Antonio Vidal, uno entre once, único entre cientos

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

Con el deceso, el martes 30 de julio de 2013 del maestro Antonio Vidal, Cuba despidió a uno de los más importantes pintores y dibujantes de la segunda mitad del siglo XX y a un hombre que nunca rindió sus armas a la hora de ejercer su vocación más allá de las modas.

Trece años atrás se le hizo justicia con el Premio Nacional de las Artes Plásticas, en 1999. Durante los últimos tiempos, pese a severas limitaciones físicas, se las arreglaba para no perderse acontecimiento alguno en su esfera y acostumbraba compartir experiencias con jóvenes artistas y críticos. No plantó capilla aparte, se informaba de todo y alentaba a todos, eso sí, sobre la base del rigor más absoluto. Para él, ser artista era un compromiso con la creación y la ética.

Imagen: La Jiribilla

Muchos le consideraban una leyenda y no les faltaban razones, al observar la consecuente evolución de su obra y el papel que desempeñó en el desarrollo de una de las tendencias más inquietantes de la historia del arte en la última centuria: el abstraccionismo.

Nacido en 1928 en La Habana, Vidal se inició dentro de la Academia, porque como él mismo manifestó, “quería ser un buen académico”. De  ese ejercicio le quedaron el amor al trabajo, la constante exigencia, la disciplina y la autodisciplina.

El arte abstracto tuvo en Vidal a un genuino representante desde aquella histórica exposición en la que participó junto con Guido Llinás, Antonia Eiriz, Fayad Jamís y Manolo Vidal en la Secretaría de Cultura  de la CTC, en 1952. Como expresó un periodista, entonces se asistió a “la agrupación de cinco artistas distintos, con una común aspiración de poner énfasis en su libertad, en su liberación de las normas con que siente trabada la pintura de hoy”.

El año 1953 resultó de especial significación para él y para el arte cubano en general, cuando un grupo de 15 jóvenes artistas, asociados por sus afinidades estéticas y por su franca rebeldía contra las normas estabelecidas, prepararon una exposición colectiva en la Galería de la Sociedad Nuestro Tiempo. Al final, solo participaron de manera efectiva en la exposición 11 de esos artistas, quienes a partir de esa exposición se mantuvieron unidos un tiempo bajo el nombre de Los Once: Francisco Antigua, José Antonio Diáz Peláez, José Ignacio Bermúdez, Hugo Consuegra, Fayad Jamís, Viredo Espinosa, Tomás Oliva, René Avila, Guido Llinás, Agustín Cárdenas y Antonio Vidal.

Imagen: La Jiribilla

Ya como Los Once organizaron una muestra en el mes de abril de ese mismo año en la Galería La Rampa. En las palabras del catálogo, Joaquín Texeidor calificó el hecho: “Es la eterna y apasionada lucha, la que este grupo de jóvenes ha tomado para sí, la de encontrarle sentido al mundo, al espíritu, a la vida y sobre todo expresarse con la libertad que solo el arte ofrece, felizmente lejos de toda representación naturista, lo que les permite ser y estar en su tiempo y en su futuro”.             

Desde esa fecha y hasta muy poco, Vidal participó en más de cien muestras individuales y colectivas, dentro y fuera de Cuba. Pero, además, se entregó con pasión a la docencia, en la Escuela Nacional de Arte.

Cierto que las nuevas corrientes que pretendieron una puesta al día en los años 80 arrinconaron el abstraccionismo. Vidal no se arredró; siguió pintando y dibujando lo suyo. Incluso incursionó en la escultura, con una serie de piezas de metal soldado. Fue así que a principios de los años 90, una exposición en la galería La Acacia llamó la atención de los jóvenes artistas. Un crítico emergente entonces y que se distinguiría por su agudeza, Rufo Caballero, apuntó:

“Hace mucho tiempo debimos aprender que cada poética demanda un criterio de evaluación específico, acorde con su peculiar lógica interna. Así, el juicio de temporalidad y evolución a los efectos de Vidal no han de exigirle ciertos estrepitosos giros y abruptos saltos de los cuales el autor se cuida religiosamente. Antes bien, habría que aguzar la mirada —solo saciada a menudo con los estruendos de la evidencia— para escrutar las muy sutiles variaciones del plano de su expresión, a ratos agresivo, luego lírico o complaciente, en dependencia incluso de las compulsiones sociales. La producción parece seriada, mas en cada pieza hay un sentimiento, una clave expresiva irrepetible. De nuestra sensibilidad depende. Además, siempre he creído que el artista verdadero, con todo y sus aparentes veleidades, suele responder en el fondo a un mismo y obsesivo tema interior: de ahí esa máxima sabia de que todo escritor no escribe más que un único libro, así como casa cineasta no hace sino una misma y persistente película. Solo que mientras algunos se entretienen disimulando con el camuflaje del laboratorio, otros honestamente lo asumen. Es el caso”.

Imagen: La Jiribilla

Al conferírsele en 1999 el Premio Nacional de las Artes Plásticas, Antonio Eligio Fernández, Tonel, uno de sus más brillantes discípulos, señaló en las palabras de elogio:

“Premiamos a un artista que reivindica la creación en su sentido más puro: como soledad germinativa, como espacio inexpugnable que se hace fuerte negándose al ditirambo, la adulación y al titilar del neón cromado. Una soledad que no es ni encierro amargo ni egoísmo: es darse a otros de muchos modos, pero sobre todo del mejor modo posible, mediante el compromiso invariable con la obra”.

Esa actitud se reveló en cada obra suya, grande o pequeña, siempre dotada por la secreta poesía de lo intangible que estimula la vista y el corazón.

Pasarán los años y la obra de Vidal seguirá contando.

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