Entre la luz y la sombra, surge Luz y Sombra

Como “Revista semanal ilustrada” apareció el 7 de octubre de 1893, en La Habana, la titulada Luz y Sombra. En ese número expresaron qué ofrecerían en todos los que fueran capaces de publicar

un texto variadísimo en que no faltará la poesía seria ni la cómica, el artículo festivo ni el cuento delicado, la crónica de salones ni de la moda, ni la revista de teatros, ni la sección recreativa, amenizando todo con los dibujos que tan agradable hacen la lectura, pues tenemos la pretensión de que a todos guste, así al joven como al viejo, así a la dama encopetada como a la humilde costurera.

Federico Villoch fungía como director literario y Antonio Jiménez como el artístico. La sola mención del primer nombre merece un alto en nuestro comentario, pues se trata de una de las principales figuras que, a partir de 1900, hará del Teatro Alhambra, inaugurado el 13 de septiembre de 1890, el escenario principal de sus obras. Nacido en 1868 y fallecido en 1954, es reconocido como “el Lope de Vega de la calle Consulado”, juicio, por supuesto, exageradísimo, conferido por quien firmaba como Conde Kostia (Aniceto Valdivia). Estimulado por la fama de los bufos, escribió en 1896 su primera obra teatral, La mulata María, que fue bien acogida, por lo que su producción se intensificó entre zarzuelas, sainetes, revistas de actualidad y otras modalidades teatrales, al punto que en el Alhambra estrenó casi cuatrocientos títulos. Hombre de talento indiscutible, manejaba los sucesos cubanos de actualidad con singular gracia y en sus obras siempre patentizó su amor a la patria, dejando deslizar críticas a los gobiernos de turno, pero siempre tratadas con ligereza y poco comprometimiento. Tal es el caso de su conocida obra La isla de las cotorras (1923), donde a través de canciones los clásicos personajes del negrito y el gallego aludían a la presencia en Cuba de Mr. Enoch Crowder como embajador de los EE.UU. en la Isla y la falsa compra-venta del convento de Santa Clara. Estrenada el 28 de febrero de ese año, solo 20 días después se sustentaba la denuncia de esos mismos hechos mediante el acto conocido como la Protesta de los Trece, liderada por Rubén Martínez Villena.

El Alhambra, inaugurado con un repertorio que ha sido calificado por Rine Leal de “francamente pornográfico”, fue evocado en no pocos comentarios aparecidos en Luz y Sombra. Era, según refieren, un  salón bonito, bien adornado, con la ventaja de ser muy fresco, “condición en extremo recomendable en la estación actual”, pues el público puede entrar y salir cómodamente al contar con una puerta de entrada y otra de salida, más otra para acceder al escenario. Pero intelectuales de valía, como Ramón Meza, no veían con buenos ojos las piezas estrenadas y descubre con notable habilidad los mecanismos políticos de la escena cubana que imposibilitaba estrenar en Cuba obras de calidad. El autor de Mi tío el empleado refería:

El escenario permanece cerrado a los más meritorios ensayos dramáticos [...]. Se arrancó el árbol de raíz. Y creció lozana, favorecida por la ausencia de espectáculos líricos y dramáticos de altos vuelos, la planta del flamenquismo más exótica en nuestra tierra que el siboneyismo [...] Como vistas de silforama disolviéronse en el espectáculo teatral las rudas escenas de nuestros más humildes y bulliciosos barrios, apareciendo con más brillantez en trajes y decoraciones las de los barrios de Lavapiés y de Triana popularizados por los hábiles humoristas de los seminarios de la Metrópoli [...] Adornada con sus galas de oropel solo ofrece la dramática espectáculos de relumbrón.

En los años en que aparece Luz y Sombra su director literario no era todavía la figura que llegaría a ser, de modo que, además de fundar esta, era redactor en El Fígaro y colaboraba en La Iberia, Unión Española, La Caricatura y La Habana Elegante.

