Cuentos de La Habana Elegante: ¿Realidad o ficción?

Cira Romero • La Habana, Cuba

Cada literatura forja —y libera— sus propios misterios y mitos. La nuestra los ha fraguado, hasta nuestros días, con un texto de poesía épica renacentista, Espejo de paciencia, de cuya existencia aún se duda, pues el original, escrito hacia 1608, no se conoció, sino solo una copia hallada por el poeta José Antonio Echeverría (1815-1885), miembro de la tertulia literaria encabezada por Domingo del Monte, entre las páginas de la Historia de la isla y catedral de Cuba, del obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz. ¿Fue acaso una superchería de los integrantes de ese activo  núcleo —constituido a mediados de la década del 30 del siglo xix— con el fin de demostrar que en Cuba existía una tradición literaria remontada al siglo xvii? En tanto, la existencia de su presunto autor, el canario Silvestre de Balboa (1563-1644), sí ha sido ampliamente documentada: residía en Santa María del Puerto del Príncipe y se encontraba en Bayamo en 1604, cuando ocurren los acontecimientos narrados en altisonantes octavas reales. Pero existen otros misterios, como el libro Cantos a Lesbia (1821), del poeta esclavo Juan Francisco Manzano, posiblemente aparecido sin autor o bajo otro nombre, pues a los de tal condición les estaba prohibido publicar. Jamás se ha encontrado tal título.

Ahora ha surgido —al menos para mí— otra incógnita, con el libro Cuentos de La Habana Elegante,  que data, según referencias confiables, de 1887.

Un poco de historia

La revista La Habana Elegante (1883-1891); 1893-[1896]), nacida como “Periódico bisemanal de noticias interesantes a las señoras y señoritas”, de larga y accidentada vida, y con otros no menos altisonantes subtítulos a través del tiempo —“Periódico bisemanal de noticias interesantes al bello sexo”,  “Semanario dedicado al bello sexo”, “Semanario de literatura, bellas artes y modas. Dedicado al bello sexo”, “Semanario ilustrado, literario y artístico. Crónica de los salones” y “Semanario artístico y literario”— es reconocida y evaluada por los estudiosos como uno de los “monstruos editoriales” del siglo xix cubano. A lo largo de su existencia, privilegió sus páginas con firmas tan notables como las de Manuel de la Cruz, Julián del Casal —presencia permanente hasta su desaparición física en 1893—, Ramón Meza, Carlos Pío y Federico Uhrbach, Rafael María de Mendive, Mercedes Matamoros, Fray Candil (seudónimo de Emilio Bobadilla), Raimundo Cabrera y Cirilo Villaverde. Muerto Martí, dieron a conocer algunos de sus Versos sencillos.  En sus años finales fue órgano oficial  del Círculo Habanero y, posteriormente, del Habana Yacht Club. El tono trivial de sus inicios varió gracias a los aportes literarios de los citados escritores, sumado a la presencia, en muchos de sus números, del adalid del movimiento modernista, el nicaragüense Rubén Darío, quien aportó un verdadero caudal de poemas. Tal colaboración, y otras de ilustres firmas continentales de ese movimiento —José Asunción Silva, Salvador Díaz Mirón, Manuel Gutiérez Nájera— fueron decisivas para considerar a la publicación vocero de esta corriente literaria, primera surgida del lado opuesto geográficamente a Europa y cuya influencia llegó, como necesario rebote, al viejo continente, que recibió con sorpresa, también por vez primera, las irradiaciones provenientes de tierras cuya originalidad habían conseguido apenas aplastar a pesar de la fuerza demoledora de los desmanes cometidos.

