La leyenda, única historia de los héroes verdaderos

Los revolucionarios según Mella

“La principal característica del revolucionario es su comprensión absoluta y su identificación total con la causa que defiende. Las ideas que abrazan se convierten en dinamos generadores de una energía social.

“[…] Dan la sensación monstruosa de locomotoras avanzando por selvas vírgenes y ciudades populosas.

“[…] no aspira al trascendentalismo. Tiene el orgullo de ser puente para que los demás avancen sobre él. […]

“[…] profesión utilísima y es una de las que más importantemente llena la gran necesidad de progreso social. […] Es la profesión sin competencia, la profesión triunfante, la profesión que todo hombre honrado debe desempeñar”.

Julio Antonio Mella: Por la creación de revolucionarios profesionales (Aurora, México D. F., diciembre de 1926), en Documentos, Instituto de Historia del Movimiento Obrero y de la Revolución Socialista, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 265-266.

Los hombres de la revolución según Pablo

“Yo no me propongo recordar sus vidas aquí; ellos fueron, sencillamente, hombre de la revolución. Que no venga nadie entre la muchedumbre de los hombres, sembrando asombro, pánico, admiración y envidia. Nada más. Ellos fueron hombres de la revolución. Y ni me interesa, ni creo en el “hombre perfecto”. Para eso, para encontrar eso que se llama “el hombre perfecto”, basta con ir a ver una película del cine norteamericano.

“[…] Porque la revolución fue como una fiebre en la imaginación de este hombre.

“[…] Tuvo, arrastrado por su fiebre, el impulso de hacerlo todo. E hizo más que miles. Y tenía el secreto de la fe en la victoria final. Irradiaba calor. Era como un imán de hombres y los hombres sentían atracción por él. Les era misteriosa, pero irresistible aquella decisión callada, rígida hacia un solo punto: la revolución. […]

“Ningún héroe es verdadero, si no es más grande en la muerte que en la vida, si no queda más vivo que nunca después de su muerte. Si no es capaz de engendrar alientos en los que no lo conocieron sino por la leyenda, que es la única historia de los héroes verdaderos.

“[…] Hoy es el día bueno para el recuerdo de todos. Los ciudadanos de la revolución se llaman héroes y mártires. Y esa ciudadanía solo se consigue con el sacrificio, el desinterés y la constancia. ¡Y solo se otorga con la victoria o con la muerte!

“Porque así son sus ciudadanos, y porque luchan por el bienestar de los que nunca lo han tenido, la revolución va adelante, paso a paso, sobre todos los obstáculos  y todos los pesimismos. […]

“La revolución va adelante, por encima de todo, y eslabona ya sus fuerzas y arrincona los obstáculos. La revolución se organiza. Va adelante, por encima de todo”.

Pablo de la Torriente Brau (1901-1936): Hombres de la revolución, escrito en Nueva York (abril) y publicado por primera vez en México D. F., el 8 de mayo de 1936, en homenaje a Antonio Guiteras (1906-1935) y el venezolano Carlos Aponte, con motivo del primer aniversario de la muerte de ambos en El Morrillo, Matanzas. En una parte de la cita estaba aludiendo a la personalidad de Guiteras.

La retransmisión televisiva

Pensé en estas ideas tan originales y certeras de Julio Antonio Mella y de  Pablo de la Torriente Brau sobre las complejas dimensiones de la leyenda revolucionaria, cuando este 24 de julio, en el espacio de la Mesa Redonda, se retransmitió Moncada, un programa insólito, hecho en esa misma fecha pero del 2000.

Fidel Castro estaba dialogando públicamente con tres intelectuales,  especialistas en los sucesos del Asalto a los cuarteles Guillermón Moncada en Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo: Pedro Álvarez Tavío, historiador y editor, dirigió hasta su muerte la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y asumió la responsabilidad editorial de numerosos libros del Comandante en Jefe; Mario Mencía, historiador y periodista autor de  libros y artículos emblemáticos sobre lo ocurrido a partir del golpe de estado del 10 de marzo de 1952; y Marta Rojas, narradora y periodista, la  única de los tres intelectuales que había seguido los hechos en Santiago de Cuba, desde el mismo 26 de julio de 1953, y que había tenido la suerte de presenciar las sesiones del juicio por la causa 37 (septiembre y octubre).

Gracias a la tenacidad de Marta Rojas como narradora testimonial, se dispone de un libro como El juicio del Moncada, uno de los mejores en la historia del periodismo cubano del siglo XX. La casualidad quiso que el sábado 20 de julio,  a petición de ella, la acompañara en la presentación de la octava edición en la Plaza de Armas.

El entonces joven periodista Rolando Segura sirvió de moderador en la Mesa Redonda. Me imagino que agradecerá toda su vida el privilegio de haber asistido a aquella memorable sesión de reconstrucción histórica.

Lo más sorprendente de este programa televisivo era ver cómo Fidel se transformaba mientras hablaba. Se paró; caminó hacia un mapa puesto en un atril; precisaba con Álvarez Tavío. Estaba tan absorto en la conversación que hubo un momento en que la cámara de televisión quedó a sus espaldas y solo se le veía el rostro a través de una pantalla.

Transitaba con naturalidad desde el ejercicio narrativo (pormenorizado) de una retrospectiva sobre las acciones (marzo de 1952—octubre de 1953)  hasta la valoración ensayística desde un presente, en el que el líder revolucionario muy experimentado evaluaba con audacia y objetividad los aciertos y los límites del plan de entonces.

Como televidente —por supuesto— privilegiada al ser también una conocedora de las problemáticas del liderazgo en  la llamada Revolución de 1930, asistía fascinada a lo que Alejo Carpentier (1904-1980) solía denominar las formas insólitas de la dimensión épica de la realidad.

Cuando veía y oía a Fidel construyendo las infinitas posibilidades de aprender objetivamente y sentir subjetivamente un hecho histórico, en dos tiempos y espacios; como cinéfila entrenada, diseñaba un montaje en dos planos simultáneos de dos autoimágenes históricas de un mismo liderazgo.

Fidel ha tenido la suerte de vivir más, de poder autojuzgarse. Esa posibilidad  no la tuvo Mella, ni Guiteras. Fidel ha sido legitimado como el heredero del liderazgo de los dos. Los tres podrían  ilustrar los imaginarios diversos  de la leyenda tal y como Pablo la exaltaba.

Cuando veía y oía a Fidel encarnando una leyenda viva, meditaba en cómo se aceleró la cultura revolucionaria en Cuba durante los treinta años que separaron la irrupción de Mella como líder estudiantil (1923) y los veinte de la de Guiteras como líder político (1933). Dos revoluciones audaces y modernizadoras de la sociedad cubana republicana, que tornan fascinantes y necesarias  las investigaciones sobre sus interrelaciones.

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