La desaparición de El Cagüeiro

Domingo Sánchez Perdomo • La Habana, Cuba
“La Chambelona sorprendió a Nacho de la Carolina
galopando al filo de la ley.”
La fuga
Carlos Enríquez

“Pudiera ser caña”, se dijo Fernando para sus adentros, y espoleando la bestia apuró el paso. Tras las lomas que estaban a su frente en dirección a la casa de su compadre Juan, se observaba una columna de humo blanquecino que iba en aumento. Pequeños fragmentos, como de paja quemada, se elevaban por la corriente térmica ascendente que producía el fuego. Se conocieron apenas adolescentes luchando en la Guerra Grande. Acabada esta, perdidas las haciendas familiares, retornaron frustrados a buscar el sustento en aquella intrincada región bajo la mirada vigilante de la Guardia Civil. Los tiempos que siguieron después no fueron fáciles y menos para aquellos que como él y su compadre, tomaron parte en el bando contra España. La pobreza era generalizada y la opresión de las autoridades campeaba sin que nadie le pusiera coto.

Casi al mediodía y sin ser visto, coronó la cima saliendo tras unas matas de guayaba. Del otro lado, a unas 50 varas en una hondonada, vio a dos guardias civiles desmontados que contemplaban el incendio con sus caballos cogidos por las riendas. De un golpe lo comprendió todo, se bajó del ruano y lo ató para que no huyera. Extrajo con un movimiento rápido su vieja carabina Remintong de la funda atada a la montura. De su cartuchera sacó tres gruesas balas del 44 con vainas de latón reluciente e introdujo una en la recámara del arma.

El disparo retumbó en aquel apartado lugar de la serranía y uno de los civiles cayó con la cabeza destrozada. El caballo que sujetaba huyó asustado por el ruido producido por la detonación. Metió con presteza un segundo proyectil en la carabina y derribó al otro hombre que, sorprendido, trataba de montar para emprender la huida. Cargó el arma nuevamente y esperó ante la posibilidad de la existencia de otros uniformados. Mientras el olor a pólvora quemada inflamaba sus sentidos.

Transcurrido un tiempo prudencial y tomando precauciones ante lo desconocido, bajó la pequeña cuesta con la carabina lista. Se acercó al bohío que crepitaba devorado por las llamas y lo fue rodeando poco a poco. Cerca de un pequeño zaguán, en la parte delantera de la vivienda, encontró a su compadre muerto a machetazos. Continuó la inspección del lugar y un poco más lejos, bajo un flamboyán, estaba la mujer de Juan desnuda, con sus ropas hechas jirones esparcidas muy cerca de su cuerpo y también muerta a golpes de machete. Resultaba evidente que había sido violada y después asesinada.

Regresó al lugar en el que se hallaban los cadáveres de los guardias civiles para registrarlos. Encontró poca cosa, a no ser por unas onzas de oro que tenía en sus bolsillos el sargento que mató primero. Tomó las municiones que portaban los dos hombres y los despojó de sus machetes de buena hoja con guardas de bronce. Solamente pudo alcanzar el caballo de color bayo del sargento, una excelente bestia de crines y cola blanca, bien aparejada con la carabina colgando de la silla. Lo tomó de las riendas y subió la cuesta en dirección al lugar donde, inquieta, permanecía amarrada su cabalgadura.

Meditó durante algunos minutos. A partir de ese momento, irremediablemente, las cosas cambiaron para él. Su rancho se encontraba como a una media legua del bohío de Juan y si la Guardia Civil estaba por aquellos parajes era muy probable que lo estuvieran visitando también. Hacía más de 15 años que la Guerra Grande había finalizado y, a no ser por alguna que otra pelea sin importancia en la ciudad, no había tenido que matar a nadie desde entonces. En la guerrita que siguió después no participó, fue para la vuelta de Holguín y duró poco. No experimentaba arrepentimiento alguno por lo que había acabado de hacer. Se lo merecían después de asesinar a su compadre y a su esposa. Por esta vez, los desmanes de los civiles no quedaron impunes.

