¿Y Luis Mariano dónde está?

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Luis Mariano Carbonell siempre estuvo ahí. Primero con sus mangas guaracheras, las estampas chispeantes de humor y ese epíteto a cuestas que lo representa como el Acuarelista de la Poesía Antillana.

No advertíamos entonces, cuando en el show televisivo se anunciaba ocupaba un lugar privilegiado, que la etiqueta le quedaba grande, que Luis era todo menos un tópico del folclor.

Él mismo era, es, un poeta. Un creador en toda la extensión de la palabra. Un apwon iluminado con la gracia de saber llegar al corazón y a la inteligencia con una inflexión, con un acento, con un simple gesto de sus manos o la leve mutación del rostro

Después sabríamos mucho más de él y recibiríamos sus entregas multiplicadas en la escena y la tertulia familiar, o a través de otros a los que aconsejaba y definía repertorios y estilos musicales. Porque también Luis es uno de nuestros más encumbrados —y ocultos— músicos.

Hasta llegar al amigo que este 26 de julio de 2013 cumple nada menos que 90 años en plenitud y modestia.

Voy a contar entonces de su origen, de los días iniciales en Santiago de Cuba, cuando en el seno de una familia de maestros, soñó con ser pianista, y se aplicaba bajo la tutela de Josefina Farrés. Fue un sueño que no abandonó al mudarse a La Habana, pospuesto sin embargo cuando su modo de  recitar lo llevó a consagrarse —y revolucionar— la declamación.

Lo hizo a partir de un riguroso conocimiento de la métrica y el ritmo interior de los versos que aprendía y de las estampas que fue incorporando a su repertorio, hasta definir un aire, una proyección, un estilo.

La poesía ya era desde Santiago parte de su vida. Una de sus hermanas decía versos y Luis asegura que, de haberse dedicado a ello profesionalmente, sería hoy reconocida.

El gran salto de Luis tuvo lugar en 1947 cuando se presentó en EE.UU. y unió su carrera a las de Ernesto Lecuona, Gilberto Valdés, Ester Borja y las luminarias que formaban parte de la empresa artística del autor de María la O.

La lírica que reivindicó los aportes del negro a la cubana comenzó a formar parte de su memoria íntima: Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, José Zacarías Tallet, Eugenio Florit, Marcelino Arozarena, y de ahí comenzó el viaje hacia otras zonas de la poética caribeña, con admiración particular hacia el puertorriqueño Luis Palés Matos.

A comienzos de los años 60, su nombre era imprescindible no solo en Cuba sino en otros países de la región y en EE.UU. Recibió proposiciones para emigrar por gente que no sabía que Luis Mariano había hecho un pacto irrenunciable con su tierra, su identidad y la vocación de justicia social que comenzaba a ser realidad entre los suyos.

Voy a contar entonces de ese segundo aire de Luis Mariano, el que lo llevó a emplearse a fondo en el montaje de la Elegía a Jesús Menéndez, de Nicolás Guillén, y de los oriki de Miguel Barnet, y de los cuentos del mexicano Juan José Arreola, y de las miniaturas satíricas del venezolano Aquiles Nazoa, o ahora poco El baile, de Virgilio Piñera.

Y de un tercer aire, el de su sentido de la ubicuidad en espectáculos, teatros, puestas en pantalla, de la escena a la escuela y de la escuela a la escena, en coloquios y talleres con un sentido de la participación social que habla de su verticalidad cívica.

Y un cuarto aire que nunca ha dejado fuera de sí, la música, la orientación de repertorios, el pulimento de estilos en cantantes líricos y populares o agrupaciones que recorren la escala de Los Cañas a Los Papines.

Único e irrepetible. Como Bola de Nieve y Rita Montaner. Siempre aquí, Luis Mariano. Como una palma real.

Comentarios

El acuarelista del caribe le llaman. Lástima que muchos jóvenes no conozcan sobre él. Yo tengo 35 de edad, pero he leido sobre él y su humor es de lo mejor, muy culto.

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