Cuentos, poemas, leyendas, noveletas, artículos costumbristas, crítica literaria, deportes, trabajos sobre artes plásticas, historia, ciencias, crítica teatral y musical aparecieron en las lujosas páginas que distinguieron el reinicio de la revista en 1893, y revisarlas hoy proporciona, además de placer estético, un acceso directo a las aludidas colaboraciones de los  modernistas, algunas no vueltas a publicar hasta nuestros días. Si bien se mantuvo ajena a los problemas políticos, su desaparición en julio de 1896 obedeció a una razón —el estallido de la guerra el 24 de febrero de 1895—  que tuvo dos consecuencias: condujo a la emigración a varios redactores, en tanto otros se alzaron en el campo insurrecto, tal es el caso de Carlos Pío Uhrbach, caído en combate en un lugar indeterminado de Sancti Spíritus.  

  Cuentos de La Habana Elegante

Cuando la revista estaba en su primera etapa y era aún bastante pobre en cuanto a impresión y diseño,  publicó en el número correspondiente al 6 de febrero de 1887 una nota titulada “Cuentos de La Habana Elegante”,  donde se lee:  

Con el cuento intitulado “Los dos lentes” y que insertamos en lugar preferente de este número, inauguramos la serie de los Cuentos de La Habana Elegante. El propósito de los redactores de este semanario es formar con ellos un volumen de literatura amena. Tomando parte en la obra, como tomarían indudablemente, nuestros más celebrados escritores, muchos de los cuales ya nos han prometido su colaboración, será digna muestra del estado floreciente de nuestras letras. No marcándose el género ni tampoco la tendencia de cada cuento, como no sean las propias de la naturaleza e índole de nuestro periódico, claro es que la fantasía de cada autor no está sujeta a traba alguna e imperará libremente, dándonos una producción expontánea [sic] y digna de su ingenio. El temperamento y la inspiración de cada escritor, presidirá la elección del asunto. Y dado el talento y la reputación de los literatos cubanos, prometemos a nuestros lectores, que ora, sea el cuento fantástico, satírico, humorístico, serio, o de cualquier otro género, siempre podrán admirar la gallardía con que serán tratados sus diversos asuntos. Inútil será que digamos una palabra más: es que tomen parte en ella.

La anunciada narración era de Ramón Meza y sucesivamente fueron apareciendo otras 18 suscritas, algunas, por nombres de cierto relieve, y otras por individuos que no alcanzaron notoriedad, aunque se ha podido verificar su existencia. Según el orden en que fueron apareciendo aportaron colaboraciones —tras la de Meza— Aniceto Valdivia, Aurelia Castillo de González, Justo de Lara (seudónimo de José de Armas y Céspedes), Ángel Luzón, Julio Rosas (seudónimo de Francisco Puig y de la Puente), Manuel Serafín Pichardo, Cirilo Villaverde (con un cuento publicado con anterioridad en Faro Industrial de La Habana, julio de 1842), Francisco Calcagno, Eduardo Sánchez de Fuentes, M. Remo (anagrama de Manuel Moré y del Solar), Enrique Hernández Miyares, Héctor de Saavedra, Ramón A. Catalá, Bernardo Costales y Sotolongo, Antonio Zambrana, Pedro Giralt, Pedro Molina y José Tamayo y Lastres. 

Al aparecer, el segundo cuento,  “Dos opiniones” (20 de febrero), la revista anunció:

Ya tenemos asegurada la formación de un tomo aparte, en el cual reuniremos una colección escogida de nuestros Cuentos. Los señores Ruiz y Hermano, que cuentan hoy con un establecimiento tipográfico a la altura de los mejores de esta capital, se han brindado a ser los editores. Como ya se han tirado algunas páginas del libro, podemos asegurar que formará un elegante tomo. Los escritores a quienes hemos rogado que nos honren con su colaboración tienen, por lo menos, tres semanas para escribir su cuento; de suerte que escritos estos, con todo despacio y cuidado, vendrán a ser muestra valiosa del talento de cada autor y a embellecer las páginas de la obra, que como dijimos antes y repetimos ahora, es nuestro único y primordial objeto que no desmerezca de nuestra cultura literaria actual. Así, pues, el prurito de cada uno debe ser esmerarse en llenar su cometido del mejor modo que sea posible. Pero les reiteramos nuestros deseos de que no demoren la remisión de sus trabajos.  

