Comenzar de nuevo

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Todavía recuerdo la primera vez que vi a Fernando Alonso. Fue en el Teatro Alcázar de Camagüey, en el invierno de 1975. No necesito cerrar los ojos para verlo en un intermedio, descendiendo la escalera art deco del vestíbulo, con una chaqueta gris y unos zapatos de cuero de aspecto deportivo. A pesar de no ser un hombre alto, enseguida llamaba la atención por su especial aplomo y su elegante corrección, no exenta a veces de rasgos de humor.

Había llegado hacía poco a la ciudad para hacerse cargo de la dirección del Ballet de Camagüey, que pasaba por un periodo de crisis tras la partida de Joaquín Banegas. Se afirmaba que había rechazado un contrato en el Ballet de Nancy en Francia para aceptar aquel empeño que parecía quijotesco.

<a href='http://www.epoca2.lajiribilla.cu/temas/fernando-alonso' title='temas/fernando-alonso'>Fernando Alonso</a>

Aunque las autoridades le dieron todo el apoyo posible, el maestro debió enfrentar muchos escollos. La sede de la compañía estaba en el tercer piso de una escuela primaria, donde, mal que bien, se había logrado conformar un par de salones divididos por un tabique bajo, de modo que la música de un ensayo estorbaba casi totalmente impartir una clase en el otro. En sus parcos vestidores raramente había agua y la empinada escalera era una amenaza persistente para los artistas, siempre a punto de lesionarse. Para colmo, el viejo Teatro Principal estaba cerrado y sus reparaciones duraron varios años.

Fernando supo vencer con ingenio tales inconvenientes. Trasladó las clases y ensayos por un tiempo a la sede de la Escuela de Ballet y las funciones se ofrecieron unas veces en el Alcázar —cuando el ICAIC lo autorizaba— y otras en un incómodo anfiteatro al aire libre del Palacio de Pioneros, en las afueras de la ciudad. El público respondió con entusiasmo, no era raro ver a grupos de ancianas abordar un ómnibus para ir a ver una función en aquel lugar alejado, al que el nuevo director asistía vestido como si estuviera en un teatro de Europa.

No demoró mucho en encontrar la sede de sus sueños. Era una casona neocolonial rodeada de amplios jardines, a la que su antiguo propietario había llamado “Villa Feliz”. El lugar tuvo diversos usos, ninguno estable y Fernando se empeñó en que allí debía radicar el Ballet. Él mismo dirigió la construcción de los salones, la colocación del tabloncillo, la ubicación de los espejos y los equipos de sonido.

En poco tiempo reorganizó la compañía, disciplinó y educó a bailarines muy jóvenes. Recuperó lo que pudo del repertorio que tenían e incorporó otras obras que ayudaban a superar a sus intérpretes. Era muy exigente en los montajes, pues se ocupaba no solo de las secuencias de pasos difíciles o de las grandes escenas dramáticas, sino que pulía hasta los mínimos detalles de la pantomima.

Al principio me pareció un conservador, porque privilegió en los programas las obras del repertorio tradicional: La fille mal gardée, el segundo acto de El lago de los cisnes, un montaje integral de Coppelia, así como aquellas modernas muy apegadas al lenguaje académico como Concierto de Haydn y Majísimo. Sin embargo, cuando él consideró que la troupe comenzaba a estar madura para otros empeños no solo invitó a coreógrafos prestigiosos como Jorge Lefebre, Ramiro Guerra y Víctor Cuéllar para que realizaran montajes sino que estimuló la creación en el seno de la compañía, así surgieron creadores como Francisco Lang, José Antonio Chávez, Osvaldo Beiro y Lázaro Martínez.

Muchos dudaban por entonces de que el Ballet de Camagüey pudiera presentarse con éxito más allá de su sede; sin embargo, Fernando logró coordinar giras exitosas a los países socialistas de Europa Oriental, así como a México, Colombia y Grecia; mientras algunos de sus solistas se presentaban con otras compañías en Bélgica, Francia y hasta China.

Hacia 1980, yo había comenzado a escribir críticas de ballet en el periódico local. Eso generó muchos altibajos en nuestra relación, cuando mi artículo era elogioso o coincidía con mis reservas me felicitaba, pero cuando estaba en desacuerdo montaba en cólera y hasta llenaba de reproches al jefe de la página cultural, quien por otra parte me defendió siempre con una dignidad que todavía agradezco. En una ocasión llegué a cansarme de quejas, de intrigas de pasillo, de rostros torcidos en el teatro y por varios meses dejaron de aparecer mis críticas. Fernando me mandó a llamar y me dijo que debía seguir escribiendo, que eso era bueno para los bailarines y que él me leía con gusto.

Nunca fui su amigo, pero llegamos a tener una relación cordial, conversábamos sobre muchísimos asuntos relacionados con la historia del ballet y sus experiencias personales en diversas compañías. Tenía una memoria excelente y un modo pícaro de contar sucesos hilarantes.

Estuvo casi dos décadas como Director General del Ballet de Camagüey, después residió por varios años en México y, a veces, retornaba a la ciudad principeña para conducir alguna clase o revisar un ensayo. Pero ya no era lo mismo.

Fernando fue un maestro en toda la extensión de la palabra, no solo tenía un conocimiento profundo de la técnica del ballet y de lo mejor de su repertorio universal, sino que supo aprovechar la educación y el bagaje cultural que recibió de su madre Laura Rayneri y de sus vínculos con la Sociedad Pro—Arte Musical. Detestaba el desorden, la vulgaridad, la indisciplina. Privilegiaba el trabajo por encima de los supuestos arrebatos de los que se creían talentosos. Y tuvo la facultad de retardar su envejecimiento, no por los ejercicios y dietas a los que siempre se obligó, sino porque en cierto momento de su vida supo desinstalarse y comenzar de nuevo. Era un hombre optimista con habilidad para edificar. El ballet cubano le debe muchísimo.

Comentarios

Bravo Roberto, por su articulo,,, quedo muy agradecido en su lectura,,, no mitifica al maestro porque El Maestro, lo era en toda su extención, me gusta el articulo porque en los dias de su perdida fisica se ha dicho,, pero no todos los articulos van sin el encumbramiento que se produce despues de la muerte,,,y su figura merece justicia, como casi la de todos los grandes hombre y grandes personajes, pero fue mortal como todos ,, gracias a su lucidez, pudo ver frutos de su gran Obra, confiemos que se le continuen rindiendo los honores que se merece y mas que La Escuela Cubana de Ballet continue su ascenso para que asi perdure su legado,,, concuerdo enteramente con usted de que mucho le debe no solo el Ballet, tambien los cubanos...Bravo al Gran Fernando Alonso.....

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato