Cuba cuando el Moncada

Ciro Bianchi • La Habana, Cuba

El golpe de estado del 10 de marzo de 1952 pretendió, según sus autores, poner fin a los males que entronizaron en el poder, a partir de 1944, los llamados gobiernos “auténticos”, y solo consiguió acrecentarlos. El Partido Ortodoxo, fundado en 1947, con su lema “Vergüenza contra dinero” y la escoba como símbolo, impulsó un movimiento cívico encaminado al adecentamiento de las costumbres públicas. Pero su programa de honradez administrativa no podía dar solución a los graves problemas sociales y económicos que aquejaban al país. Su líder se suicidó en 1951. En un acto desesperado atentó contra su vida, ante los micrófonos de una estación radial, como una forma de despertar la conciencia de la población. Las elecciones generales de junio de 1952, en las que se daba a los ortodoxos como ganadores, no llegaron a celebrarse. Las impidió el golpe de estado. Dos años antes, la Misión Truslow, llamada así por el nombre del presidente de la Bolsa de Nueva York, que la encabezó, no se atrevió a formular una política económica para Cuba, sino “una estrategia para del desarrollo” que se traducía en mayores inversiones norteamericanas en la Isla.

El 26 de julio de 1953, Fidel Castro protagonizaba, con un grupo de jóvenes, el asalto al cuartel Moncada. En el juicio que se le realizó por esos sucesos, el joven abogado analizó la situación cubana, identificó sus grandes problemas y planteó la solución que les daría  la revolución triunfante.

Si, como se dice, una imagen vale más que mil palabras, pocas ilustran mejor la vida cubana a comienzos de la década de 1950 que la que muestra a un niño de ocho o nueve años de edad, descalzo y sin camisa, extasiado ante la oferta de una zapatería. Tiene las manos cruzadas, como para asegurar que no tocará la mercancía. Solo mira. ¿Qué ideas pasan por su mente? ¿Qué ilusiones se hace?

La vida se hacía deplorable, en 1953, para buena parte de la población de algo más de cinco millones de habitantes entonces. El 75 porciento de la tierra cultivable del país estaba en manos de 1 167 personas o compañías, que la explotaban de manera extensiva, y el 25 porciento restante se distribuía en unas 120 000 fincas pequeñas. Los campesinos debían vender sus producciones al precio que fijaban los intermediarios, y muchos trabajadores agrícolas, sobre todo del sector azucarero, devengaban sus haberes mediante vales o fichas que los obligaban a comprar los artículos de primera necesidad en establecimientos predeterminados, donde los precios resultaban más elevados. Sobrepasaban de 280 000 los desocupados permanentes, y la cifra de parados podía llegar a 600 000 cuando, al finalizar la zafra azucarera, sobrevenía, durante ocho o nueve meses, el llamado “tiempo muerto” en las fábricas de azúcar.

Unas 400 000 familias del campo y la ciudad vivían hacinadas en barracones y cuarterías, apenas sin condiciones de higiene. Otras 220 000, en las zonas urbanas, pagaban alquileres que absorbían la tercera parte de sus ingresos. Y casi 300 000 moradores de áreas suburbanas y rurales carecían de electricidad. Había unos 700 000 analfabetos totales o funcionales. Solo seis escuelas técnico-industriales funcionaban en la república  y en el campo, desnutridos, hambreados, semidesnudos, asistían a la escuela menos de la mitad de los niños en edad de hacerlo. La mortalidad infantil, según cálculos conservadores, era de 60 por cada 1000 nacidos vivos; la desnutrición causaba estragos sin cuento y muchas  personas morían de enfermedades perfectamente curables, bien por falta de asistencia médica o por carecer de acceso a los medicamentos.

El desarrollo industrial era escaso. Cuba era, en lo esencial, una factoría de materias primas para la exportación. Buena parte de la industria azucarera estaba en manos norteamericanas. Lo mismo sucedía con las minas, las empresas de servicio público (electricidad, teléfono, ferrocarriles…) la banca y el comercio exterior.

Poner fin a un régimen ilegal, emanado de un golpe de Estado que quebró el ritmo constitucional de la nación, fue el propósito de la acción liderada por Fidel Castro el 26 de julio de 1953, que garantizaría al cubano, dueño de su riqueza, la independencia y la dignidad, y donde aquel niño de la foto,  ya vestido y calzado, dejara de ser un paria en la tierra que lo había visto nacer.

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