A la altura del 24 de julio informaban, bajo el titular “Nuestro libro de cuentos”:

Hemos prometido coleccionar en un volumen, que generosamente se han brindado a editar los acreditados impresores Ruiz y Hno. los Cuentos que con tanta aceptación de nuestros suscriptores veníamos insertando en las columnas de este semanario. Quisiéramos que el libro, que alcanza hoy cerca de 150 páginas, llegase a 200; pero con sentimiento nos vemos obligados a cerrarlo, si nuestros estimados colaboradores retardan el envío de los cuentos que nos tienen prometidos. A ello nos compele el compromiso que tenemos con los editores de darles, por lo menos, cada quince días un pliego de impresión. Por nuestra parte suplicamos a nuestros muy queridos amigos que no priven de las galas de su talento a esa humilde ofrenda que desea hacer llegar La Habana Elegante a las letras patrias.

En el número 38 (18 de septiembre) anuncian en  “Nuestro catálogo”:

Cerrada ya la serie de Cuentos de La Habana Elegante que en breve, en bien impreso volumen se pondrá a la venta, comenzamos a publicar el Catálogo de Libros que se le añadirá, dándole así un atractivo más y propendiendo a favorecer nuestro movimiento intelectual, cuando nuestras humildes fuerzas lo consientan. El Catálogo de Libros a que nos referimos contendrá las obras de autores cubanos que actualmente se hallan de venta en las librerías de esta ciudad, según datos que hemos obtenido de ellas mismas. Tenemos una literatura propia, característica; pobre, es verdad, si con otras se compara, rica, muy rica, si en cuentos se tienen los obstáculos tradicionales que a su desenvolvimiento se han opuesto. Prueba de esto es la lista de autores cubanos —algunos muy dignos de más atención que las que se les dedica— que adornan con las galas de su inteligencia los estantes de nuestros principales establecimientos de libros.  

En el número del 6 de noviembre, en la sección fija “Notas y noticias” prometen que

Pronto se pondrá a la venta, bellamente impreso por sus editores Sres. Ruiz y Hermano, S. Ignacio 15, el tomo que contiene los Cuentos de La Habana Elegante, en el que figuran firmas conocidas y que autorizan preciosísimos trabajos.

Varios números después, en el correspondiente al 22 de enero de 1888,  igual sección le aclaraba a un desconocido lector:

Al Señor que en carta nos pregunta sobre los Cuentos de La Habana Elegante, debemos manifestarle que no tenemos un solo ejemplar. No hemos tenido otra participación en la obra que la moral de ver reunidos en ella, y esto con mucho gusto y honra de nuestro semanario, los trabajos brillantes y amenos de sus talentosos colaboradores. Ya lo dijimos y lo repetimos una vez más: nuestro propósito fue coleccionar esos trabajos, dedicados a La Habana Elegante, en el bonito volumen en que han aparecido y que acredita de buena impresora la casa de los señores Ruiz y Hermano.

Siguiendo pistas

La primera noticia que tuve  acerca de la publicación de este libro la ofrece el tomo i del Diccionario de la Literatura Cubana (1980) en la ficha dedicada a La Habana Elegante. Se expresa, tomando como fuente informativa, sin duda, la de la propia publicación, que “llegó a editar, en libro aparte, los Cuentos de La Habana Elegante,  recopilación de muchos de los cuentos publicados en dicha revista”. Años después, colaborando con Antón Arrufat y Rogelio Rogelio Rodríguez Coronel para recopilar en esta revista los “Croquis habaneros” de Ramón Meza con vistas a su futura publicación, al revisar el año 1887 llamó mi atención la sección inaugurada bajo el referido título  “Cuentos de La Habana Elegante” y la fui rastreando a lo largo de ese año y el siguiente. Confieso que había olvidado la referencia dada por el citado diccionario. Picada por la curiosidad consulté la Bibliografía cubana del siglo xix (1914), de Carlos M. Trelles, donde, en efecto, el libro se asienta de la siguiente forma:

Cuentos de La Habana Elegante. Habana, Imprenta La Universal, 1887. En 8º. , 222 páginas. Con lindos cuentos de Ramón Meza, Héctor Saavedra, Ramón Catalá, A. Zambrana, Pedro Molina, Cirilo Villaverde, Luzón, Pichardo, Rosas, Miyares, Aurelia Castillo y Justo de Lara. Al final inserta un Catálogo de libros de autores cubanos, en el que se da cuenta de 220 obras.

El bibliógrafo matancero culmina su información con una nota debida a Aniceto Valdivia, uno de los tributantes al tomo. Dice quien se hacía llamar con el seudónimo Conde Kostia

Dos cuentos sobresalen sin humillar a los otros —en el tomo de elegante cubierta e impresión bien cuidada, dos cuentos que son dos joyitas. “Un cuento de Francisca” y “Cuento viejo”; el primero, de la Sra. Aurelia Castillo, y el segundo de Justo de Lara. El primero es un modelo de narración, de buen gusto y eticismo.

Dada la reconocida acuciosidad y seriedad de la obra bibliográfica de Trelles,  comencé a indagar por el libro, primero en las bibliotecas cubanas: Biblioteca Nacional José Martí, Biblioteca Fernando Ortiz del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor, Biblioteca de la Universidad de La Habana, Biblioteca Francisco González del Valle del Colegio de San Gerónimo, adscripta a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana,  Biblioteca Gener y del Monte, de Matanzas, el riquísimo Fondo Coronado de la Biblioteca Chiqui Gómez Lubián, de la Universidad Central de Villa Clara, en cuyo catálogo aparece, reflejado en una ficha, el libro, pero no existe físicamente, y la Biblioteca Elvira Cape, de Santiago de Cuba. No hubo resultado. Vía Internet accedí a importantes instituciones que  tienen sus catálogos online, entre ellas las bibliotecas del Congreso de Washington y Pública de Nueva York, y en España la Biblioteca Nacional y la Municipal. Ni huella del libro. No indagué en bibliotecas cubanas privadas.

Entonces me di a la paciente labor de fotografiar y transcribir cada texto, pues, de escanearlos, se corría el riesgo de deteriorar los ejemplares. Concluida la labor, la Editorial José Martí, en su colección Catalejo,  publicará la obra el año entrante.

¿Qué intento con la publicación de Cuentos de La Habana  Elegante?   

La interrogante requiere una respuesta necesitada de repasar brevemente la evolución de este género en Cuba. Por lo general, se ha afirmado que tal manifestación, atendiendo a su moderna tipología, es un género de nacimiento tardío en Cuba con relación a la novela, y según asevera el investigador Sergio Chaple:  

El estudio de la cuentística cubana antes de esa fecha [se refiere al año 1899, cuando apareció lo que se considera, orgánicamente, nuestro primer libro en este género: Lectura de Pascua, de Esteban Borrero Echeverría] está aún por hacerse, pues dadas las transformaciones del género, una cuidadosa revisión de las revistas literarias del siglo xix, así como de las páginas de nuestros costumbristas, es factible que arroje un saldo de relatos —si no cualitativamente valiosos al menos cuantitativamente copiosos— que pudieran ubicarse dentro de lo que modernamente clasificamos como viñetas. La propia imprecisión del género, reflejada en la terminología de la época, ha movido a confusión durante años a los historiadores de nuestra literatura, quienes tradicionalmente han venido considerando como novela a Matanzas y Yumurí (1837)  de Ramón de Palma, con solo escasas páginas de extensión, mientras que Mozart ensayando su Requiem (1881), de Tristán de Jesús Medina —una noveleta— se halla clasificada como cuento.