Por caminos extraviados buscó el firme de las lomas. No podía regresar a su casa, no solo por la probable presencia de los españoles que fácilmente podían haber escuchado los tiros, sino por lo que vendría después. Para todos era conocida su vieja amistad con Juan y su esposa. El asesinato de ambos y la muerte de los guardias llevarían a las autoridades a buscarlo como presunto autor de esto último. Además, la reacción cuando descubrieran los cadáveres de los civiles sería represiva y sanguinaria, eso bien lo sabía él. Por suerte, su mujer llevaba dos meses en casa de su madre en la ciudad de Cienfuegos. Estaba a punto de parir y en aquellas serranías no era bueno esperar el alumbramiento. Si le buscaban a él, también de encontrarse ella en el sitio no las habría pasado bien y después de esto, peor. Ahora no existía una forma mejor de autodefenderse que echarse al monte y vivir al margen de la ley. Con las últimas luces de la tarde llegó a un pobre rancho, los perros le salieron al paso con un ladrido asustadizo.

“Tomás, Tomás,” —gritó sin desmontarse— para que le escucharan más allá de la modesta vivienda. Un negro fornido de más de 50 años de edad surgió de un pequeño platanal cercano. Se conocían desde la guerra, los unía la vieja amistad y una comunión de ideales.

“¡Teniente Fernando, carajo, qué lo trae por aquí!” —exclamó el hombre.

“Maté a dos Guardias Civiles —soltó con el aplomo que lo caracterizaba— Asesinaron a Juan, violaron a su mujer y también la mataron, después le dieron candela al sitio”.

El negro soltó una palabrota, hizo un gesto de contrariedad por la muerte de una familia amiga y otro de aprobación por el proceder de Fernando.

“Necesito tú ayuda —dijo—, conoces estos montes como la palma de tus manos. Tengo que buscar una cueva para vivir por unos días y algo de comida; después veré que hacer”.

“Bonito animal —dijo Tomás refiriéndose al caballo del sargento muerto—, tiene una buena montura y hasta una carabina nuevecita”.

“Te puedes quedar con el arma y el animal —le respondió—; pero te advierto que el caballo tiene el hierro de la Guardia Civil y la carabina es de reglamento. Si te agarran con todo eso te cuelgan de la primera guácima que aparezca.”

El negro sonrió y tomó el animal por las bridas. Fernando también le obsequió uno de los machetes tomados a los guardias y le entregó algunas municiones para el arma.

“Creo que seremos dos quienes cogeremos el monte” —soltó sonriente Tomás.

A la mañana siguiente, ambos hombres cargaron en un mulo todo lo de valor que les sirviera y pudieran llevar con ellos. Pasado el mediodía, se hallaban en una cueva segura y poco conocida en lo más intrincado de la Sierra del Escambray.

***

Su historia pronto se regó como la pólvora en la región. La temeridad y las fugas misteriosas por el lomerío le ganaron a Fernando el sobrenombre de El Cagüeiro. Para subsistir, ambos hombres cometieron algunos asaltos contra ricos colonos o comerciantes acaudalados. No eran pocos los campos de caña convertidos en cenizas. Los esfuerzos por capturarlos se estrellaban contra la simpatía de los más y el miedo de los menos. No existía manera de obtener confidencia segura sobre sus movimientos. Hoy desvalijaban una bodega y quemaban los libros de cuentas donde se reflejaban las deudas de los guajiros pobres de la zona. Se decía que estaban por Trinidad pero golpeaban en las cercanías de Cienfuegos. La vida transcurría así hasta que la nueva guerra llegó a Las Villas otra vez y todo se llenó de tropas españolas.

Un tiempo antes, la casualidad y la necesidad de aumentar mínimamente el grupo, obligaron a Fernando a aceptar a otros dos individuos en la banda, pero no se confiaba totalmente de ellos. Sencillamente, eran hombres capaces de vender su arma al diablo por un puñado de onzas de oro.