A comienzos de 1894 Luz y Sombra apareció con el subtítulo de “Periódico literario y artístico”. En sus páginas presentaron poesías, algunas de tono festivo, cuentos, artículos sobre temas literarios, crónicas de salones y teatros, y pasatiempos. Entre las composiciones de tono festivo que publicó veamos esta:

Señoras y señoritas,

noble pueblo de La Habana

que bien se quitan las ganas

de andar por sus nobles calles,

pues del gobernador al cura,

del mercader al obrero,

todos deben buscar ruego

si es que pretenden pasear,

pues el fango, la basura,

las pestes y los olores...

hacen de esta noble Habana

la tierra de los co... corajudos

hombres de la noble Habana.

Pero a demérito de poesías como la expuesta, hubo colaboradores pertinentes como Esteban Borrero Echeverría, Manuel de la Cruz, Carlos Pío Uhrbach y Álvaro de la Iglesia, que dio a conocer algunas de sus Tradiciones cubanas, a semejanza de las peruanas de Ricardo Palma y Bonifacio Byrne. El último ejemplar revisado data del 23 de septiembre de 1894, pero el 1ro. de enero de 1895 resurgió con el nombre de Arte, “Periódico literario y artístico”. Dirigido ahora por Álvaro Catá, salía semanalmente con el mismo contenido que Luz y Sombra y con iguales colaboradores, pero solamente pudo subsistir hasta el 26 de enero de ese año. La situación del país, en vísperas del estallido del 24 de febrero, fue una de las causas que provocó su desaparición. “La olla borboteaba al sol del trópico” se lee en uno de los números finales, y el público apenas acudía a los teatros, y al ser Arte una publicación casi enteramente teatral, era imposible su sostenimiento. Ha dicho al respecto Rine Leal: “...los tiempos no estaban para acudir con regocijo a pagar un asiento en los teatros. Sobre este subsuelo se extendía una amplia arena movediza donde el teatro no podía enraizar a menos que asumiera una postura rebelde, profundizara en su crítica y respirara los mismos aires revolucionarios”. La censura, la ideología reformista de muchos autores y la desaparición física de figuras notables sellaron la suerte de la escena cubana. Ni siquiera la presencia del francés Benito Coquelin al frente de su compañía, que años atrás contribuyó a levantar la escena del Tacón, logró mejorar la situación. Pero tampoco la gustada ópera ganaba terreno debido a las mismas causas, al punto que en enero de 1895, el mismo mes y año que cierra la revista, se lee en uno de sus comentarios:

Nunca se ha desenvuelto con menos animación y prestigio temporada alguna de ópera desde hace algunos años. Hay que retrogradar con la memoria hasta las compañías de Antinori para encontrar algo de tan bajo nivel con que comparar el cuarteto ligero y de medio carácter que ha traído Sieni este año [...] el señor Sieni otro año más ha abusado de la benevolencia ridícula del público abonado.

Panorama desolador cuando cierra Arte.

El 24 de febrero de 1895 era día de carnaval y, refiere Leal,

los teatros funcionaban en el mejor de los mundos. En el Tacón se realizan los ya famosos y siempre productivos bailes; en el Payret continúa La Aurora Infantil; en Albisu, zarzuelas como El rey que rabió [donde] recuerdan que Cuba es aún parte de España; en el Alhambra se representan Cosas y quesos de Quintana, “Leña leña” y La verbena del palomo, con sus respectivos bailes al final de cada acto; en el Irijoa la gente baila con despreocupación y Pubillones presenta sus notabilidades, mientras el Kinescopio de Edison asombra a los habaneros en la Manzana de Gómez, y los más cosmopolitas visitan la Exposición Internacional con vistas de bellas ciudades europeas. Pocas horas después se recibirían, con una mezcla de estupor y admiración, las primeras noticias del levantamiento armado contra el poder español, organizado por José Martí.

El turbulento reposo había terminado.

Finalizaba también una revista teatral por excelencia, que, a semejanza de una pantomima, fue primero luz y después sombra, fue arte y de anemia murió, tal como lo refiere su último director al cerrarla.

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