Por su parte Salvador Arias ha señalado

ciertos borrosos intentos narrativos, no vienen a producirse hasta que Del Monte edita su famosa revista La Moda a partir de 1829. En el ‘Prospecto’ de la revista se especifica que allí aparecerán, entre otras cosas, “modas”, “historias y novelas nuevas e interesantes” [...] “cuentos, enigmas, anécdotas, descubrimientos y cosas raras”, “descripciones de costumbres, usos [...] de las naciones extranjeras”, “narración de acontecimientos diarios en estilo jocoso” [...]: por disformes que parezcan estas clasificaciones, en todas se encuentran gérmenes narrativos y ellas pueden ayudar a ubicarnos en ciertas concepciones epocales al respecto.

Entre 1837 y 1839, cuando hubo una verdadera explosión de revistas literarias surgidas al calor del romanticismo, en sus páginas asomaron tímidos balbuceos de cuentos, clasificados algunos como novelas, como los de Villaverde, y su entonces “novela” Cecilia Valdés, en La Siempreviva, no cuajada definitivamente hasta muchos años después, y publicada en 1882; Ramón de Palma ofreció la primera novela indianista, Matanzas y Yumurí (1837); Suárez y Romero termina y discute en la tertulia delmontina  Francisco, “la primera novela negrista del continente”, según juicio de Ambrosio Fornet, aparecida de manera póstuma en 1880, y Pedro José Morillas, con El Ranchador, escribe y circula en 1839 un relato espeluznante sobre la cacería de negros cimarrones en el occidente de la Isla, no publicado hasta 1856 en La Piragua.

Pero la más osada propuesta acerca de los orígenes del cuento en nuestra Isla ha sido la aportada por Roberto Friol,  en 1962:

De “detestable y del más exquisito mal gusto”, calificó Néstor Ponce de León a los textos “exclusivamente literario[s]” del periódico [se refiere al Papel Periódico de la Havana]. Pero si a primera vista, después de leer los números existentes del Papel en la Biblioteca Nacional, uno se siente tentado a compartir en todo o en parte el duro juicio, la relectura cuidadosa hace que no lo compartamos en absoluto, pues entre tanta escritura pedestre, hay, en verso y en prosa, páginas que reclaman un fiel detenimiento. La regalía mayor, tal vez, sean los cuentos; proteicos en su forma, inocentes de su grave realidad. Y entre ellos, ascendentes como las sierpes alrededor del caduceo, los que tienen como asunto la materia que tanto desveló a los dos Segismundo —el príncipe y el médico— son, sin duda, los de mayor momento, los de fiesta mayor. Francisco de Quevedo presta su método a los soñadores de la Isla, al par que otros escritores del Siglo de Oro prestan sus disfraces a la forma literaria de los mismos (no en cuanto a calidad y justeza, sino en la manera de presentar el asunto): a veces es una epístola el heraldo de la carga severa o jocosa; otras, una noticia “científica”, con datos y realidades pitagóricas; o la estocada eficaz de la anécdota; sin que falte la “fábula”, —con moraleja y todo— a la manera de Fedro, Esopo o Iriarte. Hay mucho sueño de estirpe quevediana, en los que la fantasía, el idioma y la socarronería insulares forcejean a brazo partido con los sueños famosos.

Las expectativas brindadas por estos estudiosos, atendibles y sugerentes, en particular la propuesta por Friol, no impide sustraerse a lo antes expresado: para sostener si el género cobró vida y sustancia entre nosotros —con sus propias características—  antes de que en 1899 apareciera el antes citado Lectura de Pascuas, es preciso rastrear en revistas y periódicos del siglo xix, labor cada vez más difícil debido al deterioro creciente de nuestra prensa, pues aunque existen índices bibliográficos, solo ofrecen el dato frío en clasificaciones dadas, en ocasiones, al arbitrio. Los que, en muchas oportunidades, y con otros fines, hemos investigado en esas publicaciones periódicas, sabemos que sepultados en sus páginas existen cientos de cuentos, como también  fueron tales los aportados por José Martí en su revista dedicada a los niños La Edad de Oro (1889): “Nené traviesa”, “La muñeca negra”, “Cuentos de elefantes”; o el publicado por Esteban Borrero Echeverría en la Revista de Cuba, “Calófilo” (1879), de carácter reflexivo-filosófico, lamentablemente no incluido en su citado libro Lectura de Pascuas. También los debidos a Julián de Casal, Manuel de la Cruz, el citado Cirilo Villaverde, pero ninguno de estos autores, ni otros, tuvieron la iniciativa de reunir en un tomo sus producciones cuentísticas, quizá porque ni siquiera tenían una clara conciencia de que eran tales.

