La guía de un magisterio

Joaquín Banegas • La Habana, Cuba

Conocí al Maestro Fernando Alonso en un teatro de la ciudad de Santiago de Cuba, en 1952, al finalizar una función de Coppelia ofrecida por el Ballet Alicia Alonso. Allí le solicité una beca para la recién fundada Academia de Ballet. Mi despedida de él, ahora en el momento de su muerte, fue un monólogo. También esto se produjo en un teatro, pero 61 años después.

Imagen: La Jiribilla

El adiós al Maestro en La Habana fue tan emotivo como el del primer encuentro en Santiago. Al mes de aquel primer encuentro recibí la beca y viajé a La Habana, donde al otro día de mi llegada me incorporé a las clases con la maestra Cuca Martínez. Lo demás, el tiempo transcurrido entre 1952 y el 2013, fue, indiscutiblemente, el mayor periodo de enriquecimiento, de experiencias y de aprendizaje en mi vida.

El entrenamiento diario con él y con Alicia, verla a ella trabajar, ensayar y bailar, fueron siempre clases magistrales, que sabíamos atesorar. Indiscutiblemente, toda mi experiencia como maestro de ballet se la debo al contacto tan cercano con esas dos personas. Del maestro Fernando guardaré siempre el rigor en la exigencia de la técnica del ballet académico, así como toda la inquietud que despertó en mi generación sobre la cultura literaria y musical, y por el rigor científico que él siempre trasmitía. Estoy seguro de que su ejemplo y su magisterio nos servirán como guía para poder transferirlo a las nuevas generaciones.

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