“Cagüeiro —dijo uno de los incorporados—… La zona de Cienfuegos está llena de tropas, este negocio no es bueno en estos tiempos”.

Era un hombre bajito con una cicatriz en la cara que al hablar no miraba de frente. Fernando guardó silencio y le echó al individuo una ojeada de arriba a abajo.

“Ustedes se unieron a nosotros huyéndole a la civil —terció Tomás, y continuó atizando el fuego para calentar el café y la cueva misma—. El invierno se hacía sentir a comienzos de noviembre.

“Mi hermano tiene razón —añadió el otro¾”. Este era un hombre flaco que fue quien se presentó primero buscando refugio para los dos.

“En Cruces dijeron que el ejército paga bien a los guías —insistió el de la cara cortada—. No preguntan mucho y no hay que estar huyendo por estos montes”.

“Cuándo te enteraste de esas noticias” —soltó Fernando alargando las palabras—.

“Un guajiro, hace dos días, cuando forrajeaba viandas” —puntualizó—.

Haciendo más grotesca la cicatriz, la cara se le iluminó al individuo al pensar que El Cagüeiro entraba en el juego de pasarse al bando español.

“Habría que ver” —dijo Fernando—.

“Tomás hace la primera guardia —soltó a continuación, intercambiando una mirada inteligente con su viejo amigo—. Mañana le pediré un añojo a un sitiero para mejorar la comida, después veremos eso que tú dices”.

Se sirvió café y salió de la cueva, la frialdad de la noche le entró como un cuchillo. Al rato, el negro Tomás cubierto con un saco de yute y la carabina en la mano se le acercó.

“Esta gente no es de fiar, nos va a entregar en la primera oportunidad que tengan” —dijo como en un susurro—.

“Veremos quién madruga a quién” —arguyó también por lo bajo Fernando—.

Al despertar a la mañana siguiente, los dos hermanos se encontraron con la sorpresa que El Cagüeiro y el negro Tomás no estaban. Creyendo que después de la guardia nocturna se encontraban en la diligencia de la res, recogieron sus cosas y se presentaron para denunciarlos, reclamando además la recompensa que ofrecían por sus cabezas. Insistieron en servir de guías y así facilitar su captura. Cerca de las 11 de la mañana, un pelotón de caballería salió del cuartel de Cruces en dirección a la cueva, pero no encontraron a nadie y su espera fue en vano. El oficial español desconfiando de gente que traicionaba a los suyos y creyéndose engañado, colgó a la entrada del pueblo por bandoleros buscados al de la cara cortada y a su hermano.

***

Dos meses más tarde, en el Callejón del Palenque por la zona de Cruces, una sección de exploración del Ejército Libertador rendía su informe al General Maceo.

“Mi General, columna de infantería española al frente —dijo el jefe de los exploradores—. En el camino que va a Mal Tiempo, fuerte como de quinientos hombres, son quintos mi General”.

“Incorpórese a la vanguardia de la caballería —ordenó lacónico el General—. Vamos a darle machete a esta gente; corneta, toque a degüello”. En ese momento, al norte del Callejón del Palenque, un nutrido tiroteo anunciaba el comienzo del combate.

“Vamos Tomás que nos perdemos el lance —dijo el jefe de la sección de exploradores a un negro fuerte montado sobre un bayo de crines y cola blanca—.

“Te sigo Fernando” —respondió este y salieron al galope—.

Una hora después, la columna española quedaba destrozada por una terrible carga al machete en los campos de Mal Tiempo.

Comentan los lugareños que nunca más se escuchó hablar de la banda de El Cagüeiro.

 

Domingo Sánchez Perdomo: Investigador, periodista y editor. Máster en Bibliotecología y Ciencias de la Información con dos Diplomados en Información y Servicios de Información. Trabajó como periodista en la Agencia Prensa Latina. Creador y editor hasta el 2001 de la revista Seguridad y Defensa. Artículos suyos han sido publicados en el periódico Bastión y en las revistas Verde Olivo, Cuba Socialista, Seguridad y Defensa, Socialismo o Barbarie, entre otras.

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