Por lo apuntado, asumo la novedad de informar acerca de un libro de finales de la octava década del siglo xix que asume el género, incluso en su título, aún cuando no hayamos podido ni siquiera palpar su cubierta. Entonces, creo resulta relevante para el estudio del género en Cuba la cercana publicación de los Cuentos de La Habana Elegante, entre otras razones porque permite rectificar la información de que es Lectura de Pascuas el primer libro aparecido entre nosotros en esa modalidad literaria. Quienes urdieron la propuesta de inaugurar esa sección, en un momento en que la revista contaba en su cuerpo de redactores con Casal, Meza y Valdivia, estaban conscientes de que el género existía en la Isla y los dos últimos no dudaron en brindar sus respectivos aportes a la obra proyectada y cumplida.  

En su conjunto, la muestra exhibida —19 cuentos— moldea un cuerpo narrativo de constantes y variantes. Del total de autores la mayoría, por no decir todos, ejercían el periodismo, bien de manera sistemática u ocasional; de ellos cinco son narradores: Meza, Rosas, Villaverde y Zambrana y tres  poetas: Aurelia Castillo, Hernández Miyares y Calcagno, aunque este último desplegó este ejercicio con escasa frecuencia y su nombre permanece en la literatura cubana por su invaluable, errores aparte, Diccionario biográfico cubano (1878-1886).

Los que gestaron el proyecto Cuentos de La Habana Elegante tuvieron en cuenta una pauta que presidió la mayor parte de las publicaciones periódicas literarias del siglo xix: ofrecer amena literatura, ideal que, ciertamente algo trasnochado a la altura de 1887, provenía de los presupuestos estéticos del iluminismo,  presente en nuestras  revistas hasta los primeros decenios de la república. Esa reclamada amenidad se constata entonces en una diversidad temática coronada por el ideal prometido: entretener, verificable en la totalidad de los cuentos, pero, además, en muchos de ellos se impone solazar aportando una enseñanza, una moraleja, en tanto otros, los menos, se  prefiguran signados  por cierto matiz de choteo criollo, como si los autores no hubieran tomado en serio la demanda de la revista y “para salir del paso” improvisaran unas pocas cuartillas, pero siempre respondiendo a la armazón narrativa representada. El discreto cuento de Meza “Los dos lentes”, es, quizá, uno de los de mayor valía, y a su texto puede aplicársele, como resumen de su intención, el popular axioma: “Todo es según el color del cristal con que se mira”, al proponerse contrastar el par antagónicos bien versus mal.

Como una constante aparece la casi general ausencia del paisaje cubano. Se ubican las tramas en las orillas del  Rhin, en Grecia, en Nueva Orleáns, en Francia, en castillos feudales o prados adornados de abedules, aunque Cuba (La Habana, Palma Soriano, Bayamo) tiene ocasionales presencias como escenario incidental. Es de notar, sin embargo, que el cuento de Villaverde “Confesión de un marinero náufrago” (apareció como “Declaración de un marinero náufrago” en la aludida primera publicación) puede estimarse, quizá, como el primero en nuestra literatura desarrollado en medio de un mar enfurecido que arrastra con su fuerza a los enrolados en la embarcación, a la manera en que después lo harían Jesús Castellanos, Lino Novás Calvo y Enrique Serpa, para citar solamente tres nombres notables. El fenómeno de la esclavitud, abolida en la Isla apenas un año antes de ver la luz el volumen, es tratada solo por Aurelia Castillo de González, pero no como fenómeno social, sino a través de una vieja esclava doméstica que acostumbraba narrarle historias a su “amita”. Tampoco la épica de la Guerra de los Diez Años es escenario asumido, aunque tiene  presencia indirecta en  “Las tres cruces”, de Pedro Molina.

