibles. Es preciso acometer la creación de una nueva cultura, que implica una nueva concepción de la vida, las relaciones entre las personas y el mundo, al mismo tiempo que se cumplen las tareas imprescindibles, más inmediatas, urgentes e ineludibles.

Hugo Chávez ha sido un protagonista en el planteo actual del socialismo como horizonte político y cultural para los pueblos de este continente. Acá no se habla de socialismo, sus dificultades o sus autores más célebres como una trivialidad o una moda más, sino como una necesidad y una creación heroica. El 12 de junio de 2012, Chávez escribió en su Programa de Gobierno para 2013-2019: “a la tesis reaccionaria del imperio y de la burguesía contra la Patria, nosotros y nosotras oponemos la tesis combativa, creativa y liberadora de la independencia y el socialismo como proyecto abierto y dialéctica construcción”. Ese socialismo, había dicho en 2011, tiene que ser un poder, pero un poder del pueblo, una nueva concepción del poder y una nueva forma de crear poder y distribuir poder. Como reza la Constitución venezolana, en un Estado democrático y social de derecho y de justicia que propugna como valores superiores la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia y los derechos humanos. Y advierte en su Programa de Gobierno: “Este es el tiempo, como nunca antes lo hubo, de darle rostro y sentido a la Patria Socialista por la que estamos luchando”.

Hay que llamar a las cosas por su nombre. El socialismo es la forma nuestra, latinoamericana, de ser independientes.

Hugo Chávez Frías se ganó la devoción sin límites de la ciudadanía mediante su actuación y su carisma. Ha sido el conductor y el educador que brindó espacios y organización para que la gente común y su patria avanzaran a un grado que nadie pudo soñar, y esto le permite a la sociedad venezolana albergar hoy un proyecto trascendente de liberaciones. Es el sinónimo y el símbolo del movimiento, la política, la ética y la unificación; es el imán de voluntades y el vencedor de obstáculos y adversarios.

Pero no le bastó esa dimensión. Digno continuador del Libertador Simón Bolívar, Chávez construyó una política internacional revolucionaria que es un polo fundamental en el auge actual de cambios y esperanzas de la América Latina y el Caribe. Como uno de los protagonistas de los poderes y movimientos populares que están en la vanguardia de ese auge, fue al mismo tiempo el amigo seguro y fraterno de los países que ganan autonomía y soberanía frente al imperialismo y dan pasos para procurar distribuciones más justas de las riquezas nacionales entre sus poblaciones. Y ha sido un adalid de la unión continental, el proyecto más ambicioso de esta época, que aspira a poner bases firmes para la segunda independencia de Nuestra América.

 

Palabras leídas en el Seminario El Caribe que nos une, de la Casa del Caribe, el 8 de julio de 2013, en el Teatro “Heredia”, Santiago de Cuba.

 

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