La adjetivación utilizada por la voz, generalmente omnisciente, del narrador, es hija pródiga del romanticismo epigonal, como nacida de él son las damas que fungen como personajes: en su mayoría rubias, lánguidas, atribuladas por desdichas amorosas, envueltas en encajes y perfumes, datos conjugados con el lenguaje: no muestra elementos de renovación y continúa alambicado, apegado al español peninsular, con excepción de los aportes de Villaverde y Aurelia Castillo. Prosiguen los pronombres enclíticos, el voceo en algunas oportunidades; y quien más sorprende en ese sentido es Ramón Meza, que en el propio 1887 había publicado una de las novelas más reveladoras, en su intención y en su lenguaje, de la literatura cubana del xix: Mi tío el empleado. Aunque su citado cuento puntea entre los de mejor calidad, no hay autenticidad en la prosa por la falta de vigor narrativo. En general, un modo retórico  los recorre, conjugado con una concepción formalmente mimética y una ausencia de economía de elementos narrativos para construir el relato. Asimismo, el uso constante del signo de admiración se traduce en un efectismo cuyo resultado es impresionante por el falso patetismo que destilan. Sin embargo... ¿Por qué publicar Cuentos de la Habana Elegante?

1.- Para sostener la hipótesis de que no fue Lectura de Pascuas, del año 1899, el primer libro de cuentos publicado en Cuba, aun cuando este sea un volumen realizado por un solo autor, pues 12 años antes vio la luz, no obstante su invisibilidad, al menos hasta hoy, uno de carácter colectivo: Cuentos de La Habana Elegante.

2.- Para demostrar que el cuento en Cuba daba muestras inequívocas de avanzar en el manejo de ciertas estructuras narrativas propias del género, no así en los temas y en el lenguaje, todavía atados a la influencia  española.  

3.- Para insistir en la necesidad de revisar periódicos y revistas del siglo xix, sobre todo en su primera mitad, para aumentar la hasta ahora exigua nómina de cuentos  de temas cubanos, al estilo del incomparable “El Rancheador”, solitario ejemplo nacido de un autor apenas conocido entre nosotros llamado Pedro José Morillas.

 4.- Para afirmar que el cuento cubano, verdaderamente cubano, mientras no se investigue lo suficiente, no hará su aparición, aún con ciertas ataduras formales, sobre todo léxicas en su apego españolizante, hasta el primer lustro de la república, cuando se refuerzan voces como la de Esteban Borrero Echeverría con  El ciervo encantado (1905), obra pionera contentiva de un solo cuento con el cual se adelanta en el tiempo a las preocupaciones ciudadanas de los escritores de la llamada Primera Generación Republicana al constatar su inconformidad y pesadumbre con el medio social, con los nuevos “valores” que comenzaban a aflorar en el país y ante el peligro de la presencia norteamericana en la Isla.

5.- Para rescatar y poner en manos del estudioso de nuestra literatura un libro que no está al alcance, hasta donde sabemos, de ningún lector.

Estas apreciaciones son suficientes, creo, para demostrar la pertinencia de publicar Cuentos de La Habana Elegante, cuya (in)existencia muestra el intento de un grupo de escritores para dar cuerpo a un género que casi a todo lo largo del siglo xix  se mantuvo mancomunado con la novela.

Los Cuentos de La Habana Elegante no son modelos acabados, pero ofrecen una concepción más definitoria y podrían funcionar como una especie de parteaguas para enrumbar la apertura de un camino que obtendría sus mejores logros a partir de los años 20 del pasado siglo.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato